Convención radical en Roma, 27/28-III-2004

"En los días convulsos siguientes al atentado de Madrid me ha venido más veces de pensar que este "desafío" sangriento al occidente, a la libertad y a la democracia ha hecho emerger en nuestro continente, y en la comunidad de los "así llamados" países libres, contradicciones radicales, que deberíamos todos de tener el ánimo de mirar en cara y de llamar con su nombre. EL 11 de septiembre y más aún, sucesivamente, la guerra en Irak, ha hecho emerger de manera clara que los países libres -las víctimas predestinadas del extremismo fundamentalista- y sus clases dirigentes no se dividen sólo sobre el plan de los medios, pero también, desaforadamente sobre el plan de los objetivos. No me parece verdadera una representación de las divisiones del occidente -y del papel que ello quiere jugar sobre la escena internacional- únicamente centrada sobre la alternativa entre intervencionismo militar y multilateralismo político, entre el partido atlántico y el partido de la ONU, entre el partido de la "guerra" y aquel de la "política." Hay algo de más y de peor. Esta Europa tan resuelta a reaccionar y a condenar los errores y las culpas de los mismos aliados y así reacia a "nombrar" -también sólo nombrar- las vergüenzas de los mismos adversarios y los propios declarados enemigos no ha elegido de jugar en otro modo aquél "partido" con que la administración americana juega las armas de un radical unilateralismo político y de una pesada agresividad militar. Europa ha elegido hasta a hoy de jugar justo otro partido. No nos cuesta mucho entender que el fin de la lógica de los bloques haya dejado paradójicamente este continente más expuesto a los vientos de la historia, huérfano no sólo de las propias referencias sino también de los propios consolidados miedos (el imperio comunista y el riesgo nuclear). Pero sí nos cuesta mucho aceptar y asumir que este continente esté ahora firme en decir a los otros qué no tienen que hacer, pero sin decirse a sí mismo lo que Europa pueda o tenga que hacer de alternativo. Sabéis cuánto (con la campaña "Irak libre", por el destierro de Saddam) hemos, con nuestros medios, intentado promover para la crisis iraquiana una solución que al cabo de algunos meses la comunidad internacional ha logrado realizar en Liberia. Pero un hecho queda claro: absolutamente nadie en este continente, excepto quizás Blair, que ha tratado de templar y "multilateralizar" la estrategia americana se ha preocupado de ofrecer, sobre el plan de los medios, una alternativa de "intervencionismo democrático" internacional. La Europa de la "no intervención" no ofreció para nada soluciones más políticas y menos militares que aquellos asillamados halcones americanos. Ofreció una vez más y a sí misma la solución cómoda y suicida de la no intervención, del no a cualquier tipo de intervención. Cuando oigo hoy a acreditados comentaristas como Ángelo Panebianco hablar de la Europa de Munich, pienso que el juicio, todo otro que egoísta, también es el reconocimiento de lo que nosotros, radicales, hemos sustentado y con las mismas palabras -desoídas Casandras- en las pasadas décadas. ¡Cuando dijimos "Munich" por Vukovar, cuando dijimos "Munich" por Srebrenica, cuando dijimos "Munich" por Kabul, cuando dijimos "Munich" por Grozny! Hoy, y desde 1989, si excluimos la política de la ampliación al este, ninguna política "proactiva" de Europa, en el sentido del fomento y la promoción de un sistema de derechos, de instituciones, de reglas y de libertad a la que podamos esperar confiar la evolución pacífica y decorosa de los países en desarrollo político. No se puede decir para nada que Europa, también después del 11 de septiembre, haya elegido de reconocer que las mismas políticas de seguridad impusieron un reposicionamiento de las estrategias internacionales, un papel políticamente más agresivo, una línea de mayor limpieza. Como me ha ocurrido de decir recientemente a un debate con Giuliano Amato, en términos de política internacional, Europa ha quedado en fin monstruosamente defensiva, escasamente y mal reactiva, y para nada proactiva. Lo digo con claridad. Esta Europa no puede dar lecciones a nadie. En particular las clases dirigentes y las políticas se califican por lo