¿Quién busca a Emmilee Risling? (nytimes)
La búsqueda de una mujer desaparecida revela las limitaciones y abusos que sufren los grupos indígenas en Estados Unidos.
Credit...By Justin Maxon
- Publicado 18 de mayo de 2025Actualizado 20 de mayo de 2025
Unos meses después de que Emmilee Risling desapareciera, sus padres recibieron un mapa.
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Estaba toscamente dibujado, esbozado con tinta en papel rayado de un cuaderno. Unas líneas discontinuas señalaban las carreteras; un rectángulo marcaba una estación de bomberos.
Un conocido de la pareja se los transmitía de parte de un informante anónimo con un mensaje escalofriante: su hija estaba enterrada allí, debajo de una roca.
Risling, de 32 años, desapareció en la reserva Yurok, un territorio que se extiende como una cicatriz irregular por los condados de Humboldt y Del Norte, en el norte de California. Con más de 22.660 hectáreas, la zona tiene un tamaño cercano al doble de la ciudad de San Francisco, y gran parte de ella está cubierta de densos y accidentados bosques de secuoyas, abetos, madroños y tanoak.
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El paisaje a lo largo del curso del río Klamath es majestuoso, pero su accidentada topografía puede parecer impenetrable. Las carreteras principales son escasas y distantes entre sí, serpenteando a través de matorrales de hoja perenne que, incluso cuando se rompen con la luz del sol, son profundos y sigilosos. El servicio de telefonía móvil es irregular o inexistente.
Risling había hecho autostop después de que le robaron su coche. Uno de los últimos lugares donde la vieron fue el puente de Pecwan, que se extiende sobre un arroyo cerca del Klamath. Los vecinos también informaron que había estado a un kilómetro y medio al norte de allí, en una zona aislada donde la vía principal se desvanece y el río brilla por debajo. Esa zona es conocida como End of Road (“Fin de la carretera”).
Los familiares querían que se realizara una búsqueda inmediatamente después de su desaparición en octubre de 2021, pero la Policía Tribal Yurok solo disponía de cinco agentes y dos altos mandos. No estaban formados en operaciones de búsqueda y rescate.
“Simplemente no teníamos los recursos”, dijo Greg O’Rourke, jefe del departamento. “Se habría puesto en duda la minuciosidad de la búsqueda. Así que, llegados a ese punto, decidí que lo mejor que podíamos hacer era investigar, seguir las pistas”. Las últimas ubicaciones conocidas de Risling, añadió, estaban demasiado alejadas como para ser útiles.
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El padre de Risling pidió a la oficina del sheriff del condado de Humboldt, que cuenta con unos 100 agentes y un equipo voluntario de búsqueda y rescate, que se hiciera cargo de la investigación. Pero lo volvieron a remitir a la policía tribal.
“Le dije: ‘Cuando intentan ayudarnos, o no, su enfoque es muy burocrático’”, recordó Gary Risling. “Piensan en todas las maneras en que no pueden hacerlo”.
No fue sino hasta abril de 2022 —seis meses después de la desaparición de Risling— que se inició una búsqueda coordinada, iniciada por una organización sin fines de lucro dedicada a la seguridad en la naturaleza, con sede en Minnesota. La agencia The Associated Press ya había escrito el primer reportaje en profundidad sobre el caso.
Un equipo de perros rastreadores de cuerpos, entrenadores de unidades caninas, voluntarios y personal de las fuerzas de seguridad partió en embarcaciones y vehículos todo terreno.
El tercer y último día, los entrenadores dirigieron a sus dos mejores perros a la zona indicada por el informante. Estaba en lo alto de una ladera, en un pueblo conocido como Wautec, no muy lejos de End of Road.
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Dexter, un perro spaniel, se animó sobre un punto concreto, pero no ofreció lo que se conoce como una respuesta final entrenada. Era temprano, húmedo y estaba fresco, las mejores condiciones para captar un olor. El segundo perro llegó cuando el sol estaba alto y no tuvo la misma reacción.
