Conectar los ´puntos´en el mapa (y 6)

Conectar los 'puntos'en el mapa (y 6)
Estados Unidos no puede ser el policía del mundo
LV, 26-X-2004.

Pueden trazarse, como apunté en el primer artículo de esta serie, las líneas principales de un cierto esquema susceptible de interrelacionar acontecimientos tan distantes entre sí como los que tienen lugar en Siria, Irán y Corea del Norte? ¿Hay otros puntos en el mapa en Latinoamérica, Asia Central, la cuenca del Pacífico y África que representen una amenaza para la paz mundial? ¿Qué lleva a cabo -o proyecta llevar a cabo- la Administración Bush en estos puntos dispersos del planeta? ¿Qué otras alternativas existen? Son preguntas que me planteo al finalizar esta serie de artículos.

Como hemos podido comprobar, Estados Unidos se halla profundamente empantanado en las arenas movedizas de Iraq. Dos tercios de sus tropas de combate se hallan comprometidas allí en una guerra que destacadas figuras de las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia consideran que no se puede ganar. En realidad, la noción de ganar carece en este caso de todo sentido. Sin embargo, la guerra prosigue a un coste terrible en términos de sufrimiento y muertes de iraquíes, a las que hay que sumar la pérdida de más de un millar de soldados norteamericanos y más de 10.000 gravemente heridos; en términos económicos, más de 100.000 millones de dólares de las arcas estadounidenses dilapidados.

Israel se ha visto complicado asimismo en una guerra análoga a lo largo de 40 años. En este caso el número de víctimas es inferior, pero el impacto sobre la parte palestina ha sido aún más letal y devastador. Aproximadamente un 75% de la población palestina vive en la pobreza. La mayor parte de las infraestructuras palestinas ha sido destruida. Y, a diferencia del proceder de los norteamericanos en Iraq, los israelíes se apoderan de tierras de la población autóctona, tierras con las que pretenden quedarse. El principal colaborador del primer ministro israelí, Ariel Sharon, Dov Weisglass, ha reconocido recientemente que Israel intenta además bloquear la formación de un Estado palestino. Según ha declarado, el plan de retirada de Gaza tiene la ventaja de "proporcionar la cantidad de formol suficiente como para que no haya que esforzarse siquiera en una negociación política con los palestinos (...), todo ello con la anuencia de la autoridad y la aprobación correspondiente, la bendición presidencial y la ratificación de ambas cámaras del Congreso estadounidense" (1).

Israel pregona con orgullo su condición de socio y aliado de Estados Unidos en Oriente Medio. Como publicó The Washington Post el año pasado, "por primera vez la Administración estadounidense y el Gobierno del Likud en Israel persiguen políticas casi idénticas" (2). La derecha israelí, naturalmente, se regocija mientras los árabes contemplan encolerizados la inf lexión de la política norteamericana. A los neoconservadores norteamericanos (por razones estratégicas) y los cristianos fundamentalistas norteamericanos (dada su interpretación de las profecías bíblicas) no se les da un ardite lo que opinen los árabes. Sin embargo, la cuestión reviste indudable importancia, habida cuenta la inexcusable garantía de un nivel mínimo de seguridad a que todos -incluidos los israelíes- aspiramos. En consecuencia, es legítimo preguntarse: ¿Qué piensan los árabes de todo ello?

La respuesta es compleja: todo Oriente Medio estima que Israel es una avanzadilla colonial occidental, pues lo que empezó comol a huida judía de un nefando antisemitismo en suelo europeo se ha convertido en una guerra brutal de eliminación del pueblo palestino. Los árabes están convencidos del nexo entre lo que los israelíes están haciendo en la Palestina ocupada y lo que los norteamericanos están haciendo en Iraq. No es del todo exacto, dado que los norteamericanos han afirmado cuando menos que saldrán de este país, en tanto que los israelíes evidentemente no pueden marcharse. Sin embargo, se aprecian ciertos rasgos comunes.