que hacen y por cómo lo hacen, no por lo que son o querrían ser, no por lo que no quieren y no están dispuestas a hacer. Pero esta Europa, con sus partidos y sus clases dirigentes políticas, no puede ahorrarse la fatiga política de elegir ya de qué parte quiere estar, con la ilusión que los problemas de los demás puedan mantenerse fuera de la puerta de casa. Hoy, dramáticamente, no existe la Europa necesaria. La Europa que existe es la que "condena" Israel y Palestina al aislamiento, de hecho, frente al impulso de la violencia. La Europa que no reacciona, que se limita a condenar con voz flébil y poco creíble. Porque es Europa la que no elige de qué parte estar, si con la democracia -no con el Gobierno- israelí o la satrapía de Arafat. Porque es Europa la que financia las escuelas palestinas dónde se incita al odio hacia Israel. Porque es Europa la que ignora, desde hace décadas, la propuesta de ofrecer, a Israel innanzittutto, la plena entrada en la Unión europea como asunción de responsabilidad y por lo tanto como titularidad política de intervenir en la crisis perenne, que ve podrir cada día que pasa las perspectivas de convivencia pacífica fundadas sobre los derechos humanos y sobre el derecho: para los palestinos más aún en primer lugar que para los israelíes. Es Europa la que, recientemente, ignora la voluntad del pueblo palestino, expresada en los sondeos que incluso ella misma ha encargado (bajo el impulso de la Presidencia italiana, a la que indudablemente no son extrañas las iniciativas radicales). Romano Prodi ha subrayado muchas veces que el desafío que se pone hoy a Europa no es sólo aquél de la competencia con los Estados Unidos, sino también con los gigantes económicos, que ya se delinean sobre la escena mundial, China e India en primer lugar. ¿Europa, Italia, tiene conciencia de lo que ha cambiado el contexto de la economía mundial? De qué significa la irrupción en la vida de todo nosotros de unos mil millones de hombres que participan en la producción y al comercio de los bienes y, ya, de los servicios de nuestra vida cotidiana, parecen poco conscientes cuánto insisten sobre la defensa del "modelo social europeo" como conquista irreformable y definitiva. Juliano Ferrara ha escrito recientemente sobre una Europa decadente, ya irremediablemente "estancamiento" porque cansados serían sus ciudadanos, sobre todo si compararan a los de los países emergentes. Una Europa de cuya vejez el dato demográfico es el síntoma más que la causa. Yo no sé si y cuánto eso sea verdadero, pero sé, sabemos, que Europa e Italia están políticamente "cansadas", incapaces de una política que "piense en grande" y sepa preparar un futuro de nueva fuerza en vez de tratar de defender con los dientes y las uñas un pasado importante, cierto, pero que, nota, es pasado. Yo pienso que, al menos por nosotros que siempre hemos sido, somos y seremos radicalmente liberales, no faltan las indicaciones sobre cuánto debería hacerse, en campo económico y social, pero faltan, dramáticamente, el ánimo y la voluntad política. En Europa se discute animadamente balance de la unión europea, aquél, para entendernos, administrado directamente en Bruselas. Es un balance pequeño en valor porcentual, 1,17% del PIB europeo, pero relevante en valor absoluto, 100 mil millones de euros. Bien, es decir, mal. Todo el debate se concentra en el dato cuantitativo: la Comisión pide que las perspectivas financieras 2007/2011 prevean un presupuesto igual al 1,27% del Pil europeo, lo máximo permitido por los tratados. Algunos países, los contribuidores netos, Alemania entre ellos, quiere limitar el presupuesto al 1%. Pero el problema no es la cantidad de recursos que se gastan a Bruselas sino la calidad del gasto. La discusión si el presupuesto comunitario tenga que ser del 1 o de las 1.1 o 1.2% del Pil europeo no me apasiona y no me apasionará en tanto que la mitad de este balance será utilizada para financiar el PAC, es decir un sistema de subsidios y proteccionismos agrícolas caros para los consumidores europeos, que mortifica las esperanzas de afrancamiento de la pobreza para centenares de millones de productores de los países pobres y que obliga perennemente a la Unión Europea a la defensiva en las negociaciones en sede