“Si nos hubieran llamado de inmediato”, dijo Tanya Hurd, una de las encargadas de la unidad canina, “habríamos tenido más posibilidades”.
Antes de marcharse, el equipo aconsejó que se siguiera explorando la zona.
A menudo, la madre de Risling se preguntaba por el hallazgo no concluyente de ese día. “Estaba totalmente obsesionada con el mapa”, recordó Judy Risling, de 73 años. Se lo enviaba a quien creía que podía interesarle. Pasarían tres años antes de que otro equipo canino hiciera un seguimiento.
‘La que iba a llegar lejos’
Emmilee Risling tenía un brillo que la hacía envidiable y querida.
Había destacado como estudiante en la secundaria, sobresaliendo en los cursos avanzados, como presidenta de su clase durante los cuatro años y ofreciéndose como voluntaria en dos ocasiones para organizar una conferencia regional. Una vez, a fin de promover una rifa, convenció a un concesionario para que donara un coche.
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“Era una superestrella”, recordó su amiga Blythe George. “Levantar la mano, ser una participante activa, querer ser la presidenta del club… eso se consideraba que eran cosas de niños blancos. Emmilee no solo hacía esas cosas, sino que lo hacía mejor”. George llegaría a licenciarse en Dartmouth y Harvard, pero siguió encantada con la mente superdotada de Risling.
Risling también sentía una profunda responsabilidad por preservar la cultura nativa americana y era una figura perenne en las ceremonias tribales, conocida por bailar con una gracia desenvuelta. Su voz cantarina, cadenciosa e inquietante, podía hacer que una multitud se inclinara y escuchara.
Risling, miembro del grupo indígena del valle del Hoopa, de linaje yurok y karuk, se había criado en McKinleyville, en la costa rural. La región alberga alrededor de una decena de reservas o rancherías en las que es habitual referirse a alguien como criado “en la res” o “fuera de la ciudad”. Lo primero significaba que estabas acostumbrado a la escasez de electricidad y recursos. Lo segundo solía denotar aspiraciones de clase media y una mejor oportunidad de movilidad ascendente.
Elocuente y llamativa, con el pelo largo y brillante y unos melancólicos ojos castaños, Risling tenía 15 años cuando apareció en la portada de The Washington Post por un artículo sobre la inauguración del Museo Nacional del Indio Americano.
No sorprendió a nadie cuando obtuvo varias becas y se fue a la Universidad de Oregón a estudiar Ciencias Políticas. Su graduación en 2014 fue todo un logro. Solo un 16 por ciento de los nativos estadounidenses adultos son licenciados, menos de la mitad que la media nacional.
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El plan de Risling era ser abogada.
“Tenía pasión por todo aquello en lo que creía”, dijo su hermana menor, Mary Risling. “Siempre imaginé su grandeza y lo que iba a ocurrir en su vida. Probablemente siempre la consideraron la hermana lista, ya sabes, la que iba a llegar lejos”.
Pero, en 2021, la vida de Risling se había fracturado de maneras inimaginables.
No pasó mucho tiempo antes de que se convirtiera en el rostro de una crisis conocida como Personas Indígenas Desaparecidas y Asesinadas (MMIP, por su sigla en inglés).
Jurisdicciones
Hay ciertos nombres por aquí que se pronuncian con advertencia y pesar.
Andrea “Chick” White. Sumi Juan. Ambas eran jóvenes madres que desaparecieron.
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Dante RomanNose-Jones. Baleado en la cabeza a los 13 años.
Barbara Jean McNeil. Asesinada a golpes en su casa.
Se encuentran entre las personas incluidas en el fenómeno MMIP, una designación que pretende poner de relieve dos tragedias plagadas de los mismos problemas: víctimas trivializadas, recursos mínimos y un embrollo jurisdiccional. Es un abismo en el que la atención pública ha decaído y la justicia está ausente.
