Tadjikistan, la inviabilitat dels Estats centreasiātics

Más de 10.000 soldados y unos 20.000 estudiantes pasearon con orgullo el 11 de septiembre una bandera de más de dos kilómetros de largo. Tayikistán celebraba por todo lo alto sus 20 años de independencia. La reciente bonanza de la construcción en Dushambé, donde cuadrillas de chinos pavimentan sin descanso las calles, parece dar nuevos aires al orgullo patrio. Se abren infinitos parques, el presidente Emomali Rajmón inaugura rascacielos de negocios, e incluso el tanque soviético del monumento a la victoria parece más brillante que nunca.

Sin embargo, todo es un espejismo en medio del continente asiático. Tayikistán, un país de montañas y planicies mayoritariamente musulmán, podría ser la Suiza de Asia Central. Pero este país ha sido a lo largo de la historia un cruce de caminos, una frontera entre poderosos imperios. Eso, que le ha dejado una variada riqueza en cultura y tradiciones, no se ha traducido en riquezas económicas. La mayoría de los hombres en edad de trabajar viven fuera del país, y sus remesas resultan fundamentales para la vida diaria. Un tercio del PIB del país llega por esta vía. El resto, sobre todo, por la exportación de aluminio y algodón. Veinte años después de la independencia, Tayikistán sigue siendo, junto a su vecina Kirguistán, la más pobre de las ex repúblicas soviéticas.

Y es que la historia de Tayikistán puede ser un laberinto con tantos ángulos como la figura de su actual mapa geográfico. Los tayikos son de origen persa y, además de la lengua, comparten cultura y tradiciones con Afganistán, Irán y Pakistán desde tiempos de los samánidas, considerado el primer Estado tayiko.

En el siglo XIX, británicos y rusos establecieron la frontera con Afganistán sin preguntar a los tayikos que habitaban los valles del río Panj o las cumbres del Pamir. Y qué decir de Stalin cuando dibujó un laberinto en Asia Central con la sola intención de dividir. “Es típico que un país montañoso quede aprisionado entre vecinos enemistados, y que sufra las consecuencias. Las excepciones son contadas: Suiza, Andorra, San Marino. Desde un punto de vista geopolítico, toda la región de Asia Central es un callejón sin salida. Existen estados que no tienen salida al mar y que incluso limitan con otros que tampoco poseen costa”, explica al Magazine Andréi Grozin, que dirige el departamento de Asia Central en el Instituto de países de la CEI de Moscú. Tras la independencia, efectiva en diciembre de 1991, las dos principales ciudades tayikas, Samarkanda y Bujara, quedaron en territorio de la vecina Uzbekistán.

Años después del colapso soviético, Asia Central vuelve a ser una región estratégica para países más poderosos. El “gran juego”, como se llamó la lucha de británicos y rusos en el siglo XIX, se repite. En estas dos décadas, Turquía, Irán y China han intentado convertirse en el padrino de estas ex repúblicas soviéticas. Pero el verdadero gran hermano sigue siendo Rusia.

Irán, que sólo tiene lazos culturales con Tayikistán, fue el primer país que abrió embajada en Dushambé. Y durante la guerra civil (1992-1997) se alió con uno de los bandos en conflicto, mientras Rusia tiraba del otro lado. “Para muchos grupos sociales, su experiencia parece atractiva. Existe el sentimiento de que la sociedad centroasiática se ha construido de forma injusta: la élite se ha apartado del pueblo”, dice Grozin. Pero el régimen de los ayatolás, con sus normas religiosas y de conducta, es un obstáculo para que Irán sea el modelo que seguir.

El modelo que sí ha tenido éxito es el chino. Es cierto que sorprende ver a decenas de trabajadores chinos en las calles de Dushambé, pero puede sorprender más que la parte tayika lo acepte. Este modelo, influir en política a través de la economía, es el que ha adoptado Moscú en los últimos años.

Durante la presidencia de Borís Yeltsin, se pensaba que Asia Central siempre sería prorrusa. Pero en la última década, en cierto modo empujado por la entrada de Estados Unidos en Afganistán, Rusia intenta que sus empresas se impliquen en la región con grandes proyectos, como oleoductos, gasoductos o redes comerciales.

En Dushambé, el analista político Radjabi Mirzo opina que a Rusia le ha costado poco volver a coger el timón. “En los poderes de Asia Central están quienes tienen experiencia en trabajar sólo con el Kremlin. Si mañana hay un cambio en los grandes escalones del poder y aparecen nuevos personajes con otra mentalidad, las prioridades serán otras”, asegura en una entrevista.

