´Canadá: la construcción de una (buena) imagen´, Fabiola Rodríguez Barba

La diplomacia cultural de Canadá: la construcción de una imagen (ARI)
Fabiola Rodríguez Barba
ARI 120/2008 - 9/10/2008
 

Tema: Este ARI trata sobre algunas de las acciones desarrolladas por Canadá para promover su cultura al exterior.

Resumen: Canadá es uno de los países en donde el multiculturalismo, el pluralismo, el bilingüismo y la diversidad cultural son característicos; por ello, no se puede hablar de valores y de una cultura canadiense unitaria. La dinámica del federalismo canadiense y la especificidad cultural de Quebec son algunos de los elementos que definen la singularidad de la diplomacia cultural de Canadá. La cultura y la educación son ámbitos de competencia provincial y por tal motivo no existe un Ministerio de Educación o de Cultura a nivel federal, si bien existe el Ministerio de Patrimonio Canadiense (Department of Canadian Heritage) que se ocupa de temas de cultura y patrimonio. Por su parte, el Ministerio de Asuntos Extranjeros y Comercio Internacional (DFAIT por sus siglas en inglés), es el actor principal encargado de los programas culturales internacionales y de la promoción de la comunidad artística y cultural en el exterior.

Análisis: Desde el establecimiento de la Confederación en 1867 hasta 1914, la posición que ocupaba Canadá en el Imperio Británico fue básicamente la de una colonia en la que las relaciones exteriores eran dirigidas y controladas por el gobierno imperial a través de la Colonial Office y el gobernador general, que eran los representantes de su Majestad. En 1909, Canadá contaba con un departamento gubernamental de Asuntos Exteriores, cuya vocación era eminentemente comercial. La participación de Canadá en la Primera Guerra Mundial le valió la consideración internacional de Estado independiente del Reino Británico, que se concretó con el Estatuto de Westminster (1931), el cual amplió su autonomía y le autorizó a conducir su propia política exterior. Tras su participación en la Segunda Guerra Mundial comenzó un periodo de expansión y prosperidad, en el que se estrecharon los lazos políticos, económicos y militares con EEUU, que condujeron a que, en 1949, Canadá ingresara a la OTAN. Al término de la Segunda Guerra Mundial la representación internacional de Canadá era modesta, sólo contaba con siete misiones diplomáticas, además de 27 misiones comerciales y varias oficinas de migración.

Soberanía y seguridad cultural en Canadá

Las políticas culturales así como las industrias culturales en Canadá son un asunto de primera importancia. Éstas representan un asunto de “soberanía”, “seguridad” y/o “supervivencia cultural”. El debate sobre la soberanía cultural en Canadá no es nuevo. Prueba de ello son las medidas que datan de tiempos de la Confederación cuando prevalecían los estilos de vida e influencias culturales europeas, específicamente la inglesa y la francesa. En 1920, con la introducción de la radiodifusión comercial, dio inicio la batalla por la protección de las industrias culturales canadienses con el fin de hacer frente a la influencia estadounidense y, por otro lado, como una manera de distinguirse de la cultura americana. Como resultado, en 1929 se creó la Royal Commission on Radio Broadcasting, conocida como la Aird Commission, que dio origen a su vez a la Canadian Broadcasting Corporation (CBC) creada en 1936. Desde los años 40, la problemática del incremento de la producción cultural fue un elemento central de las políticas de gobierno, particularmente a nivel federal. En 1949 fue nombrada la Royal Commission on National Development in the Arts, Letters and Sciences, por orden del Consejo Privado de la Reina, con el fin de emitir recomendaciones sobre las artes y reconocerlas como de “interés nacional”. Dicha Comisión, conocida comúnmente como la Comisión Massey–Lévesque, presentó en 1951 un informe en el que recomendaba la creación y financiación de una organización nacional de artes que fomentara la unidad nacional, la creación de una Biblioteca Nacional y las iniciativas a partir de las cuales se definieron los lineamientos de las políticas de radiodifusión y de televisión en Canadá. Se advertía de la amenaza cultural extranjera, específicamente la estadounidense, y se recomendaba el control público en el sistema de radiodifusión.