WTO. La política comercial es una de las pocas políticas plenamente comunitarias: podría ser una palanca importante para la credibilidad de la Unión sobre el plano político diplomático internacional, en cambio, justo a causa del proteccionismo agrícola, es uno de los muchos talones de Aquiles, un factor de debilidad en vez de por fuerza. El PAC es el emblema de una Europa tendida hacia el pasado en vez de hacia el futuro; preocupada por conservar lo viejo en vez de construir lo nuevo. Veis, cuando decimos que el PAC debe ser abolido o drásticamente reorganizado o renacionalizado, no nos falta realismo político; no proponemos hacia adelante abstractas fugas. El verano pasado un grupo de expertos de alto nivel encargado por la Comisión Prodi de redactar An agenda for a growing "Europas" conducido por el Profesor Sapir y compuesto por economistas de reconocida fama, ha presentado su relación conclusiva. Bien, la agenda por una Europa tiene como punto cardinal la revisión del Balance Comunitario con la eliminación de los gastos agrícolas y su sustitución por gastos en investigación, innovación e infraestructuras. Sapir sustenta que sería suficiente un balance europeo parejo al 1% del Pil europeo, pero radicalmente revisado, para contribuir a reenvidar el crecimiento económico en la Unión. La Relación Sapir ha sido criticado duramente por la misma Comisión que lo hizo realizar, en primis el Comisario de agricultura Fischler, y enseguida enviado al cajón más inaccesible. Esta es la Europa que pierde el desafío de la competitividad sobre el frente internacional, querido Prodi, la que no sabe vencer políticamente tampoco a los lobbies agrícolas, que representan hoy un componente marginalísimo de la producción y la ocupación, que no logra ni siquiera redirigir los fondos de los contribuyentes de la protección de nuestros productores de azúcar de la competencia, sic, de los pobres mozambiqueños y llevarlos a la investigación y la innovación? Lo sé, para algunos nuestra denuncia del PAC es una obsesión. Para mí el PAC representa en cambio el paradigma de una Europa que, frente a los temidos riesgos de decadencia, no tiene el ánimo, la fantasía y la fuerza de renovarse. Del mismo modo parece contradictorio apostar por la excelencia basada en el conocimiento y, de hecho, cerrar las puertas a las biotecnologías, y no sólo en el campo de la agricultura y la alimentación. No vuelvo aquí sobre la cuestión del por qué, en nombre de qué, Europa e Italia eligen de quedar fuera de la competencia en OGM y biotecnologías humanas, quizás Gran Bretaña salvará la excelencia europea en estos sectores. Tiene que estar claro, en cambio, que con esta elección nos cerramos un papel de protagonistas en uno de los campos hoy más prometedores del progreso científico y tecnológico: estas cosas se pagan primero sobre el plano económico y luego también sobre el del relieve político. Cuando los pacientes europeos e italianos curen la diabetes con terapias patentadas en China gracias a la búsqueda sobre las células estaminales será un bien para los enfermos, pero será una pérdida neta para la industria europea. Puede darse que eso no ocurra y que las promesas de estas tecnologías no sean mantenidas; si en cambio ocurriera no podremos más que culparnos a nosotros mismos y las elecciones que conscientemente se están cumpliendo en buena parte de Europa. Análogamente podríamos decir de los OGM. Puede no gustar, pero hoy la posibilidad de mantener posiciones de excelencia en las biotecnologías en Europa está confiada al hecho que no pueden tomarse decisiones vinculantes a nivel comunitario sobre ello, y que, por lo tanto, países como Gran Bretaña hayan decidido también invertir sobre la búsqueda recurriendo a la clonación terapéutica. Y todavía, siempre a propósito de la Europa que recoge el desafío global: ¿qué decir de la elección de también posponer hasta el 2011 la plena libertad de circulación de los trabajadores que se convertirán en ciudadanos europeos el próximo primero de mayo con la ampliación? ¿No chirría el sentido común, aún antes que la racionalidad económica y la lealtad de una Europa del derecho y la libertad, hipotetizar el fattispecie de "trabajadores comunitarios clandestinos?" También sobre el pacto