´Un mundo dentro de otro´, Iria González-Rodiles

VIAJERA TERMINAL: Crónicas suizo-cubanas (III)
UN MUNDO DENTRO DE OTRO

Hacia adelante no siempre se puede
llegar lejos...
(El Pequeño Príncipe, Antoine de Saint-Exupéry*)

 

Cuando entré al Centro de Recepción de Refugiados, en Vallorbe, presentí mi llegada a otro mundo que, controlado por los suizos y hallándose dentro de Suiza, no era Suiza.

                                                            ¡Ay del noble peregrino

                                                            que se para a meditar,

                                                            después de largo camino,

                                                            en el horror de llegar! (1)

 

Al verme sola, dentro de aquel mundillo revuelto, lacerante –al menos, para mi espíritu—, supe que se inciaba la peor de las pruebas y etapas de mi ‘debutante’ vida en el extranjero. De inmediato deseé, intensamente, salir de allí corriendo, lo antes posible: mi huida de Cuba continuaba  siendo una fuga inconclusa.  Aquel lugar me era ajeno, opresivo; y, mi comienzo, de una diferencia abismal al que concebí.                                                                                 

                                                            Los caminos de la vida

                                                            no son como yo pensaba,

                                                            como los imaginaba,

                                                            no son como yo creía. (2)

                            

Escándalo, mal comportamiento, promiscuidad, falta de higiene personal, incidentes violentos entre los emigrantes, conductas con perceptibles tensiones subyacentes, contenidas, temibles, hicieron más desagradable aquel mal momento y los sucesivos. Aunque el trabajo de los empleados del Centro aportaba atenuantes –control del orden y la disciplina, organización de la limpieza y la vigilancia—, el ambiente del lugar equivalía a un auténtico infierno para mí. Reflejaba, en parte, una extensión de lo que había dejado atrás, allá, en Cuba.

                                                             Los caminos de la vida

                                                             son muy difícil de andarlos,        

                                                             difícil de caminarlos,

                                                             yo no encuentro la salida. (2)

 

“¿Cuánto tiempo estaré aquí? ¿Cuánto demorarán en entrevistarme para iniciar el proceso de mi demanda de asilo?”, pregunté a uno de los suizos, trabajador del Centro. Me respondió que no menos de quince días. “¡Medio mes!”, exclamé visiblemente descorazonada. “¿Por qué tanto tiempo?”, repliqué. “Son muchos”,  agregó al notar mi disgusto e inquietud.

Cierto. Aunque, al día siguiente de mi llegada, me trasladaron para otro Centro de Recepción           –Kreuzlingen; del mal, el menor— continué siendo testigo de la explosión de emigrantes que invade  a  Suiza  diariamente. Llegan, sí,  personas en busca de trabajo o de una vida mejor, huyéndole a las guerras, al desempleo o al hambre; llegan –los menos— perseguidos políticos o por alguna razón de índole política.

                                                                Son buenas gentes que viven

                                                                laboran, pasan y sueñan,

                                                                y en un día como tantos,

                                                                descansan bajo la tierra. (3)

 

Pero no sólo arriba este tipo de gente. Y ahí radica el gran problema para los países receptores de la emigración anárquica, ilegal. En la propaganda, en lo que se publica y argumenta, se omite que también llegan –mezclados y ocultos entre las ‘buenas gentes’—, prófugos de la justicia, delincuentes, narcotraficantes, espías, terroristas activos o potenciales para propagar la Yihad...

                                                                  Mala gente que camina

                                                                  y va apestando la tierra...(3)

Dentro de todo este andar migratorio, existe otra categoría sui géneris: los “turistas de asilo”. Algunos, son inofensivos; otros, no. Pero todos gozan con viajar a costa del asilo. Cuando las autoridades les niegan la permanencia, se marchan a otro lugar. Y no pocas veces,  antes de recibir la respuesta, desaparacen. Así van de país en país, de un centro de refugiados a otro. La vida nómada “es su forma de vida”, me afirma un experimentado trabajador social suizo.

Precisar la identidad de todos, es una labor ingente. El trabajo de las autoridades suizas se dificulta, aún más, cuando los emigrantes se niegan a reconocer su país de origen o a entregar su pasaporte, según establece la ley. Ciertamente, algunos carecen de documentación; otros, mienten cuando aducen que han extraviado el pasaporte u ofrecen datos personales falsos. De tal forma se complica, se prolonga, la solución de los demás solicitantes de asilo –‘requerentes’, como se les denomina en Suiza—  que obran dentro de la legalidad.

Pero la invasión de emigrantes no sólo ocurre en Suiza; lo mismo sucede con Italia, Francia, Alemania, España, Austria, Inglaterra... Llegan con equipaje o con las manos vacías, burlando los guardafronteras o cruzando los límites de acceso libre. Llegan por tierra, por aire, por mar. Como puedan. Principalmente, provienen de África. Pero, también, de cualquiera de los países de Europa del Este y de la otrora Unión Soviética. Lo peor sucede cuando intentan imponer sus costumbres o perturban de cualquier modo –grave o no— a los ciudadanos del país al que arriban.