Posteriormente, el gobierno federal emitió la Canada Council Act en 1957, con la que se estableció el Canada Council for the Arts (Consejo Canadiense para las Artes) a imagen de la experiencia británica del British Council. Su objetivo era impulsar y promover la producción artística de Canadá. Con el fin de llevar a cabo esta labor, el Consejo ofrece una serie de estímulos a los artistas canadienses profesionales y las instituciones artísticas de trabajo interdisciplinario, danza, arte mediático, música, artes visuales, performances, escritura y edición. Éste es administrado por el Ministerio del Patrimonio Canadiense y anualmente presenta un informe a la Comisión de Patrimonio Canadiense de la Cámara de los Comunes del Parlamento.

A finales de los años 60, el gobierno de Pierre Elliott Trudeau quería asegurar la participación canadiense en los mercados internacionales. El gobierno inició en 1969 la elaboración de un estudio sobre la actividad internacional de Canadá, así como de su estructura organizativa, que se convertiría más tarde en el Libro Blanco de 1970, conocido como Foreign Policy for Canadians. Una de las repercusiones del documento fue la creación de un Comité Interdepartamental de Asuntos Exteriores que analizó la posibilidad de una reestructuración del personal del servicio exterior en una sola entidad administrativa, así como la armonización de los programas y de la coordinación de las políticas de los departamentos y agencias involucradas en las actividades internacionales. En la década de los 80 el gobierno canadiense emprendió una fase de revisión de su política exterior, con el fin de incrementar su proyección internacional a través de la participación en diversos foros regionales de mayor influencia.

La importancia de los acuerdos bilaterales en materia cultural

Para Canadá, los acuerdos culturales son esenciales para la proyección de su imagen internacional y generan un impacto positivo en sus relaciones bilaterales. El primer acuerdo cultural internacional de Canadá fue firmado en 1965 con el gobierno de Francia. Posteriormente, Canadá firmó acuerdos con Bélgica (1967), la República Federal Alemana (1975), México (1976), Japón (1976), Italia (1984) y España (1989), entre otros muchos. Con base en la firma de estos acuerdos de cooperación, generalmente se celebran reuniones bianuales, conocidas como Comisiones Mixtas, en las que se hace una revisión del estado actual de la cooperación entre los países signatarios y se da impulso y seguimiento a la cooperación en la materia. Los primeros acuerdos bilaterales en materia cultural firmados por Canadá no estaban directamente relacionados con los objetivos de política exterior del gobierno federal ni con las prioridades culturales canadienses. El interés correspondía más bien a consideraciones geoestratégicas. Los acuerdos bilaterales eran vistos como “un medio diplomático con propósitos limitados; que sirven como un indicador visible de la importancia política mutua”. Actualmente, el gobierno de Canadá tiene en su repertorio 94 acuerdos bilaterales en materia cultural, los cuales incluyen los intercambios de notas.

Cultura y Política Exterior en los años 90

La estrategia empleada en los años 90 por el gobierno canadiense para la promoción de la cultura canadiense fue a través de incentivos financieros, medidas fiscales, requerimientos de “contenido canadiense”, regulación a la inversión extranjera, herramientas de propiedad intelectual para la promoción de la cultura. El trabajo conjunto del gobierno y el sector cultural permitió el establecimiento de políticas regulatorias en ese sector. Durante esa década, el gobierno federal presentó el informe de la comisión de cultura y comunicaciones del Parlamento conocido como The Ties that Bind, en el cual se destacó el aumento del 5% en el financiamiento del gobierno para las artes, se propuso incrementar el apoyo para el Canada Council for the Arts y enmendar el Copyright Act para asegurar la compensación a los artistas canadienses, así como aumentar los fondos estables para el Canadian Broadcasting Corporation (CBC). Asimismo, se señaló que la Telecommunications Act establecía los lineamientos de las telecomunicaciones y que su desempeño se consideraba de primer orden en el mantenimiento de la soberanía e identidad de Canadá.

