Israel y los palestinos (2)

Israel y los palestinos (2)
LV, 22-X-2004.

Los primeros sionistas trataron de convencerse de que -comoafirmó uno de sus líderes- Palestina era "una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra". Cuando cayeron en la cuenta de que no era cierto, intentaron adquirir tierras y articular una estructura económica enteramente independiente de los palestinos. Al principio eran pocos, pero al verse perseguidos y expulsados de Europa, aumentaron en número. Al término de la Segunda Guerra Mundial, habían alcanzado lo que los físicos denominan una masa crítica,de modo que se hallaban en condiciones de crear su Estado, Israel, al cese del mandato británico en 1948.

Los palestinos reaccionaron con parsimonia ante los acontecimientos. Escindidos en comunidades separadas de cristianos y musulmanes -y en comparación con los judíos procedentes de Europa-, los palestinos constituían una población desestructurada y atrasada. Hasta los años sesenta -al igual que los argelinos, vietnamitas y los propios sionistas- no empezaron a adoptar tácticas guerrilleras y terroristas, las armas de los pobres.

Los israelíes, a su vez, también se hallaban divididos. Sus fuerzas de seguridad atacaban con toda energía cualquier objetivo que hallaban a su paso, en tanto que los colonos se adentraban en tierras árabes previamente expropiadas. En todo caso, una parte de la población permaneció fiel a los principios originarios del sionismo por considerar que de este modo podrían llevar las ventajas de la civilización a los nativos. Nativos que, a fin de cuentas, acabarían por valorar y estimar a Israel. Creyendo tal vez que no tendrían que convivir estrechamente, los pacifistas consideraban que palestinos e israelíes podrían mantener relaciones recíprocas de mutuo respeto y autonomía desde sus comunidades respectivas.

Bajo el liderazgo de Shimon Peres y Yitzak Rabin, el partido laborista israelí trató de alcanzar un acuerdo negociado con los palestinos. Como suele ocurrir, estas personalidades moderadas quedaron atrapadas entre dos extremos: por una parte, los palestinos, sintiéndose humillados (untermenschen),privados de derechos, maltratados y estafados, expoliados de sus tierras, obligados a pagar el precio del antisemitismo occidental en el que no tenían arte ni parte, siguieron resistiendo. Por otra parte, la crecientemente activista ala derechista radical del sionismo perpetró ataques terroristas contra los palestinos. Apremió al gobierno a adoptar una postura más militante, imprecando a los judíos moderados y tachándolos de pacifistas e incluso de traidores. El general Rabin, indudablemente uno de los héroes del sionismo, fue asesinado por terroristas judíos y, tras un breve intervalo bajo el mandato de su colega del partido laborista Shimon Peres, el Likud -partido de la derecha radical- accedió al poder.

En 1996, para ayudar al entrante primer ministro del Likud, Beniamin Netanyahu, un grupo de norteamericanos trazó las líneas principales de una nueva estrategia en relación con Israel. Sus tres autores principales, que al poco tiempo se convertirían en figuras prominentes de la Administración Bush, pertenecían al grupo que se dio en llamar los neoconservadores: Richard Perle, Douglas Feith y David Wurmser. Titularon su propuesta A clean break estaba muerto. Los palestinos exigían lo que Israel nunca podría devolver: su tierra. En consecuencia, la única política sensata en el caso de Israel era la guerra. Israel debía librar la guerra no sólo a cada ocasión que los palestinos se opusieran, sino que también debía eliminar a aquellos regímenes árabes que llegaran a dar la más mínima esperanza a los palestinos de que, en definitiva, un día podrían vencer.

Una vez descartado Egipto por haber reconocido a Israel y a Jordania, que por su exiguo tamaño y debilidad no podía constituir una amenaza para Israel, los neoconservadores norteamericanos defensores de Israel identificaron dos objetivos: Siria e Iraq. Israel debería, según su criterio, atacar preventivamente a fin de debilitar el Gobierno de Siria y derribar el régimen de Saddam Hussein.

