*El pensamiento inquieto*, Óscar Caballero

lavanguardia, 28-III-05.

Hoy, cuando de los setenta sólo se recupera el consumismo -es más fácil reciclar la minifalda y los Beatles-, Foucault, "el hombre que siempre pensaba distinto", redacta incesantemente nuevas memorias de ultratumba. Sus cursos, dictados fuera del circuito Sorbona, casi 40 años atrás, suenan a hoy, para corroborar su definición de 1975: "La característica del intelectual de hoy es su inquietud por la actualidad. Somos más periodistas que profetas. Pero periodistas de nosostros mismos".

En Foucault aujourd'hui (Plon), Kriegel, que fue, junto con François Ewald, la colaboradora del autor de La arqueología del saber, lo define: "Uno de aquellos filósofos excepcionales que deliberadamente renuncian a ser guías. Su legado no está en el texto; es el amor por el trabajo intelectual. Nos enseñço a tomar en serio el trabajo y la investigación. Por su libido sciendi enlazaba con los historiadores del XIX. Una tradición también ligada a Chateaubriand, la del placer por la historia y por la erudición".

Ewald, responsable a su vez de la edición paulatina de los cursos del Collège de France, sitúa por su parte "el trabajo de Foucault en la tradición de la filosofía de las ciencias y de la epistemología francesas, tradición ilustrada por Gaston Bachelard, Alexandre Koyré o Goerges Canguilhem". Según Ewald, "desde finales del siglo XIX hay dos caminos, una tradición comparatista y otra que privilegia la interpretación. Foucault, con Dumézil, pertenece a la primera. De ahí su interés por las nociones de sistema y de estructura".

Para Kriegel, "el problema de la identidad, tan presente a través d elas discriminaciones como de las prácticas sexuales, fue particularmente elaborado por el último Foucault. Y las relaciones entre religión y políticacentraba los reportajes de Foucault sobre la revolución iraní.Por eso -remata- los dos volúmenes de cursos, consagrados a la noción de gobierno, permiten reflexionar sobre la política contemporánea. Especialmente por esa noción de gobernamentalidad, elaborada por Foucault, que permite sobrepasar la oposición entre sociedad civil y Estado".

Roger Paul Droit publica Michel Foucault, entretiens, en Odile Jacob, donde el pensador señala que en los años setenta "nunca los intelectuales fueron más fecundoa, más próximos, con sus discursos, a lo que se dice en la realidad. Y ya, el telón descubre un escenario en el que vemos finalmente el cuerpo, el hábitat, la sexualidad, la familia, la vida cotidiana", porque -sigue Foucault- "a mis ojos el intelectual no debe aplastar con su discurso; más bien debe darle una plaza al discurso ajeno. Todo el mundo puede hablar, quejarse, enunciarlo por escrito. Los presos y los ingresados en el neuropsiquiátrico. Pero nuestro discurso es inteligible; el de las víctimas, inaudible. Una cosa es lo que se dice, en la calle, en la cama, en el mercado, y otra, el conjunto de enunciados que adquiere una cierta sistematicidad".

Maggiori lo sintetiza: "De un lado las técnicas disciplinarias -que Foucault denomina 'anatomo-política del cuerpo humano'- formatean el cuerpo máquina, vigilan y domestican al individuo, miden sus aptitudes, renatbilizan sus prestaciones y lo instalan allí donde será más útil. El otro sistema se forma durante el siglo XVIII a través de una serie de 'controles reguladores' que se ocuparán ya no del individuo en cuanto que tal, sino del 'cuerpo-especie', que sirve de 'soporte a los procesos biológicos'. Es una 'biopolítica de la pobalción' que administra todo aquello que permite a la población desarrollarse o desaparecer: hábitat, condiciones de vida urbana, desplazamientos, higiene pública, nacimientos, mortandad, tasa de crecimiento".