En 1994, año en que tuvo lugar un extenso análisis sin precedente de la política exterior, se sitúa el comienzo de nuevas iniciativas del gobierno federal para redefinir la diplomacia cultural. Como resultado de las consultas realizadas durante el período de 1994–1995, diversos grupos de presión y expertos exhortaron al gobierno federal para que la cultura ocupara un nuevo lugar dentro de la agenda de política exterior canadiense. Algunos analistas consideran este proceso como un esfuerzo por vincular las cuestiones culturales a los temas de seguridad en el ámbito de la política exterior y observan un cierto grado de consenso entre los grupos de presión dedicados a la defensa de la cultura, por una parte, y por otra la visión de los decision–makers que conciben a la cultura en términos de seguridad nacional. Los miembros del comité parlamentario señalaron que la diplomacia cultural reafirma la soberanía cultural, contribuye a que Canadá se convierta en un actor importante de la economía global del conocimiento, así como a la vitalidad de las artes y la educación superior, y favorece la exportación de los productos educativos y culturales. Asimismo, el Comité parlamentario encargado de la revisión de la política exterior (Special Joint Parlamentary Committee Reviewing Canadian Foreign Policy) solicitó al connotado escritor John Ralston Saul la elaboración de un documento sobre cultura y política exterior. El documento, titulado Culture and Foreign Policy, presentaba con gran detalle un análisis sobre la diplomacia cultural. Uno de sus argumentos principales es que, a pesar de que la cultura puede ser un bien comercial, es mucho más que eso: “La cultura es la imagen de Canadá al exterior. Por lo tanto, ésta es central para la política exterior. Tanto las iniciativas políticas como las comerciales dependen de esa imagen”. Asimismo, señalaba que la reestructuración del papel de la cultura en la política exterior sólo tendrá sentido si ésta es acompañada de un incremento del presupuesto, así como de la revisión de la misión y perfil de la carrera diplomática.

En febrero de 1995, el gobierno canadiense presentó ante la Cámara de los Comunes del Parlamento Canadiense el documento Canada in the World (Canadá en el Mundo) en el que se definían las grandes directrices que guiarían la acción internacional durante esa década: (a) la promoción del crecimiento económico y la creación de empleos; (b) la protección de la seguridad nacional en un marco global estable; y (c) la proyección de los valores y la cultura canadienses, considerada el “tercer pilar” de la política exterior. El programa fue acompañado de otro documento de gobierno de respuesta al comité parlamentario, titulado Government Response to the Recommendations of the Special Joint Parliamentary Committee Reviewing Canadian Foreign Policy. En él se presentaron algunas recomendaciones sobre cultura, particularmente el último capítulo, en el cual se señalaba que la proyección de la cultura y de los valores canadienses eran importantes para lograr “el éxito en el mundo”, y que la política exterior debía reconocer y promover el valor de la cultura canadiense como un medio importante para alcanzar los intereses canadienses en las relaciones internacionales.

La noción de “tercer pilar” de la nueva diplomacia cultural de Canadá tenía la función oficial de promover la identidad canadiense y el reforzamiento de la unidad nacional. Ante este propósito, algunos analistas consideraron que la promoción de la identidad “pancanadiense” al exterior estaba subordinada en gran medida a las prioridades internas; el escenario internacional servía entonces como escaparate para reforzar el sentimiento de unidad nacional. El compromiso y la voluntad política del gobierno canadiense de convertir a la cultura en el tercer pilar de la política exterior no estuvieron exentos de ambigüedades. Mientras que los miembros del Parlamento Canadiense que habían llevado a cabo consultas públicas consideraban a la cultura como parte integrante de la estrategia de desarrollo cultural del Estado, el gobierno prefirió asimilar la cultura al sistema de valores cívicos, con lo que se diluyeron las dimensiones culturales y sociales de su compromiso a favor de una definición más política o estatal de la cultura. Esta situación evidenció el hecho de que a pesar de la voluntad del gobierno de hacer de la cultura una nueva prioridad, dicha estrategia no se traduciría en acciones concretas. Las restricciones presupuestarias y los severos recortes que sufrieron los programas de política exterior, particularmente la diplomacia cultural, así como las ambig?edades sobre los objetivos contribuyeron al fracaso del tercer pilar.