Israel adiestra tropas norteamericanas en Iraq en técnicas que ha desarrollado para luchar contra los palestinos. Resulta paradójico, porque las fuerzas israelíes no han logrado vencer -no en mayor medida que las tropas norteamericanas en Iraq- la rebelión autóctona; sin embargo, la colaboración norteamericana-israelí y el empleo de las mismas tácticas han ayudado a reforzar el convencimiento árabe de que Palestina e Iraq forman parte de la misma lucha. Israelíes y norteamericanos coinciden en sus puntos de vista; lo que sucede es que definen la lucha como una lucha contra el terrorismo. Ambas partes están en lo cierto: palestinos e iraquíes combaten por su autodeterminación y emplean tácticas terroristas. Iraquíes y palestinos, que carecen de armamento o fuerzas armadas dotadas de alta tecnología, emplean las armas de los débiles, una de las cuales es el terrorismo. Nosotros, extranjeros, consideramos comúnmente que los terroristas suicidas son locos fanáticos. A ojos de los iraquíes y los palestinos, son combatientes por la libertad forzados a la desesperación que se convierten en mártires al no disponer de otra arma que sus propios cuerpos.

Permítanme detenerme por un instante en dos aspectos de esta cuestión: los atentados suicidas y el daño causado a civiles inocentes.

En primer lugar, los atentados suicidas: aun cuando en este momento nos referimos fundamentalmente al islam, el martirio no es privativo de él. Los kamikazes japoneses eran algo similar. Y en su día hasta las tripulaciones de la fuerza aérea estadounidense (American Strategic Air Command, SAC) sabían que, en caso de recibir la orden de ataque contra la Unión Soviética, la suya sería una misión suicida. La guerra implica, precisamente, ponerse en peligro. Honramos, naturalmente, a quienes se autosacrifican por una causa o por sus camaradas concediéndoles distinciones como por ejemplo la medalla del honor del Congreso o la Cruz Victoria. No es menester recurrir a un alarde de imaginación o a un estereotipo racial o religioso para comprender que, en condiciones de enorme tensión, determinadas personas efectuarán misiones suicidas.

En segundo lugar, el daño producido a civiles inocentes: es el rostro más ingrato de la guerra y suele ser una acción deliberada. Durante la guerra de Argelia, cuando un líder guerrillero era capturado por los franceses y éstos le preguntaban cómo podía justificar que sus hombres hicieran saltar por los aires una parada de autobús matando a personas inocentes, contestaba que si hubiera dispuesto de algunos aviones lo habría hecho desde el aire, igual que los franceses bombardeaban aldeas matando a miles de civiles inocentes, y que, como carecía de fuerza aérea, combatía con los únicos medios a su alcance, en este caso un puñado de individuos.

Terroristas / combatientes por la libertad irlandeses, judíos, vietnamitas, tamiles, chechenos, vascos y otros hicieron lo propio, haciendo estallar hoteles (3), cines, clubs nocturnos, edificios de viviendas. Nos cuesta adentrarnos en el núcleo de esta mentalidad para conocer sus vericuetos. No nos parece lo mismo un piloto echando bombas desde su avión que alguien tirando una bomba con la mano. El terrorista posee una connotación mucho más personal -y por tanto más monstruosa-, pero la cruda realidad es que el piloto mata a mucha más gente.

Los combates entre norteamericanos e iraquíes y entre palestinos e israelíes constituyen los aspectos más dramáticos de los peligros que acechan en Oriente Medio.Ala manera de cánceres, diseminan una metástasis por toda la región. Otros árabes, tanto musulmanes como cristianos, iraníes y otros se han visto arrastrados a estos conflictos. Es comprensible que Israel se sienta amenazado. Al propio tiempo, otros se sienten amenazados por él. Israel, en tanto que país moderno y tecnológicamente avanzado, apoyado por Estados Unidos, no sólo posee las fuerzas armadas más potentes de Oriente Medio -se cuentan de hecho entre las más poderosas del mundo- y asimismo uno de los servicios de inteligencia más competentes, sino que cuenta con un notable arsenal de armas químicas, biológicas y nucleares; armas, en efecto, de destrucción masiva. Pero este poder no le ha aportado paz o seguridad. Se halla permanentemente enzarzado en enfrentamientos y combates con los palestinos y de vez en cuando -llevado de la frustración y la cólera- se revuelve contra sus vecinos. Actualmente observa alarmado la posibilidad de que cualquier Estado de Oriente Medio, y en particular Irán, pueda seguir su ejemplo y quiera dotarse de armamento nuclear.Afin de impedirlo, el Gobierno de Sharon ha hecho causa común con los neoconservadores norteamericanos a la hora de amenazar con atacar a Irán y hacer caer su Gobierno.