de Estabilidad: no quiero entrar en la polémica sobre su presunta "estupidez", pero observo que los países más en dificultad de respetar el límite del 3% anual de déficit público, Francia y Alemania, tienen algo más de ya un gasto público y poco menos del 50% del Pil. ¿Es posible que los recursos por las inversiones u otras intervenciones necesarias tengan que llegar de nuevos déficits, que quieren decir nueva deuda pública y más impuestos en futuro, en vez de una redistribución del gasto público? Ciertamente, no me evito la dificultad política de las opciones radicales sobre el gasto público, volveré sobre ello luego, pero no podemos pensar que la vía para competir con China, por ejemplo, sea la de llevar el gasto público -y en perspectiva también la presión fiscal- en Europa al 55% del Pil. ¿O no? Entonces, se desperdician los análisis sobre la decadencia europea, se llena la boca con los objetivos altisonantes de Lisboa, se reconoce la necesidad de conformarse al desafío chino o indio, pero no se tiene la fuerza de imprimir una vuelta radical al tran-tran de una honesta gestión de lo existente. No os pareces un acercamiento superficial o forzado pero la misma desresponsabilización que yo veo en los esloganes de pacifistas tipo "Fuera ya de Bagdad, viva la paz", la hallo en las huelgas generales y en los cortejos contra la reforma de las "jubilaciones", es decir a favor de la jubilación a los cincuentones pagados por los jóvenes con contribuciones del 33% a cambio de la promesa -repito, promesa- de una jubilación que, si todo queda bien, llegará mucho más tarde y será mucho más baja que las actuales. La fuerza de un país libre y demócrata se apoya sobre la responsabilidad de sus ciudadanos y su clase política. Lo que se ve en Europa y en Italia, desaforadamente, es una fuga de las responsabilidades, de las elecciones impopulares. Nunca como hoy las palabras repetidas durante décadas por Marco Pannella tocan como advertencia y como espuela a la clase política: "ser impopular, para no ser antipopular." Me permito un consejo solicitado: que el Gobierno no ceda a las presiones del sindicato y, esta vez, no se asusta frente a las huelgas generales: que entregue pronto a término la reforma de las jubilaciones. Es una reforma que llega tarde, fue mejor no hacerla al principio de la legislatura, visto que el problema fue stranoto?), probablemente es una reforma demasiado tímida, inútilmente pospone y por meros motivos electoralistas sus efectos, pero indudablemente va en la dirección justa. Más bien, en la dirección obligada, la de aumentar la edad mínima de jubilación. Sería una primera respuesta concreta al conflicto generacional, que no es una invención propagandística y un modo para hacer creíble la voluntad de reformar el estado social que hoy, a menudo, es un estado antisocial, que da de más a quien tiene menos necesidad y poco o nada a quien tiene más necesidad. ¿Nos damos cuenta que en el país que hospeda al Papa, el país de las mamás y las familias, de los hijos que son "trozos 'o core" el riesgo de pobreza para los niños es mucho más alto que en la media europea y mucho más elevado que entre los ancianos? También sería un modo para cambiar de señal a una política cada vez más hipotecada de los intereses constituidos y de las defensas corporativas. Es obvio que los intereses constituidos defendidos por los sindicados sobre el tema jubilación no son los únicos, porque están los de los asillamados profesionales liberales defendidos por los colegios profesionales,... hasta el de los taxistas que no quieren nuevas licencias o el de los empleados de gasolinera que no quieren gasolineras en los hipermercados, o de las ‘sociedades de patada’ que piden la ayuda al estado para verter los impuestos de sus futbolistas millonarios, en euros,...para entendernos. Y no se diga más, por favor, que la reforma de las jubilaciones la quiere "Europa”: ¡la quiere el sentido común! lo invocado por Pannella hace veinte años en los mitines en Bolonia sobre la jubilación como facultad y no como deber, sobre la absurdidad de una sociedad dónde se empezó a vivir cada vez más largamente y a jubilarse cada vez más pronto; ¡la quiere el sentido de responsabilidad respecto a las jóvenes y futuras