A pesar de que la cultura ocupaba un lugar destacado en el organigrama del DFAIT y de que formaba parte de los “temas globales”, en 1997 la cultura había desaparecido de la lista de prioridades ministeriales. Ese mismo año, el Ministerio de Asuntos Extranjeros y Comercio Internacional (DFAIT) dio un viraje importante no sólo en términos organizacionales sino también en el discurso y orientación política. La llegada del nuevo ministro de Asuntos Exteriores, Lloyd Axworthy, transformó radicalmente la misión cultural de la política exterior de Canadá. La prioridad en su agenda internacional era el concepto de human security (seguridad humana) así como la erradicación de las minas antipersonales. En este contexto, los temas culturales pasaron momentáneamente al Ministerio del Patrimonio Canadiense, encargado de los temas culturales a nivel federal.

A finales de los años 90, con el objetivo de aumentar la capacidad de interlocución de Canadá a nivel mundial, el gobierno federal utilizó la estrategia conocida como “diplomacia de nichos”, que consistía en el aprovechamiento de su posición privilegiada para influir el contexto internacional y que éste se tradujera en beneficios para los intereses canadienses. La estrategia se sustentaba en los siguientes elementos: una posición de liderazgo entre las sociedades avanzadas, una posición geoestratégica favorable, una herencia cultural que le permitía un acceso privilegiado al mundo anglófono y el francófono, una personalidad multicultural, impulsada por la creciente migración internacional hacia el país, y un activismo internacional singular que promueve la participación activa en los foros internacionales. Con el inicio de las negociaciones del Acuerdo Multilateral de Inversión (AMI) surgió la necesidad de preservar la “diversidad cultural” que se convertiría en un discurso emergente que ocuparía la atención de los debates internacionales. La recomendación 29 del Comité del Patrimonio Canadiense sobre la política cultural federal conminó al gobierno para que la protección de la diversidad cultural estuviera al centro de la agenda de política exterior del gobierno federal.

Promoción cultural actual

En abril de 2005, el gobierno liberal de Paul Martin presentó un enunciado de política internacional: International Policy Statement. A Role of Pride and Influence in the World (Orgullo e influencia: nuestro papel en el mundo). En este enunciado, los asuntos de seguridad ocupan un lugar preponderante en la agenda internacional del gobierno, mientras que la cultura es relegada. El Ministerio del Patrimonio Canadiense cuenta con una Dirección de Políticas y Programas Internacionales encargada del International Strategic Framework (ISF), una perspectiva a largo plazo a través del cual se identifican las prioridades y los recursos financieros. Su principal objetivo es la expansión de oportunidades de mercado para la cultura canadiense, la promoción de la diversidad de las expresiones culturales y el fomento de intercambios con la participación de la sociedad civil.

Por su parte, el DFAIT cuenta con una larga tradición de promoción de la cultura canadiense; sin embargo, en septiembre de 2006, el Programa de Diplomacia Pública de ese Ministerio sufrió un recorte presupuestario de 11.9 millones de dólares canadienses, como parte de una estrategia de “mejoramiento de la gestión eficiente de los gastos”. En ese contexto, varios centros e instituciones culturales se vieron afectados, por ejemplo, el Centro cultural canadiense en París, así como los servicios culturales del Canada House en Londres, que vieron eliminados algunos puestos desde principios del 2006. De igual manera, la sección cultural de la Embajada de Canadá en Berlín sufrió el recorte de las subvenciones destinadas a las actividades culturales.

En 2007, el Programa del Ministerio de Asuntos Exteriores conocido como PromArt fue reestructurado de conformidad con los objetivos de política exterior en los siguientes ámbitos: artes escénicas (giras, proyectos especiales, festivales canadienses), música y grabaciones de sonido, literatura y edición (viajes para los autores), arte mediático, cine, televisión y video, y artes visuales (giras de arte canadiense contemporáneo, exhibiciones). A mediados de agosto de 2008, se dio a conocer la desaparición del PromArt, que contaba con un presupuesto de 4.7 millones de dólares, así como del programa Rutas Comerciales, con un presupuesto de 9 millones de dólares y que era destinado al apoyo de artistas en giras internacionales. Otros programas también sufrieron recortes significativos: el Programa nacional de formación en cine y video, la Escuela Nacional de imagen y el Fondo canadiense de cine y video independiente. Ante ello, las reacciones no se hicieron esperar: el Mouvement pour les arts et les lettres (Movimiento a favor de las artes y las letras), así como diversas coaliciones de artistas, escritores y políticos de oposición reaccionaron a las medidas que calificaron como “deplorables” y “arbitrarias”.