El problema es sistémico, con raíces que se remontan al colonialismo. Según las cifras del censo, solo el 3,5 por ciento de la población estadounidense se identifica como indígena o nativo americano. Pero es un grupo desproporcionadamente afectado por la violencia, el maltrato doméstico y los trastornos mentales.
Su tasa de mortalidad por homicidio es cinco veces superior a la de los blancos. Sus hijos están sobrerrepresentados en el sistema de acogida. Tienen la mayor tasa de pobreza y suicidio de todos los grupos raciales y étnicos. Y experimentan un alto índice de abuso de alcohol y sustancias. Pero su acceso a los servicios es limitado.
En 2023, se introdujeron en el Centro Nacional de Información Criminal del FBI unas 10.650 denuncias de desaparición de personas indígenas. Se cree que esa cifra es inexactamente baja porque muchos casos están mal documentados o se identifica de manera errónea a la persona como blanca.
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Para complicar las cosas, existe una ley que creó lo que muchos consideran un confuso sentido de la responsabilidad de las fuerzas del orden. La Ley Pública 280, promulgada en 1953 cuando el gobierno federal estaba presionando para disolver las tribus, otorgó a ciertos estados la jurisdicción penal sobre las reservas, pero sin apoyo financiero.
California, hogar de 109 grupos indígenas reconocidos por el gobierno federal, se encuentra entre el grupo de estados que siguen acogiéndose a esta ley.
Aquí, los departamentos locales del sheriff son responsables de naciones soberanas con comunidades muy unidas que confían poco en las fuerzas del orden.
Algunos grupos indígenas tienen su propio cuerpo de policía, aunque sus operaciones son reducidas y pueden estar en deuda con la oficina del sheriff. Esto provoca tensiones entre las agencias, un sentido confuso del liderazgo y la sensación de que nadie toma la iniciativa de manera directa.
En California, el problema de MMIP se concentra en la región norte. La cuestión estaba cobrando fuerza cuando Risling desapareció, lo que implicó un mayor escrutinio de la respuesta.
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William Honsal, sheriff del condado de Humboldt, dijo que, aunque su oficina tenía jurisdicción sobre el caso de Risling, confiaba en que la Policía Tribal Yurok llevara la voz cantante. Su oficina ha proporcionado formación a los agentes tribales y los ha delegado, lo que les permite hacer cumplir la ley estatal.
Si el grupo indígena hubiera solicitado un esfuerzo coordinado de búsqueda y rescate, la oficina del sheriff podría haberlo iniciado, dijo Honsal. Pero dijo que los esfuerzos de búsqueda se habrían visto comprometidos desde el principio porque habían transcurrido cuatro días desde que se denunció la desaparición de Risling.
O’Rourke, jefe de la Policía Tribal Yurok, dijo que sentía empatía hacia la familia Risling. Emmilee Risling solía ser niñera de sus hijas. “La tribu no se limitó a encogerse de hombros y decir: Ay, bueno’”, dijo. “En realidad tratamos de ayudar”.
O’Rourke trabajó como segundo del sheriff del condado durante 12 años y dijo que había destacado su buena relación con el sheriff. “Decidí integrarme para que, cuando llegara una llamada, dijeran: ‘Oh, la oficina tribal Yurok se está encargando, ellos saben qué hacer’”.
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No todos adoptan ese enfoque.
“Si la tribu Yurok quiere ser compinche y tener todas esas buenas relaciones, más poder para ellos”, dijo Ryan Jackson, presidente de el grupo indígena Hoopa Valley. “Nosotros no lo vemos así. Hemos tenido una historia terrible con el condado”.
En ambas reservas puede haber una sensación general de anarquía.
“Se sabe que si quieres que alguien desaparezca —tanto si arrojas su cadáver aquí como si matas a alguien—”, dijo Alanna Lee Wright, prima lejana de Risling, “es una especie de agujero negro para el condado, que aquí simplemente no responden”.
Descenso
La desaparición de Risling reveló una verdad incómoda sobre el MMIP: los desaparecidos y los asesinados a menudo necesitaban ayuda mucho antes de caer en la espiral de las crudas estadísticas demográficas.