Y tal fue, en líneas generales, la clase de política que aplicó Ariel Sharon al suceder a su colega del partido Likud, Beniamin Netanyahu, como primer ministro en el 2001. Sharon ya había seguido de hecho esta política anteriormente. Como responsable del comité ministerial de asentamientos en 1981, promovió el traslado de israelíes a Cisjordania y Gaza. A continuación, como ministro de Defensa, organizó y lanzó la invasión israelí de Líbano en 1982.

Dada su participación en las matanzas de palestinos en dos campamentos de refugiados cerca de Beirut, una comisión israelí de investigación le declaró indirectamente responsable de los hechos y fue obligado a dimitir. De vuelta al gobierno de Netanyahu, accedió al cargo de primer ministro en el 2001.

Como primer ministro, Ariel Sharon ha desarrollado una política agresiva y violenta contra los palestinos -tres cuartas partes de ellos viven actualmente en la pobreza-, confiscado tierras, destruido casas y edificios, ordenado operaciones de persecución y exterminio, asesinando en el curso de estas acciones a líderes de la oposición y recibiendo por todo ello la condena del movimiento de paz israelí Gush Shalom. Sin embargo, armado y financiado por Estados Unidos, ha seguido la línea dura recomendada por los neoconservadores. La última semana de septiembre de este año, por ejemplo, las fuerzas de seguridad israelíes dinamitaron las casas de 31 familias palestinas en la localidad de Khan Younis, ejecutaron operaciones de persecución y exterminio en Jenín y Jebaliah en las que resultaron heridas como mínimo 200 personas con un balance de al menos 50 palestinos muertos. Los agentes de Israel asesinaron asimismo a un líder de Hamas en Damasco con un coche bomba.

El nexo de estas políticas con Iraq no reside sólo en el hecho de que el Gobierno israelí, muy inf luyente a través de los neoconservadores en el Departamento de Defensa, la vicepresidencia y la Casa Blanca estadounidenses, apremió a la invasión norteamericana de Iraq en el 2003 y presiona a favor de un compromiso permanente y a gran escala en Iraq, sino en que ha estado adiestrando tropas norteamericanas en las tácticas que empleó para atacar a los palestinos.

Dado que estas tácticas no han aportado paz ni seguridad ni a los territorios ocupados por Israel en Palestina o a los territorios ocupados por Estados Unidos en Iraq, los gobiernos israelí y norteamericano se enfrentan a dos decisiones posibles: la retirada o la escalada de las operaciones. Los partidarios de la paz quieren retirarse o, al menos, como el movimiento de paz israelí Gush Shalom ha recomendado, negociar; resaltan que "ningún gobierno del mundo ha ganado hasta ahora una guerra de guerrilas como ésta". Por el contrario, los partidarios de la escalada siguen los pasos y puntos de vista de neoconservadores como el antiguo director de la CIA James Woolsey, quien aboga por una guerra prácticamente sin fin. Como ha dicho Woolsey: "Creo que esta cuarta guerra mundial durará mucho más de lo que la Primera y la Segunda Guerra Mundial duraron en nuestro caso. Y confiemos en que no alcance la duración de los cuatro decenios y pico de la guerra fría".

Objetivo preferente de esta política es el vecino de Israel, Siria. Como de un modo un tanto tosco ha calificado esta política una de las figuras clave de los neoconservadores, Michael Leden, "aproximadamente cada diez años Estados Unidos se ve en la necesidad de elegir a un hediondo e insignificante país para acto seguido estamparlo contra la pared, sólo para demostrar al mundo que no bromeamos". Siria es este hediondo e insignificante país al que más les encanta odiar a los neoconservadores. Y Siria es para ellos un factor de importancia, dado que el Gobierno israelí teme que será incapaz de imponer sus condiciones a los palestinos mientras Siria siga ostentando la condición de potencia árabe importante. En consecuencia, tal como lo ven Sharon y los suyos, con Iraq ahora sometido Siria debería ser el país siguiente en la lista.