El avispero iraquí: resolver el acertijo (1)

El avispero iraquí: Resolver el acertijo (1)
LV, 21-X-2004.

Uno de los acertijos más populares y de solución más enrevesada consta de una simple hoja de papel en la que aparecen varios puntos dispuestos -aparentemente- al azar. El truco consiste en conectar los puntos para establecer vínculos lógicos o formar una imagen. Los padres suelen emplear estos acertijos o rompecabezas para entretener a sus hijos; sin embargo, la tarea de conectar los puntos puede proporcionarnos pistas -o ponernos sobre aviso- acerca de las líneas principales de peligro que afloran y se ciernen sobre el planeta. En esta serie de artículos pretendo pasar revista a los puntos principales del mapa estratégico desplegado ante nuestra vista, así como apuntar de qué manera podrían configurar un modelo susceptible de pesar en el futuro en nuestra existencia. Comienzo por Iraq.

La invasión anglo-norteamericana de Iraq se basó, como ahora sabemos, en una serie de afirmaciones que no eran verdad: Iraq no representaba un peligro creíble para el mundo occidental. Era un pequeño, aislado y frágil país, alejado de Europa y desde luego aún más distante de Estados Unidos. No poseía armas de destrucción masiva y carecía de medios para fabricar armamento nuclear. Era un régimen opuesto al fundamentalismo islámico, sin vínculos con el terrorismo internacional.

Iraq poseía indudablemente un gobierno brutal y no democrático, pero tal característica es común a numerosos países aliados de Estados Unidos y Gran Bretaña. Por otra parte, y aun cuando era gobernado por un régimen brutal y no democrático, Estados Unidos, Gran Bretaña y otros países habían mantenido estrechas relaciones -y de apoyo efectivo- con Saddam Hussein, ayudándole a comprar armas de destrucción masiva, proporcionándole ayuda económica, respaldo diplomático e incluso complejos servicios de inteligencia militar que le permitieron derrotar a Irán. Consecuentemente, la tiranía iraquí no constituía un motivo preferente de inquietud para las potencias occidentales.

No obstante, los gobiernos de Bush y de Blair juzgaron que sí era un problema para los iraquíes, de modo que saldrían a la calle con alborozo para recibir a las tropas que llegaban en calidad de fuerzas liberadoras. Algunos lo hicieron, pero la mayoría se mantuvo al margen. "Conmocionados y paralizados por el pavor", según expresión de los norteamericanos para aludir a los efectos causados por sus propios bombardeos intensivos, la gente al principio simplemente se quedaba estupefacta. A continuación el procónsul norteamericano Paul Bremer

III cometió el primero de una serie de errores: envió a casa el remanente de las fuerzas armadas iraquíes; los soldados se quedaron desprovistos de alimento, salario e indumentaria adecuada. Sin embargo, se les dejó en posesión de sus armas. De vuelta a casa, muchos encontraron a sus familias hambrientas, habitando en casas destrozadas por las bombas y sin medios de vida. Desesperados, muchos viraron a la delincuencia. Saquear se convirtió en una forma de ir de compras.

Luego, poseídos de la óptica del libre mercado, Bremer y su equipo promulgaron una serie de disposiciones por las que la economía iraquí abría de par en par sus puertas a la libre importación, denegaba la obtención de contratos a lo que quedaba de las empresas estatales iraquíes y creaba un marco de actuación en el que no podían competir los empresarios autóctonos. El resultado fue que alrededor de 7 de cada 10 iraquíes se quedaron sin empleo ni esperanza de lograrlo.