Después de la universidad, Risling regresó a McKinleyville y trabajó con familias necesitadas de ayuda. “Es tan amable”, decían los solicitantes.
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Se había convertido en una madre devota de su hijo, fruto de una relación universitaria. Entrenaba a su equipo de béisbol, lo llevaba a clases de jujitsu y le organizaba elaboradas fiestas de cumpleaños.
Pero Risling salía con hombres al azar y empezó a salir con uno que, según sus amigos y familiares, la maltrataba emocional y físicamente. “Me contaba cosas como que le escupía a la cara todo el tiempo o le tiraba una botella de alcohol a la cabeza”, dijo su amiga Shawna Ibarra. Los ayudantes del sheriff lo investigaron por al menos una presunta agresión contra Risling en mayo de 2020, pero no se presentaron cargos, según la fiscalía del condado.
Ibarra vio cómo su amiga se deslizaba hacia un mundo distinto, fumando metanfetamina y rodeándose de adictos. Las drogas parecían desencadenar una nueva personalidad. Risling hablaba sola, hacía afirmaciones sin sentido o arremetía violentamente.
Tras el nacimiento de su hija en 2020, Risling mostró signos de psicosis posparto y esquizofrenia. Sus hijos quedaron al cuidado de su madre, y ella empezó a vivir con una amiga en la reserva Hoopa. La policía la detuvo en numerosas ocasiones por pasear desnuda en público.
Las clínicas de las reservas ofrecían servicios mínimos de salud mental. El único hospital psiquiátrico en 482 kilómetros a la redonda solo tenía 16 camas. Las pocas veces que Risling fue llevada allí, le dieron el alta. “Sufría un episodio mental, una crisis nerviosa, pero una vez allí, era capaz de lograr que no la ingresaran”, dijo Ibarra.
A fines de 2020, Risling fue vista por su amiga George en el supermercado. Parecía agotada y sin aliento, como si hubiera huido de una situación insegura. Tenía a su hijo al lado y a su hija pequeña agarrada al pecho. Cuando fue a pagar la leche de fórmula y los biberones, rechazaron su tarjeta de crédito. George le dio algo de dinero. No volvería a ver a Risling.
“Te pasas el resto de la vida preguntándote si deberías haber hecho algo distinto”, dijo George, de 34 años.
Solo en 2021, la oficina del sheriff del condado de Humboldt recibió casi dos decenas de llamadas de servicio relacionadas con Risling. Los agentes la sometieron varias veces a una retención psiquiátrica involuntaria, conocida como 5150.
En septiembre de ese año, los agentes tribales acudieron a un pequeño incendio en un cementerio de la reserva Hoopa y encontraron a Risling sin ropa. Su amiga Tek-Wes McCovey dijo que los agentes la llamaron y le pidieron que recogiera a Risling.
“Dijeron que la oficina del sheriff no quería cruzar la colina y entrar en el valle”, dijo McCovey. “Hasta la noche siguiente no se presentaron en mi casa los policías del condado para detenerla”.
En una audiencia judicial, el entonces jefe de policía de Hoopa se refirió a Risling como una molestia que necesitaba apoyo mental. Un agente de libertad condicional recomendó al tribunal que denegara su puesta en libertad.
Los padres de Risling estaban presentes ese día y esperaban lo mismo.
Pero el juez observó que Risling no tenía condenas anteriores y le concedió la libertad supervisada. Se le ordenó que volviera para la siguiente cita con el tribunal.
“Allí mismo se me hundió el corazón”, dijo su padre, exjefe de bomberos de Hoopa. “Sabíamos que no tenía celular, ni dinero, ni coche, ni nada. ¿Cómo demonios vas a esperar que se presente a una audiencia dentro de una semana?”.
El juez también dijo que Risling podía ser vigilada mediante una tobillera electrónica si el departamento de libertad condicional lo consideraba necesario. No se emitió ningún dispositivo de ese tipo.
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Días después de su puesta en libertad, Risling desapareció.