Entre tanto, el Gobierno iraní parece haber aprendido una lección de la invasión norteamericana de Iraq y del punto muerto de la cuestión de Corea del Norte: la lección es que, aun si por una parte la carencia de armas nucleares no salvó a Saddam Hussein, no es menos cierto que su posesión probablemente le habría salvado de la invasión y está salvando ahora a Kim Jong Il. Por tanto, en la búsqueda de su seguridad,Irán parece resuelto a hacerse con ellas. Como la antigua Unión Soviética, China, India, Pakistán e Israel, Irán parece haber llegado a la conclusión de que sólo la posesión del arma decisiva puede protegerle. Sin embargo, tanto el Gobierno de Sharon como la Administración Bush consideran potencial ofensivo lo que Irán considera, en realidad, su posible arma defensiva.

La Administración Bush y el Gobierno de Sharon, apremiados desde hace tiempo por los estrategas neoconservadores norteamericanos, parecen decididos a impedir que Irán se convierta en un país nuclearizado provocando un cambio de régimen en su territorio.Tal conclusión emana no sólo de sus belicosas declaraciones, sino también del reciente anuncio de suministro a Israel de como mínimo 500 bombas antibúnker de una tonelada cada una, así como cazabombarderos de largo alcance F-16I, cuyo único objetivo identificado es Irán.

Una segunda lección se deriva de los intentos iraquí y norcoreano de hacerse con armamento nuclear. Enseña que, en el curso del intento de comprarlo o fabricarlo, los gobiernos interesados corren elevados riesgos, pues sus rivales regionales tratarán clandestina o abiertamente de neutralizarles (como Israel en el caso de Iraq) o incluso de invadirles (como Estados Unidos en Iraq). No obstante, una vez se han hecho efectivamente con armamento nuclear, los demás estados se acomodarán a la nueva realidad. Y ello es así porque una vez que un Estado posee armas nucleares, atacarlo comporta sencillamente un coste excesivamente elevado. Tal parece ser la lección del caso de Corea del Norte. Una Corea del Norte armada nuclearmente puede todavía ser objeto de espionaje, amenazas de ataque y sanciones, pero es improbable que sea invadida como lo ha sido el Estado no nuclearizado de Iraq.

Siria encaja en este esquema porque los neoconservadores norteamericanos y el partido Likud de Israel identifican a Siria e Irán -acertadamente en este sentido- con la resistencia palestina. Siria da cobijo a los palestinos opuestos a Israel, en tanto que Irán apoya a sus homólogos militantes chiíes en Líbano. El Gobierno del Likud considera el papel de ambos países y de sus partidarios una importante razón que explica por qué, pese a años de penosos enfrentamientos y conflictos, los palestinos aún siguen combatiendo.

Si Israel ataca a Irán o, como los neoconservadores han apremiado, a Siria, es probable que Estados Unidos se vea mezclado en el conflicto. Actualmente ya suministra armamento y adiestramiento para su uso. Para alcanzar Irán, los aviones israelíes proporcionados por Estados Unidos habrán de sobrevolar el Iraq ocupado por fuerzas estadounidenses; los problemas logísticos requerirán casi con seguridad el apoyo norteamericano y, en el fondo, los principales estrategas de la Administración Bush, los conservadores, quieren verse involucrados.

Aparte de las cuestiones políticas y morales en juego con relación a Irán y/o otros países, las fuerzas norteamericanas se enfrentan a una grave problema, los recursos humanos. Se hallan al límite de sus posibilidades en Iraq, Afganistán y Corea del Sur. Si se le añade la presencia de reducidas dotaciones en África occidental y frente a la costa oriental africana, Asia Central, Filipinas, el Caribe y Latinoamérica -actualmente hay fuerzas norteamericanas en activo en medio mundo-, la escasez de tropa es realmente acuciante. En caso de que los actuales contingentes norteamericanos no pudieran afrontar nuevos conf lictos u hostilidades en Oriente Medio u otros lugares, ¿qué debería hacer Estados Unidos en tales circunstancias?

La primera alternativa consiste en incrementar el poderío militar: las primas para fomentar el reclutamiento de efectivos han ascendido a cantidades que oscilan entre diez mil y quince mil dólares. Voluntarios, escasos. Es altamente probable que las tropas de la Guardia Nacional no puedan seguir incorporadas durante mucho más tiempo sin que se asista a una airada reacción contra la Administración. Muchos soldados de la Ready Reserve se acercan al momento del retiro, de modo que este capítulo es una fuente menguante de recursos humanos. La alternativa restante es llamar a filas a un gran número de jóvenes norteamericanos, hombres y mujeres.

