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Rusos, chechenos, chinos, vietnamitas y búlgaros trabajan a destajo en Gudermés, la segunda ciudad de Chechenia. Los parques, los edificios que agujereó la artillería rusa, los rascacielos nunca vistos aquí, tienen que estar listos el 7 de mayo. Es el día de la ciudad, cumple 69 años, y no tiene que quedar huella alguna de las dos décadas de guerras y violencia que ha sufrido Chechenia.
"Rusia ha entendido que no todos somos bandidos, y por eso nos ayuda a reconstruir el país", explica el jefe de la administración regional y local, Baja Nasujanov, mientras recorre con un grupo de periodistas las obras del centro de su ciudad, de 147.000 habitantes. Es un barrio con muchos colegios, y las filas de escolares forman un extraño cuadro entre hormigoneras, obreros foráneos, esporádicos soldados armados y los carteles del presidente Ramzan Kadirov.
Kadirov, hijo del ex presidente Ahmad Kadirov, ocupó la presidencia en el 2007, con 30 años. El Kremlin le dio su apoyo con la esperanza de que se impusiese sobre los otros clanes y terminar así con el conflicto del Cáucaso. "Putin me dio la tarea de hacer de Rusia un país estable. Eso significa que Chechenia también debe serlo", subraya Kadirov en su residencia, cerca de Gudermés.
Sin embargo, para las organizaciones de derechos humanos, Kadirov no es la solución, sino un gran problema. Muchos de los datos y denuncias recogidas por los activistas vinculan a su guardia personal con desapariciones, secuestros y asesinatos. Y la muerte de destacados integrantes de otros clanes puede terminar salpicándole. "Es una moda. Cuando hay que culpar a alguien se culpa a Kadirov. Aquí no hay una ley de Kadirov, sino la ley rusa", dice él.
La mayoría de los chechenos prefiere, sin embargo, estos tiempos a los años pasados. "Vivimos mejor que antes de que empezase la primera guerra de Chechenia. Durante el comunismo no había suficientes alimentos y tras la disolución de la URSS ya se comenzaba a hablar de independencia, de guerra", relata Husayn Malsagov, de 50 años, que trabaja como conductor de un minibús de ruta. "Durante los años de Ichkeria, no había nada. Los que tenían el poder se robaban y se mataban unos a otros. En los dos últimos años al menos tenemos esperanza". La guerra parece estar ya fuera de la vida de los chechenos, pero la actividad guerrillera es intensa en las vecinas Ingushetia y Daguestán, yno se pueden descartar ataques como el de varios suicidas en bicicletas de agosto de 2009 en Grozny.
La esperanza pasa por que la Chechenia contemporánea, con sus nuevos edificios y tiendas, disuada a los jóvenes de echarse al bosque y de unirse a la insurgencia islámica. "Hemos distribuido 1.200 apartamentos. Se los damos a los especialistas, a los trabajadores de la propia obra, porque sólo aquel que trabaja puede tener casa", asegura Nasujanov. La construcción además ayuda a reducir un abultado paro del 40%.
Kadirov ha apretado el acelerador no sólo para reconstruir lo que destruyeron las guerras, sino también para meter a Chechenia en el mundo moderno. Hace tiempo que en Grozny ya no quedan casas roídas por las bombas. Las dañadas se reconstruyeron, las ruinas se retiraron y se construyeron nuevos edificios. En la plaza Minutka, campo de mil batallas sangrientas durante la primera guerra chechena, dentro de unos meses se terminará un edificio de oficinas. Se construye otro de viviendas y está en proyecto un centro deportivo.
La imagen de la nueva Grozny es la mezquita central, que lleva el nombre de Ahmad Kadirov, asesinado en el 2004. Pero también la avenida de Vladimir Putin, actual primer ministro de Rusia, donde junto a algún caserón remozado se han instalado tiendas de moda, cafeterías, ópticas. El Grozny City es el único centro comercial moderno de toda Chechenia. Cuenta con pista de patinaje y unos multicines donde también se pueden ver las últimas películas en 3D.
A los funcionarios de Grozny y de Moscú les cuesta contestar a la misma pregunta: ¿De dónde ha venido el dinero? Rusia y Turquía son las principales fuentes de inversión no estatal. "Al oír esa pregunta, me enfado. Al menos construimos, no robamos", afirma Nasujanov.
3-V-10, G. Aragonés, lavanguardia