                                                            Cada país es un universo

                                                            dentro del Universo,

                                                            un hervidero de sueños y violencias,

                                                            de quejas y sugerencias.(4)

 

Este indiscutible conflicto del mundo de hoy, se halla expuesto con suma sinceridad y certeza en Orgullo y rabiaLa fuerza de la razón, para algunas editoriales—, obra de la insuperable periodista italiana, ya desaparecida,  Oriana Fallaci. Un asunto es la emigración pacífica, laboriosa o política; y otro, el éxodo que invade, ocupa al país ajeno, poco a poco, de forma subrepticia, para malearlo socialmente o para luego caerle arriba sin escrúpulos, con odio. ¿Quién lo duda? Ha sucedido ya en Nueva York, Londres, Madrid...

Por mi parte, carecía en lo absoluto de información sobre cómo se procedía con los emigrantes   –de todo tipo— en Suiza, en cualquier lugar: prueba del aislamiento y la desinformación que sufrimos en la Isla. No sucede así con casi la totalidad de quienes arriban al país helvético para solicitar asilo: conocen cada uno de los pasos que se siguen y hasta las posibilidades y variantes, legales o no, a las que tendrían que aferrarse para lograr el asentamiento. Es el efecto del ‘llamado’ a los demás, por parte de quienes logran establecerse de cualquier modo. Pero, también, es obra de una mafia bien informada que recluta a los seres humanos y  trafica con ellos. Toda una serie de ‘enjambres’ que se entrelazan y conspiran.

Cierta vez escuché a un emigrante expresar por un noticiero de la televisión  española que “Europa está en deuda con África”. Creo que equivocó el deudor: son los gobiernos de los distintos países de origen, quienes están en deuda con sus respectivos pueblos. Además de acoger, dar protección, residencia y trabajo a millones de emigrantes de todos los confines del Planeta, los países europeos suministran importantes ayudas económicas a las naciones  más desfavorecidas, pero, desgraciadamente, no se observa el avance esperado en los destinatarios que las reciben.

                                                            Cada país tiene historias contadas,

                                                            empobrecidas o glorificadas,

                                                            sus manías, sus cinismos,

                                                            sus huecos y oportunismos...(4)

 

La expresión sobre una Europa ‘en deuda’, sugiere que gran parte de esa  alarmante, explosiva y perenne emigración hacia el llamado Viejo Continente –en apariencia espontánea, descontrolada— es, en no pocos casos, dirigida o instigada por fuerzas ocultas, oficiales o subterráneas, con objetivos bien claros: entre otros, quitarse de arriba problemas, que deben solucionarse en los respectivos lugares de procedencia, para lanzárselo a cualquier lugar próspero de la Tierra, como Europa o los Estados Unidos.  O lo peor, con el escalofriante cálculo de una ocupación invasora progresiva.

Una arremetida similar premeditó Fidel Castro contra los Estados Unidos: no sólo mediante el éxodo masivo de Camarioca, del Mariel o tras el ‘Maleconazo’, cuando ordenó a las tropas guardafronteras de la Isla no interceptar la fuga marítima de los cubanos en balsas o rústicas embarcaciones. Lo ha logrado, también, con la estampida permanente –durante medio siglo— de exiliados, de balseros, de “quedados” (que aprovechan cualquier tipo de viaje al exterior para solicitar asilo) o de quienes se arriesgan en los más inverosímiles medios para escapar de Cuba. Así, se limpia lo discordante. Así, también, se infiltran agentes,  emisarios ocultos o  públicos.

                                                               Cada país lava sus errores;

                                                               a veces, horrores... (4)

 

No hay que ser estadista para percatarse de que un estallido migratorio agrede, desestabiliza económica, política y socialmente, a cualquier país del mundo, por rico que sea o pueda parecer.

En Suiza, cada refugiado que arriba es sometido a exámenes médicos para precisar su estado de salud y recibir el tratamiento que necesite;  le suministran ropa y medios necesarios para la higiene personal; es bien alimentado y acogido en muy buenas instalaciones, donde existen áreas de recreo y de recogimiento religioso. Le permiten salir del Centro Receptor en determinados horarios: así comienza a familiarizarse, a entrar en contacto con el nuevo mundo que le espera, de ser aceptado, y a sentirse menos retenido durante la prolongada espera en el lugar de recepción. Tampoco hay que ser estadista para comprender que resulta  todo un capital millonario lo que invierte Suiza –todos los países receptores— en esta ola humana migratoria perenne.

Un momento muy desagradable para mí fue la toma de fotos y huellas digitales: me sentí como a quien ‘fichan’ para un posible ‘wanted’. Pero no se trata sólo una medida preventiva, de seguridad: junto a los formularios con los datos personales –en caso de no ser expulsados de forma inmediata— conforman el permiso ‘N’: un carnet de identidad, renovable cada 6 meses, necesario para permanecer en Suiza hasta la respuesta definitiva. Identifica al ‘requerente de asilo’ quien, según comentarios no oficiales, constituye la persona de “más baja ‘categoría’ en la sociedad helvética”. “Vanidad de vanidades”, dicho al modo bíblico. Maquedad de manquedades, mentales y espirituales, dicho a mi modo.