A finales de agosto de 2008, el Conference Board of Canada (un organismo independiente no lucrativo dedicado a la investigación económica) dio a conocer el documento “Valorando la cultura: Medición y Comprensión de la Economía Creativa de Canadá”, en el que se analizó el impacto de la cultura a la economía canadiense. Se estima que en 2007, la contribución directa del sector cultural a la economía canadiense alcanzó los 84.600 millones de dólares, es decir, el 7.4% del PIB de Canadá. Asimismo, las industrias culturales y el arte emplearon a 616.000 personas en 2003, lo que significó casi el 4% del empleo nacional. El sector cultural contribuyó con la creación de más de un millón de empleos directos e indirectos. A pesar de ello, el gobierno conservador contempla llevar a cabo otros recortes a los fondos en cultura de aquí a la primavera del año 2009.

La promoción de los estudios sobre Canadá

Desde hace algunas décadas, como parte de la estrategia de diplomacia cultural, se han creado programas de promoción de estudios sobre Canadá, en particular sobre la cultura e identidad canadienses. Uno de los principales instrumentos de la diplomacia cultural es el programa de relaciones académicas y de becas de posgrado. El objetivo es el apoyo de estudiantes extranjeros, quienes en su oportunidad podrían convertirse en líderes, hombres de negocios y parte de una red de contactos que podría ser ventajosa una vez que éstos regresen a sus países de origen.

La promoción de estudios sobre Canadá en el extranjero consiste en apoyar a las asociaciones y centros de investigación a través del otorgamiento de premios, becas y ayuda para viajes, así como para bibliotecas universitarias. En este contexto, destacan las actividades del Consejo Internacional de Estudios Canadienses (CIEC), un organismo no lucrativo que cuenta con un Secretariado Permanente en Ottawa, la capital federal. Su creación se remonta a principios de los años 80 cuando tras una conferencia internacional sobre estudios canadienses los representantes de nueve regiones del mundo se reunieron el 1 de junio de 1981 en Halifax, Nueva Escocia, y crearon el citado Consejo. El organismo reagrupa 21 asociaciones nacionales y multinacionales de estudios canadienses y seis miembros asociados en 39 países que agrupan a aproximadamente 7.000 profesores de nivel universitario y colegial. El Consejo reúne a los “canadianistas” que publican sus trabajos sobre diversos aspectos de la sociedad canadiense. Asimismo, organizan seminarios, conferencias académicas y coloquios internacionales. Diversas universidades en el mundo cuentan con un Centro de Estudios sobre Canadá, particularmente en EEUU. Igualmente, existe una “Asociación Internacional de Estudios Quebequeses” cuya misión es la promoción y el desarrollo de los estudios quebequeses en Canadá y en el extranjero, que fue creada en 1997. Estas iniciativas se inscriben en el interés de los gobiernos de apoyar las actividades clásicas de la diplomacia cultural como son la cultura y la educación a través de la promoción de estudios sobre Canadá en las universidades extranjeras.

Las políticas de bilingüismo y multiculturalismo

La política del bilingüismo canadiense es singular. Uno de los desafíos a los que se enfrenta Canadá es lograr un equilibrio entre unidad y diversidad. Canadá es oficialmente un país bilingüe (inglés y francés). El bilingüismo es uno de los enfoques de la diversidad canadiense y una de las principales características de la sociedad canadiense desde los inicios de la Confederación, sin olvidar la importante presencia de las Primeras Naciones (pueblos autóctonos) que constituyen el tercer elemento que define a Canadá. En 1963, el primer ministro Lester B. Pearson, estableció la Royal Commission on Bilingualism and Biculturalism (Real Comisión sobre Bilingüismo y Biculturalismo) en la que se hacía énfasis en las dos lenguas y culturas: la inglesa y la francesa. Su mandato consistía en revisar el estado del bilingüismo y biculturalismo en Canadá con el fin de contar con recomendaciones que pudieran asegurar el reconocimiento de la dualidad canadiense.