Una sensación de inutilidad
Los yurok no son un pueblo adinerado. Es el más numeroso de California, con 6500 miembros, pero su reserva tiene menos de dos tercios del tamaño de Hoopa y gran parte de la tierra en realidad no es propiedad del grupo indígena. Los yurok tienen un diminuto casino que abre por temporadas, un modesto hotel y tres gasolineras. La mayor parte de su financiación procede de subvenciones.
Ahora el grupo indígena se ha encontrado en la difícil posición de intentar efectuar un cambio institucional.
Poco después de la desaparición de Risling, siete mujeres denunciaron haber sido abordadas por posibles traficantes, lo que llevó al grupo indígena a emitir una declaración de emergencia.
Desde entonces, ha creado una fiscalía y ha abogado para que el estado financie a los pueblos originarios para que se ocupen del fenómeno MMIP. Ayudó a patrocinar el proyecto de ley que creó Alertas Pluma, un sistema de emergencia estatal que notifica al público cuando desaparece una persona indígena. Y recientemente recibió una subvención para construir un centro de bienestar que incluirá servicios de salud mental.
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El pueblo indígena también logró contratar a la primera investigadora del estado dedicada exclusivamente a casos de MMIP: Julia Oliveira, quien llegó en marzo de 2023.
Oliveira —de 1,80 metros de estatura, de modales suaves y agradable— fue sargento de policía en la cercana ranchería de Blue Lake, pero la mayor parte de su carrera policial la había desarrollado en la Oficina del Sheriff del Condado de Humboldt.
El trabajo en el MMIP había sido una oportunidad para ocuparse de algo personal. Su madre pertenecía a la Nación Wyandotte, un pueblo indígena de Oklahoma.
Su función consiste en abogar por los derechos de las personas, llegar a las familias, asistir a cursos de formación y conferencias e impulsar las Alertas Pluma. También trabaja con varias agencias, participando en los casos actuales, que tienen prioridad. Queda poco tiempo para indagar en el pasado.
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Pero Oliveira, de 59 años, esperaba encontrar respuestas al caso de Risling, que había languidecido en la unidad de casos sin resolver del sheriff, dirigida por dos investigadores jubilados.
Buscó un elenco de personajes que ya habían prestado declaración ante la policía. Como el mecánico que vive en End of Road, quien fue de los últimos en verla con vida. Y el hermano y la hermana cercanos que dijeron que le dieron a Risling un lugar donde descansar y que ella mencionó que quería visitar un pueblo remoto de la reserva conocido como Ah Pah.
Lo mejor era hacer las entrevistas en persona, pero las fuertes lluvias y la nieve eran impedimentos frecuentes. Las conversaciones con la madre de Risling fueron desgarradoras.
“Es difícil no sentirse en cierto modo responsable, porque quiero darles algo”, dijo Oliveira.
Pero Oliveira no logró mucho. Eso sí, encontró una compañera: Alanna Wright, prima de Risling.
Asistente jurídica del Tribunal Tribal Yurok, Wright, de 34 años, había formado parte de un comité encargado de investigar la epidemia de desaparecidos y asesinados. El padre de Risling se reunió con el grupo y les contó cómo su nieto de 9 años quería buscar a su madre, pero le dijeron que hacía demasiado frío para salir.
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“El hijo de ella dijo: ‘Abuelo, tengo un abrigo’. Aquello se me quedó grabado”, recordó Wright.
A principios de 2023, Wright había creado un programa de drones para el grupo indígena y estaba certificada por la Administración Federal de Aviación como piloto de drones.
También tenía un dron financiado con una subvención con una cámara de imagen térmica capaz de detectar el calor corporal. Al día siguiente de recibirlo, lo utilizó para ayudar a buscar a un recolector de setas desaparecido, cuyo cadáver se encontró un mes después. Ella y Oliveira pronto se asociaron.