El descontento subió como la espuma.Un sondeo de opinión encargado por las autoridades de ocupación reveló que tan sólo un 2% de la población iraquí veía con buenos ojos la operación. No debería haber constituido una sorpresa en absoluto: no hay nadie en el mundo que acepte de grado verse gobernado por extranjeros. Lo peor estaba por llegar. Las tropas no suelen hacer buenas migas con la población civil y si hablan lenguas distintas, los malentendidos suelen verse seguidos de disparos. El miedo alimentó la violencia y lo que había empezado como descontento se transformó rápidamente en ira. En el lado iraquí, las bandas callejeras se convirtieron en movimientos nacionales armados. En el norteamericano, las tropas empezaron a emplear tácticas de vigilancia y control urbano que violaban las normas sociales, destruían propiedades y ocasionaban la muerte de miles de iraquíes. A lo largo del pasado mes de septiembre, los iraquíes han perpetrado 3.000 ataques y atentados contra los norteamericanos y los iraquíes que colaboran con ellos.

Además de las víctimas mortales y de los heridos, las fuerzas norteamericanas han detenido y encarcelado a unos 10.000 iraquíes, entre los que se cuentan mujeres y niños. La sociedad iraquí -y más recientemente la prensa internacional ha dado buena cuenta de ello- ha tenido ocasión de conocer ampliamente las precarias condiciones en que se encuentran, incomunicados sin cargos ni asistencia letrada, con frecuencia vejados o aun torturados, algunos hasta la muerte.

Pocas son las familias iraquíes en cuyo seno no haya algún pariente maltratado, encarcelado, herido o asesinado. Inmersos en esta espiral de rabia y miedo, los norteamericanos han intentado contentar las aspiraciones nacionalistas designando un gobierno iraquí.No ha funcionado. Los norteamericanos nombraron a un líder que tiene todos los visos de ser persona odiada y temida por los propios iraquíes. Aun si así no fuera, se le considera un títere de los norteamericanos y se sabe ahora que fue agente a sueldo de la CIA. Apenas puede salir del complejo norteamericano, altamente fortificado en el centro de Bagdad -la zona verde-salvo si lo hace escoltado por tropas norteamericanas o soldados mercenarios. Los miembros del Gobierno, sea cual fuere su rango, en realidad están sitiados. Suelen parangonarse los casos de Iraq y Vietnam, pero de hecho Iraq es un país mucho menos seguro de lo que lo fue Vietnam. La enorme área conocida con el nombre de Ciudad Sadr -donde vive aproximadamente uno de cada diez iraquíes- es zona de combate en la que únicamente se atreven a penetrar las fuerzas norteamericanas. Muchas otras ciudades escapan enteramente al control de las fuerzas norteamericanas y por supuesto del gobierno provisional iraquí.

La estrategia de respuesta norteamericana ha seguido una doble dirección: en primer lugar, ha empezado a recomponer las fuerzas armadas iraquíes, tarea susceptible de convertirse en el mayor paso en falso hasta la fecha. Cuando se dirige la mirada hacia atrás en la historia de Iraq, se constata que fueron siempre las fuerzas armadas las que sofocaron iniciativas tendentes a constituir un gobierno representativo; el equilibrio de poderes siempre fue quebradizo. Y el gobierno actual, por añadidura, ha debilitado aún más el poder judicial, los medios de comunicación y las instancias de poder locales. En este sentido, podría incluso aventurarse que unas renovadas fuerzas armadas iraquíes podrían ser la palanca apropiada para dar paso a un nuevo Saddam Hussein en un futuro no tan distante.

En segundo lugar, las fuerzas norteamericanas de ocupación han intensificado los ataques contra la disidencia. Extensas áreas del país se hallan bajo fuego de bombardeo, disparos de blindados y asaltos de los soldados de infantería. Efectivamente, los daños causados dan prácticamente testimonio de los efectos de conmoción y pavor propios de una invasión. Se dice que lo sucedido hasta ahora es sólo el preludio de lo que vendrá. Se han trazado planes de ataques a gran escala para finales de año contra casi todas las ciudades del país. En cuanto a las fuerzas armadas -como en el caso de Vietnam, ante una campaña que se encamina a la pérdida del combate en curso- la repuesta ha consistido en más de lo mismo, y mantenella y no enmendalla. El coste de esta manera de enfocar las cosas es la pregunta del millón.