El asilo suizo, probablemente, puede considerarse como el mejor, entre todos los asilos europeos. Pero ni tan alta categoría, ni tan meritorio trabajo con los refugiados, aliviaba la impresión de encontrarme allí, sola, entre gente extraña, imprevisible, con vidas, conductas, costumbres distintas, con ideas y proyectos desconocidos, peligrosos, malvados, tal vez.

                                                            Tuvo mi corazón, encrucijada

                                                            de cien caminos, todos pasajeros,

                                                            un gentío sin cita ni posada

                                                            como en andén ruidoso de viajeros.(5)

A pesar de mis pesares, nunca tuve problemas con ningún emigrante. Todo lo contrario. Hasta hallé cierto tipo de apoyo entre algunos de ellos, cuyos nombres prefiero reservarme: un angolano, alto, barbudo, robusto, y un haitiano, de igual constitución física. Ambos habían sido militares. El haitiano y yo éramos los únicos refugiados procedentes de América.

Fueron ellos quienes pusieron en su lugar a un argelino que, al saber mi nacionalidad, me enumeró los principales jerarcas cubanos con un embeleso casi orgásmico. Ante mi alegato opuesto, el rostro del argelino se endureció. Y este fue el momento preciso en que mis dos ‘guardaespaldas’, en especial el angolano, intervino: “Fidel Castro es un dictador, por eso la Mamá (así me bautizó él y era mi apelativo para algunos africanos) tuvo que huir de Cuba, por lo que escribía... y el Che Guevara era un mercenario que intervino en nuestros problemas, en África”, dijo.  ”...Y en América Latina,  completó el haitiano. Fin del incidente. Vista del argelino hacia la Tele que trasmitía juegos deportivos. Sonrisas cómplices entre nosotros tres.

También yo era la única mujer que jugaba cartas con el grupo de iraquíes. Eran hombres bellos y fuertes, de mirada penetrante, a quienes parecía encabezar el mayor de ellos. Me concedían esa distinción, ya que no daban entrada al grupo a ninguna otra mujer, pero no por misigionia, sino porque tampoco admitían a cualquier extranjero, al margen del sexo.

Entre las africanas, algunas me llamaban “aunt” (tía) y hasta me hacían confesiones delicadas: el verdadero país de origen, el pasaporte que ocultaban y las razones por las cuales mentían a la autoridades suizas. Por supuesto, como no soy policía, ni “chivata”, siempre he guardado sus secretos, más que como todo periodista con la fuente que le sirve, por fidelidad y compasión, cual un sacerdote con el confeso.

Con Morphi, el marino, y sus amigos africanos, conversaba sobre sus recuerdos en el riesgoso trabajo de los hombres del mar. Se mostraron más cercanos con mi relato sobre los azotes de un huracán, durante mi travesía marítima  por la costa este de los Estados Unidos hasta Canadá, cuando realizaba filmaciones para un reportaje televisivo. El mar, su vida, motivaba variados temas: los delfines, los tiburones, los riesgos de naufragio, el majestuoso paisaje entre cielo y mar, donde el mayor de los barcos se torna un minúsculo punto...

Quizás alguna observación constante, directa, de mi comportamiento en el refugio, motivó esta frase de una oficial federal: “Usted le cae bien a todo el mundo”. Pero lo que sucedía en mi universo interno, no pudieron detectarlo, ni tal vez comprenderlo. Yo, entre tanta gente extraña, buena o mala, y, al mismo tiempo,  en medio de una soledad despiadadamente desoladora. Absurda, cruel paradoja.

                                                             Hay un trágico viajero,

                                                             que debe ver cosas raras,

                                                             y habla solo y, cuando mira,

                                                             nos borra con la mirada. (6)

 

En medio de mi desdicha –decepcionada, deprimida— busqué refugio en el mejor de los abrigos posibles, que ninguna nación ofrece ni puede ofrecer en todo el Planeta, aunque lo intente, porque compete sólo a las recónditas dimensiones del alma humana.

Iria González-Rodiles
Berna, Noviembre   , Año 2008 del Señor

 

(*) El principito. Antoine de Saint-Exupéry.
(1) Coplas elegíacas. Antonio Machado. (Sevilla, España, 1875-1939).
(2) Los caminos de la vida. Paradójicamente, fue Claudia Schmid, mi ‘hija postiza’ alemana,    quien me aportó esta pieza del folklore musical latinoamericano, durante de una de sus estancias en la que fue mi casa, allá, en La Habana.
(3) El viajero. II. Antonio Machado.
(4) Cada país. Obra musical del grupo cubano Buena Fe.
(5) CLXV. Sonetos. Antonio Machado.
(6) Iris de la noche. Ídem.

7-XI-08