generaciones! Podemos discutir contenidos, naturalmente, pero quién se bate contra la reforma de las jubilaciones se bate por el pasado contra el futuro; se bate, Ernesto Rossi habría dicho, por una política de la carestía, cuando en cambio conviene una atrevida política de la abundancia. Y la política de la abundancia, hoy, no puede que ser la de las reformas liberales, liberistas. No se trata de asumir posiciones ideológicas, sino de delinear una vía de reformas posibles. Me han tomado, en los años pasados, también por liberista "salvaje", me han dicho que elegí la barbarie contra la civilización. Algunos, piensan en el amigo Bertinotti que estará hoy con nosotros, dicen que los selectos neoliberistas han fracasado. ¿Pero dónde? A la derecha?, no me parece. A la izquierda?, tampoco. ¿Pero cuáles selectos neoliberistas? ¿En Europa o en Italia, querido Bertinotti, dónde has podido ver afirmarse un modelo lunar o paleo liberista? Quizás hayamos vivido dos europas y dos italias diferentes. Y en cambio yo, como cinco años hace por lo demás, estoy aquí esperando que alguien, progresista o conservador, demuestras que podemos salir de los bajíos en que nos encontramos en otro modo que no reenvidando las reformas liberales y liberistas, anticorporativas y por el mercado. Y yo no estoy, a mi vez, recitando eslogan o estribillos, sino que pienso en las reformas puntuales de nuestros referendos: salud, mercado del trabajo, donde cosas importantes han sido hechas, aunque sobre el artículo 18 ha prevalecido la hipocresía, fondo de desempleo, inail, colegios profesionales, comercio, privatizaciones, a partir del rai, financiación de los sindicatos........ Pero, todavía yendo más atrás en el tiempo, creo que nosotros radicales tenemos que también reivindicar con fuerza y con orgullo otro momento reformador -breve desaforadamente- el del Gobierno Amato del 1992 y la suya financiera de 90.000 mil millones que salvó el país de la bancarrota. Ciertamente, algunas medidas fueron muy discutibles, el cobro sobre las cuentas corrientes bancarias, por ejemplo, pero allí se afirmó una línea de rigor en las cuentas públicas y sevootaron también reformas importantes como la, parcial pero significativa, de las jubilaciones. Mientras la izquierda habló de matanza social y las plazas sindicales fueron todas movilizadas a tirar pernos (autobullonatevi) Pannella dijo, nosotros elegimos la responsabilidad y votamos la Financiera Amato. No votamos la confianza a su Gobierno pocos meses antes, pero, frente a la emergencia y a la voluntad de reaccionar, no nos lo pensamos dos veces y nos alineamos. Hicimos un "contrato político" que contuvo empeños sobre la política extranjera a partir de la financiera y hasta sobre la droga. Volvemos hoy en día. "Todas las economías avanzadas que están haciendo mejor de la media, de los Estados Unidos a Gran Bretaña, de Irlanda a Nueva Zelanda, en alguno apunto han imprimido una vuelta radical a la misma política económica": no son las palabras de uno de nosotros, de un radical en ejercicio, sino de uno de los economistas italianos más afirmado al extranjero, Alberto Alesina, jefe del departamento de economía en Harvard. Reducción de la presión fiscal y desregulación de los mercados: éstas son las vías liberales a recorrer. Sé que muchos dicen que no es necesidad de liberismo, sino de búsqueda de la calidad, de la excelencia. Verdadero, necesitamos excelencia, pero sin la eficiencia no se alcanza la excelencia, excusadme la vuelta de palabras, y en nuestro orden corporativo, burocrático y estatalista, de eficiencia veo bien poco, haimè. Ciertamente, Thatcher y Reagan son templados viejos, de superar. Pero, a falta de análisis más convincentes, yo no puedo dejar de recordar que después de ellos, conservadores, dos progresistas, Clinton y Blair han llegado, que han procurado no poner en cuestión la continuidad querida por sus predecesores. Diré más, hasta Zapatero en sus primeras declaraciones de primer ministro -y vosotros sabéis cuán poco me han gustado aquellas más importantes, sobre la retirada de las tropas españolas- ha tenido a precisar que sobre el plan económico elegirá una vía liberista, de sustancial continuidad con la gestión Aznar. Del resto, no al azar ha elegido como