Canadá es uno de los países más diversos cultural y étnicamente del mundo. Un elemento que ha contribuido a ello es el fenómeno de la migración internacional, que ha estado presente a lo largo de la historia canadiense. El enfoque canadiense de esta migración es el multiculturalismo. En 1971, el gobierno liberal de Trudeau anunció la Canadian Multiculturalism Act, que oficializó la política del multiculturalismo en un contexto bilingüe, política única en el mundo en ese momento. Los elementos esenciales de la política del multiculturalismo pueden resumirse a cuatro: (1) la supervivencia cultural de los grupos étnicos minoritarios sería asegurada a través de la financiación por el Estado de las actividades culturales (particularmente la danza y la música folclóricas); (2) terminar con las barreras culturales que impidan la plena participación de estos grupos en la sociedad canadiense; (3) la promoción del intercambio cultural; y (4) la enseñanza para los migrantes en las lenguas oficiales.

La política del multiculturalismo en Canadá ha evolucionado durante los 37 años de su establecimiento. Así, frente a la política del multiculturalismo canadiense, el modelo propuesto por Quebec es el del interculturalismo, consistente en una forma de pluralismo que no se limita a las comunidades nacionales o a las comunidades etnoculturales. El interculturalismo puede ser aplicado también a las comunidades culturales donde los estilos de vida y las concepciones del mundo son manifestados a través de movimientos sociales. En este sentido, las comunidades culturales se entrecruzan en lugar de simplemente yuxtaponerse.

El caso de Quebec

La naturaleza del federalismo canadiense ha orientado y determinado gran parte las políticas culturales de Canadá. La impulsión de contar con una política cultural canadiense se inscribe en la lógica de reacción a las iniciativas de la provincia de Quebec en los años 60, iniciativas que después fueron seguidas por el resto de las provincias canadienses con el apoyo del gobierno federal. La actividad internacional de Quebec se debe a las diversas transformaciones socio–políticas que caracterizaron el período conocido como The Quiet Revolution (Revolución Tranquila), que consistió en una serie de reformas que conducirían a la modernización de Quebec. El activismo internacional de la provincia es denominado “paradiplomacia”, que caracteriza a las actividades internacionales de entidades subnacionales como Flandes, Cataluña y otras regiones de la UE.

Este activismo se inició a mediados de los años 60 y tuvo como sustento un discurso de Paul Gérin–Lajoie, ministro de Educación de la provincia, frente al cuerpo consular de Montreal, en abril de 1965. En esa ocasión expuso de manera oficial la posición quebequesa que se conocería posteriormente como la “Doctrina Gérin–Lajoie o del prolongamiento externo de las competencias internas". Dicha doctrina aspiraba a la conclusión de tratados por el gobierno quebequés en el ámbito de su competencia y a la participación en ciertas actividades de los organismos internacionales de carácter no político.

Fue gracias a la educación y a la cultura que Quebec firmó sus primeros acuerdos internacionales. El primero, en materia educativa, fue firmado el 27 de febrero de 1965; el segundo, en materia cultural, en noviembre de 1965. El gobierno canadiense había previsto la situación y había firmado una semana antes del acuerdo franco–quebequés, un acuerdo marco que englobaría todo acuerdo cultural entre Francia y las provincias canadienses. En dicho contexto, la tensión entre Ottawa y Quebec fue evidente. El debate consistía en determinar quien tenía derecho a firmar los tratados internacionales. Por un lado, Quebec, que pretendía tener el derecho de firmarlos en los ámbitos de su competencia, y por otro, Ottawa, que insistía en el hecho de que únicamente el gobierno federal era reconocido como el poseedor de la soberanía y personalidad internacionales.