Esta llamada a filas sería muy impopular en Estados Unidos y el presidente Bush ha afirmado que no dará una orden en este sentido; no obstante, dos propuestas legales -relativas al reclutamiento de jóvenes comprendidos entre 18 y 26 años- aguardan su aprobación en el Congreso. Las oficinas de reclutamiento ya han sido advertidas al respecto. A fin de impedir que los previstos reclutas puedan huir a Canadá -como hicieron algunos durante la guerra de Vietnam- se halla en curso de negociación un nuevo acuerdo fronterizo con Canadá.

La alternativa consiste en intentar crear una fuerza iraquí para combatir en el mismo país. Pero, como ha dicho Jeffrey Record, especialista en asuntos estratégicos del Air War College, "la idea de que podremos contar con fuerzas iraquíes adiestradas para derrotar a un enemigo que nosotros no podemos derrotar es tener mucha imaginación" (4).

La alternativa en Vietnam fue incrementar el poderío militar y, bajo la inf luencia de los neoconservadores, el presidente Bush ha abrazado esta idea: "Estados Unidos -afirmó en octubre del 2003- persigue ahora una nueva estrategia. No esperaremos nuevos ataques. Golpearemos a nuestros enemigos antes de que vuelvan a atacarnos".

Los neoconservadores han adoptado la noción de la guerra permanente como factor clave de la política ideal de Estados Unidos. Su punto de vista dice que por la amenaza que representa y la destrucción real que implica, los adversarios extranjeros se verán intimidados o destruidos, en tanto que los internos perderán pie, arrastrados por la corriente de los acontecimientos y silenciados por los imperativos del patriotismo (5). La guerra, en este sentido, sería susceptible de aportarles lo que Trotsky juzgó que la revolución aportaría al comunismo: una fuerza irresistible. La consecuencia, por el contrario, consistió en convertir el sistema comunista en una tiranía.

Además de ocasionar una pérdida de libertad, la guerra corrompe y deshumaniza a los vencedores. Lo constatamos en Vietnam y lo constatamos ahora en Iraq e Israel. En pos de la victoria, el partido en el poder se vale de prácticas que habitualmente detesta, lo cual no es ninguna novedad. Cuando aún se hallaba en vigor la ley de Libertad de Información se difundieron documentos del Pentágono que mostraban que las fuerzas armadas estadounidenses habían entrenado a oficiales latinoamericanos durante la Administración Reagan y la primera Administración Bush en técnicas de chantaje y extorsión, tortura y ejecuciones ilegales. Un sector de los miles de graduados de tales cursos participó en golpes, operaciones de escuadrones de la muerte y narcotráfico (6). La participación en tales actos, en último extremo, mancilla a todo el género humano. Un escrito francés aludió a la guerra sucia en Argelia como el cáncer de la democracia. Un cáncer que estuvo a punto de destruir a la sociedad francesa.

Aun cuando la guerra no convencional emplee escasas tropas, puede destruir la imagen de Estados Unidos en todo el mundo -su poder de persuasión en oposición al mero uso de la fuerza- y, en definitiva, dañar la preciada libertad estadounidense.

¿Qué rumbo cabe adoptar a fin de lograr un mundo más pacífico si no se opta por crear ejércitos mayores y más poderosos o lanzarse a la guerra sucia? Creo que cabría concebir una carta -un verdadero triunfo- susceptible de incluir los objetivos políticos que detallo a continuación. Primero: un desarme nuclear regional tanto en Oriente Medio como en la cuenca del Pacífico. Segundo: la creación de un Estado palestino, sin el cual es imposible concebir la paz. Tercero: la salida de Iraq promoviendo al propio tiempo un sólido papel de las Naciones Unidas. Cuarto: la satisfacción de las aspiraciones de la población de modo que determinadas sociedades dejen de apoyar e incluso restrinjan las actividades de los terroristas que actúan en su seno, como así ha sido en numerosos casos en todo el mundo. Quinto: mantener al propio tiempo -naturalmente- unas sensatas medidas protectoras frente a la acción de los fanáticos, teniendo en cuenta que tales medidas -de aplicarse enérgicamente- serían paulatinamente menos omnipresentes o invasivas.

Estados Unidos no puede ser el policía del mundo y el mundo en el que debe vivir es un mundo plural. Estados Unidos se halló seguro -en términos generales- cuando admitió ambas realidades, y arrostró riesgos cuando no lo hizo.No hay soluciones inmediatas, pero sí que puede afirmarse que la única luz al final del túnel es, en expresión de Thomas Jefferson, "una actitud de digno respeto y consideración a las opiniones y juicios de la humanidad".