Ministro de economía a Pedro Solbes, socialista sí, pero paladín del rigor financiero en Europa. Hasta el Japón parece despertarse del entumecimiento decenal de su economía, no al azar después de algunas reformas liberales del Primero ministro Koizumi. En Europa tenemos una experiencia con la que estaría bien que todos nos enfrentáramos, la de Tony Blair y de su Nuevo Labour. Ya he hablado de la continuidad de la gestión Blair/Brown sobre los temas económicos y de modernización social con la experiencia anterior de Thatcher. Pero también hoy, incluso cargado por las dificultades que bien conocemos, Blair sigue representando un bench-marking por quien hace política económica y social en Europa. Pongo dos ejemplos. También en Gran Bretaña el balance público está en déficit; está por lo tanto el problema de como financiar las inversiones que los laboristas se han empeñado en hacer en los servicios públicos. Gordon Brown bien, ha anunciado un plan de recortes en el personal de la administración pública de 50.000 unidades en cuatro años, para recobrar al mismo tiempo eficiencia y recursos a destinar a escuela, salud y seguridad interior. El personal será reabsorbido en parte en los nuevos servicios, imagino. Pero lo que cuenta es la capacidad de pensar en grande, la tentativa de dar respuestas que tengan la posibilidad de ser adecuadas. Los conservadores querrían una reducción de los impuestos, Blair escoge la vía de la reasignación de los gastos. Pero hace una elección en todo caso atrevida. ¿Tenéis idea de qué ocurriría en Italia, desde la derecha, desde la izquierda, desde los sindicatos, frente al anuncio de 50.000 sobreabundancias o traslados en la Administración Pública? tenemos presente que el gasto público total en GB es más o menos el 40%, contra el 50% de Francia y Alemania y poco menos de Italia. Segundo ejemplo, la universidad. Frente al hecho de que en los escalafones internacionales las universidades británicas pierden cuota, hablamos de Cambridge y Oxford, Blair propone de aumentar drásticamente los impuestos escolares con la posibilidad de pagarlos cuando los estudiantes hayan encontrado un trabajo adecuado. Un modo para dar más libertades que elección, también a los "pobres", y para acentuar la competencia entre los ateneos. También aquí, imaginémonos qué ocurriría en Italia. Más en general sobre los servicios públicos, la elección del Gobierno Blair es devolver al consumidor "rey", de ofrecerle la posibilidad y la responsabilidad de la elección. También en la escuela y en la salud. También en los servicios públicos se quiere traspasar la balanza del "poder" de los productores, a menudo el Estado, a los consumidores, a los usuarios. Es una mamera de decir, desde la izquierda, que el tiempo del Estado paternalista, que desresponsabiliza ha terminado; que la libertad y la responsabilidad de los individuos son la fuerza de Occidente. Un modo para decir que el confín está Estado y mercado es un confín móvil; pero si hemos sido acostumbrados que el estado sirve para sanear las "quiebras" del mercado, éste también es un modo para decir que el mercado puede ser la solución a las quiebras del estado, cuando hay, y hay. Para la Italia de hoy, las reformas liberales y de mercado de Blair pueden ser un útil punto de referencia para todos los reformistas liberales. Podría empujarnos más allá, pero ya éste sería un salto de calidad en la modernización económica y social. Bien, yo querría una campaña electoral dónde se discuta de reformas, en Europa y en Italia, no dónde se ataque a los presuntos comunistas que reaccionan atacando a los presuntos fascistas. Este no significa no dividirse entre formaciones opuestas que piden los votos para continuar a gobernar o para volver al gobierno: significa dividirse sobre proyectos diferentes de gobierno, y unirse sobre proyectos comúnes de gobierno, que no significa limar las diferencias o fingir que sobre temas importantes no queden también divisiones profundas entre quienes se alían. Los radicales no se sustraen a esta responsabilidad de opción; yo no me sustraigo. Pero, lo subrayo, a esta responsabilidad, no al solista juego de la torre entre Prodi y Berlusconi. Si todo se tuviera que reducir sólo a éste,..... poco nos y me interesa."