Juntas continuaron la búsqueda de Risling de formas que podrían haber parecido en vano. Caminando durante horas por la maleza, lanzando el dron en una zona prometedora, incluso siguiendo la visión de una médium que decía que Risling estaba enterrada en una cantera de roca.
Las salidas parecían tener un propósito. El caso de Risling había estado plagado de trámites burocráticos y una pregunta persistente: ¿Cómo la traemos a casa?
Su trabajo llamaba la atención; las pistas llegaron poco a poco.
Pero sus perspectivas estaban marcadas por la inutilidad. Dos personas. Probabilidades abrumadoras.
Una excavación
Una mañana nublada de abril, Wright y Oliveira manejaron durante una hora por la reserva Yurok.
En sus teléfonos había una captura de pantalla del mapa dibujado por el informante hacía unos años. La madre de Risling lo había enviado recientemente. Les llevó cerca de End of Road y por una empinada colina.
Se les unieron dos adiestradores caninos con los que Wright había entablado amistad por su trabajo en el equipo de búsqueda y rescate del condado de Del Norte. Habían traído lo que se conoce como perros detectores de restos humanos históricos, que están adiestrados para rastrear olores mucho más débiles que los perros de búsqueda y rescate.
El grupo estaba en una ladera boscosa donde la carretera se divide en dos cuando Trooper, un labrador chocolate, olfateó y se quedó inmóvil. Había dado en el blanco.
Lo alejaron, pero volvió al mismo sitio varias veces. Cuando al segundo perro, Cain, se le permitió deambular, se sentó en el mismo lugar. Ambos perros mostraron su respuesta final entrenada.
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Oliveira avisó al jefe de la policía tribal, pero le dijeron que necesitaba más datos. No se presentó ninguna fuerza del orden.
La reacción fue desalentadora.
Lo que ocurrió en las dos semanas siguientes destrozaría aún más cualquier atisbo de progreso y pondría al descubierto los obstáculos que pueden entorpecer la búsqueda de una persona desaparecida en la reserva.
Oliveira volvió con un radar de penetración terrestre. Mostró una anomalía a unos 3 metros del lugar, pero una pequeña excavación solo reveló una densa maraña de raíces.
El jefe de la policía tribal y un equipo realizaron una excavación de seguimiento. Determinaron que el terreno no se había removido desde hacía al menos dos décadas y que los perros habían recibido la influencia de un antiguo cementerio familiar situado colina abajo del yacimiento. Oliveira se ausentó ese día; dijo que le habían dicho que su presencia no era necesaria.
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Los funcionarios encargados de hacer cumplir la ley se mostraron descontentos con Oliveira y Wright, afirmando que no habían seguido el procedimiento con la búsqueda, incluido el hecho de no avisar con suficiente antelación a las agencias para que colaboraran. Oliveira, cuya función dependía del departamento de policía tribal, fue despojada de su condición de adjunta.
Dijo que le habían dicho que su trabajo podría transferirse al programa de tribunales del grupo indígena, que supervisa las iniciativas de MMIP.
Wright fue informada de que cualquier uso futuro de drones requeriría la aprobación del director ejecutivo del grupo indígena.
A Oliveira y Wright les preocupa que las repercusiones hayan desviado, una vez más, la atención del caso de Risling, y hayan dejado a una madre sin más respuestas que antes.
Es Judy Risling quien seguirá siendo la defensora más comprometida de su hija, sin miedo a marcar los números de teléfono móvil del jefe de la policía tribal y del sheriff cuando cree que no siguen el rumbo correcto. Su exigencia de que aceleraran la excavación era firme, aunque no pudiera evitar derrumbarse por dentro ante la posibilidad del destino de su hija.
Durante mucho tiempo le ha recordado a cualquiera que tuviera un momento que su hija podía haberse convertido en un símbolo de desesperación, pero también era amada. Era digna de más.
Incluso en el territorio más escarpado, de terreno vasto, de paisaje espeso de maleza salvaje y bosques —incluso después de que hayan pasado los años y las perspectivas sean sombrías— su hija, cree ella, merece ser encontrada.




