*La biopolítica y el juego de los peones*, Manuel Asensi

lavanguardia/culturas, 19-I-2005.

De repente, asalta la sospecha de que al poder ya no le basta la prisión, la fábrica, el sanatorio, la universidad, la iglesia, para encauzar, distribuir, clasificar y controlar a los sujetos (en tanto sujetados) que forman parte de una sociedad. Esas instituciones disciplinarias le sobrevienen al individuo desde fuera, señalándole límites e impidiendo la libre circulación, la mezcla heterogénea. No podía dejarse a seres como Don Quijote haciendo el loco por los caminos de España. Todavía él tuvo suerte de que, por lo menos, las flacas carnes de Rocinante le llevaran por ahí. Pero allá por el siglo XVIII la forma como se ejerce el poder se transforma. Es lo que Foucault empezó a indagar a finales de los años setenta (el texto Naissance de la biopolitique corresponde a los a los años 1978-79) al advertir que durante el mencionado siglo algo cambió en la estructura del poder. ¿En qué consistió esa metamorfosis? En el tránsito de la anatomopolítica a la biopolítica, de la política que pauta y controla los sujetos a la política que interviene en el individuo en tanto entidad biológica. Ya no se trata tanto del sujeto como de la vida, o mejor, de una población en tanto poseedora de un bios, de una tasa de natalidad, de mortalidad, de un cuerpo que emite fluidos y que percibe el mundo de una manera determinada.

¿Crees tú en la naturalidad de tu comportamiento sexual? ¿Acaso has pensado que esa manera de penetrar o de ser penetrado/a obedece a la libre circulación de tus hormonas y de las descargas por las que suspiras? ¿Estás seguro de que vas a morirte simplemente allí donde la guadaña te pille? Quizá hasta tienes la impresión de que la manera como tu sistema perceptivo ve el mundo es un efecto de la organización de tu cerebro y de su sistema nervioso. Pues desengáñate, todo eso que consideras natural ya hace tiempo que se convirtió en objetivo arduamente perseguido por el poder. El Gran Hermano ya no es sólo ese ojo que todo lo ve desde su emplazamiento ubicuo, sino el filtro que se ha insertado en tu cuerpo para hacer que produzcas riquezas, bienes, otros individuos. Naturalmente y con ese fin, se produce un lenguaje, unas redes de comunicación, cuya función es controlar los sentidos e incluso la dirección de lo imaginario, canalizarlo dentro de un programa preestablecido.

Foucault era un lector fino y entusiasta del Marqués de Sade, y en los textos de éste, que no en vano fueron escritos a finales del siglo XVIII, encontró un punto de apoyo para la formulación de su teoría acerca de la biopolítica. Los personajes de Sade están continuamente anunciando que no hay sexualidad natural, que lo que llamamos sexualidad es un efecto del lenguaje, de esas redes de comunicación a las que nos hemos referido. Imaginemos qué debería pensar de sí mismo, qué debería sentir, un cuerpo que se preguntara con rigor de qué error de lenguaje proviene. Es esa misma razón la que lleva a ciertos personajes de Sade a agradecer a sus corruptores el haber disipado las terribles tinieblas de la infancia y el prejuicio. El nacimiento de la teoría de la biopolítica intenta disolver la ilusión en virtud de la cual los sujetos llamados vivientes imaginan que producen unos discursos que vienen de ellos mismos, y les muestra que es el poder biopolítico el que les habla de parte a parte y los convierte en peones de su juego.

Ahora bien, cuando Foucault afirma que el poder no se tiene sino que se ejerce, está eliminando la posibilidad de pensar la biopolítica en términos simplemente paranoicos, como si un grupo controlara la producción de las redes de control de la vida. Y no porque no existan organismos, instituciones y fundaciones que trabajen con ese fin, sino porque la paranoia analítica se equivocaría en su estrategia de intervención. Esta estrategia debe tener en cuenta el carácter objetivo, aparentemente descentralizado e inmanente de ese poder que se multiplica en los seres y en los cuerpos producidos. Y del mismo modo que hay un cuidado de sí, también hay una labor de reterritorialización de las entidades biológicas. Es la dirección en la que han venido apuntando, por lo menos en parte, los estudios y las teorías queer.

Lo que resulta muy llamativo es que la formulación de la teoría de la biopolítica logró transformar nuestra manera de entender la acción política, esa que trastoca las leyes establecidas y busca anticipar una libertad futura, una acción que nos obliga a pensar más allá del marxismo y de los modelos conocidos de revolución, más allá de los parámetros dentro de los que nos movimos durante mucho tiempo. Dice Foucault en una entrevista que el papel del intelectual es cambiar algo en el espíritu de la gente, enseñar a la gente que es mucho más libre de lo que se siente, y que las pretendidas evidencias pueden ser criticadas y destruidas. Pero para ello es necesario afinar nuestros análisis. Y la teoría de la biopolítica afina.