En virtud de la dinámica Canadá–Quebec, la tensión entre el gobierno federal y el gobierno provincial ha estado en diversas ocasiones al centro de la política quebequesa. La estrategia de diplomacia cultural del gobierno de Quebec reside en la promoción y la difusión de la cultura quebequesa y la lengua francesa en el extranjero. De hecho, la promoción de la lengua francesa y la cultura quebequesa al exterior en el marco de la Organización Internacional de la Francofonía (OIF, una organización de cooperación que reagrupa a los países francófonos y que en la actualidad cuenta con 55 Estados y gobiernos miembros y 13 observadores) es considerada la piedra angular en la defensa de sus intereses particulares. La voluntad quebequesa de forjarse un lugar en el seno de las redes francófonas multilaterales ha suscitado tensiones significativas. Uno de los incidentes que ilustran claramente la situación se dio cuando en 1968 con la ayuda del gobierno francés, Quebec recibió la invitación del gobierno de Gabón para participar en una conferencia internacional sobre educación. En reacción a esa invitación, el gobierno federal procedió con la suspensión de relaciones diplomáticas con el gobierno de Gabón. En las conferencias subsecuentes, el gobierno de Canadá se aseguró de que Quebec contara con un lugar en el seno de la delegación canadiense y asimismo invitó a otras provincias canadienses como Ontario, Nueva Brunswick y Manitoba, que cuentan con población francófona. En ese contexto, Quebec logró el estatus de gobierno participante en la Agencia de Cooperación Cultural y Técnica, antecedente de la actual OIF. Diversos analistas consideran que esta estrategia buscaba ser un contrapeso a la presencia de Quebec en las conferencias internacionales y con ello diluir las reclamaciones quebequesas de representación del French Fact en Canadá.

A pesar de que ha existido en diversos momentos tensión entre Ottawa y Quebec, también ha existido cooperación entre los dos niveles de gobierno en algunos dossiers importantes como la Convención sobre la protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales de la UNESCO, de la que Canadá fue el principal promotor a nivel internacional, así como el primer país en ratificarla, y en la que Quebec desempeñó un papel de primera importancia, con lo que se refrendó el interés del gobierno quebequés de ejercer acciones que le permitan lograr visibilidad internacional. La riqueza de las expresiones culturales y artísticas de Quebec, sus relaciones privilegiadas con Francia, así como el interés de la provincia en reafirmar su personalidad internacional y su carácter distinto le permiten ocupar un lugar privilegiado en materia de activismo cultural internacional.

Conclusiones: Los orígenes de la diplomacia cultural de Canadá se remontan a los años 50, cuando el gobierno tomó conciencia de la importancia de la cultura y estableció una serie de iniciativas que sentaron las bases de la infraestructura cultural canadiense a través de la creación de instituciones dedicadas a la cultura. Sin embargo, de manera formal esta diplomacia cultural despegó a partir de mediados de los años 60, cuando se firmaron los primeros acuerdos bilaterales en materia cultural. Canadá logró una cierta reputación internacional a través de la imagen de un país de fuerte vocación pacifista promovida por el primer ministro Lester B. Pearson (Premio Nobel de la Paz en 1957), reconocido por su contribución a la creación de los cascos azules. La reputación internacional de Canadá se debía en gran parte a su multilateralismo e internacionalismo, así como a su vocación de ayuda y cooperación para el desarrollo. El gobierno canadiense ha promovido en reiteradas ocasiones la noción de identidad pancanadiense, que en términos generales hace referencia a la promoción de valores de carácter universal.

Para Canadá, la cultura es el instrumento idóneo de política exterior para lograr una mayor cooperación y entendimiento internacionales. Las iniciativas culturales, la infraestructura cultural, la promoción de las industrias culturales y la activa participación de Canadá en torno a la negociación de la Convención sobre la diversidad cultural, nos dan muestra del compromiso internacional con los temas culturales y reitera, sobre todo, que la proyección de una imagen positiva del país está basada en una estrategia exitosa de diplomacia cultural que le ha permitido mantener y difundir la imagen de un país abierto y tolerante, comprometido con los grandes retos del siglo XXI.

Fabiola Rodríguez Barba

Ex jefa del Departamento de Política Interna de Canadá en la Dirección General para América del Norte de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México y actualmente candidata a doctora en Ciencia Política por la Universidad de Quebec en Montreal, Canadá