Pero además de la economía y la política, el gran hermano ruso tiene otros intereses. Uno de sus objetivos en Tayikistán, por ejemplo, es volver a controlar las fronteras con Afganistán para poner coto al narcotráfico.

En la última cumbre anual de la Comunidad de Estados Independientes (CEI, ex repúblicas soviéticas), celebrada en Dushambé, se escenificó la estrategia rusa. El Gobierno tayiko busca el apoyo ruso para construir una red de centrales hidroeléctricas, CASA-1.000, que podría vender electricidad generada en Tayikistán y Kirguistán a Pakistán vía Afganistán. Pero para eso Tayikistán necesita finalizar la presa de Rogun, en el río Vajsh, a la que se opone Uzbekistán por temor a que perjudique a su industria del algodón.

“Para la participación rusa, las autoridades de Moscú necesitan la lealtad tayika en términos militares y de cooperación fronteriza”, explican los expertos. Rusia vigiló los 1.300 kilómetros de porosa frontera con Afganistán hasta el 2005 y quiere volver a hacerlo. Esta es una de las principales vías de entrada de la droga afgana hacia Rusia y Europa.

 La influencia rusa se ha completado recientemente con la propuesta del primer ministro ruso, Vladímir Putin, de crear en el futuro una
Unión Euroasiática con las ex repúblicas soviéticas. Grozin apunta que a países como Tayikistán y Kirguistán no les quedará más remedio que unirse al proyecto, para no quedar otra vez arrinconados por la historia.

Esas dos repúblicas son, como en el comunismo, las dos ex repúblicas soviéticas más pobres. Para Mirzo, además de los estragos de la guerra civil y la corrupción, el principal motivo de la pobreza en Tayikistán es la falta de valores democráticos, tanto en la sociedad como en el poder. Rajmón es presidente de Tayikistán desde 1994. “Una persona que representa a un grupo concreto dirige el país durante 20 años y nadie se pregunta por qué vivimos de forma tan paupérrima”, señala Mirzo.

El Banco Mundial estima que la mitad de este país de 7,5 millones de habitantes vive por debajo del umbral de la pobreza y que el salario medio no supera los 100 dólares mensuales. Más de la mitad de los hombres en edad de trabajar, según el Banco Mundial, se han tenido que ir del país en busca de empleo. Otras cuentas, elevan esa cifra al 70%. Aunque hace 20 años Dushambé se convirtiera en la capital de los tayikos, para la mayoría de esa mano de obra emigrante su capital sigue siendo Moscú.

“El sueldo medio en Tayikistán está entre 250-300 somonis, unos 20 o 30 dólares. Para una familia, ese dinero sólo da para una semana. El resto llega en forma de remesas”, explica Tohir Kalandárov, miembro de la intelligentsia tayika de Moscú e investigador del Instituto de Etnología y Antropología de la Academia de Ciencias de Rusia. “Por eso, cuando uno llega a Tayikistán, la sensación es de que todo está bien”. Más de un millón de tayikos viven en Rusia, especialmente en Moscú y su provincia. El 25% de los obreros de la construcción de Moscú son tayikos.

Janna Zayonchkóvskaya, que dirige el Instituto de las Migraciones de Moscú, asegura que este es un fenómeno que se retroalimenta. Rusia sufre desde hace años una intensa crisis demográfica y, salvo en el Cáucaso, en todas las regiones se necesita mano de obra. El millón de tayikos forma ya parte del fenómeno migratorio ruso. “Rusia necesita la emigración de las ex repúblicas soviéticas, sobre todo uzbekos y tayikos. Oficialmente, en Moscú hay entre 1,3 y 2 millones de inmigrantes. Pero creemos que hay además entre 4 y 5 millones irregulares”, dice Zayonchkóvskaya. .

Esta simbiosis migratoria está a punto de quebrar estos días por un conflicto diplomático entre los gobierno de Rusia y Tayikistán. Las autoridades rusas han iniciado una campaña contra los inmigrantes ilegales días después de que un tribunal de Dushambé encarcelase a dos pilotos, uno ruso y otro estonio.

La prensa local informó que se planea expulsar a 10.000 inmigrantes tayikos irregulares, aunque el Servicio de Emigración de Rusia lo ha negado. El máximo responsable sanitario del país, Gennadi Onischenko, ha pedido, incluso, que se paralicen los permisos de trabajo a ciudadanos tayikos debido a los muchos casos de sida y tuberculosis. “Persiguen al grupo más débil de los inmigrantes laborales, en lugar de defender a los ciudadanos rusos en el exterior”, se ha quejado la activista de los derechos humanos Svetlana Gánnushkina.

El presidente de Rusia, Dimitri Medvédev, ha asegurado que no se trata de una venganza, sino de una “casualidad en el tiempo”.

El ruso Vladímir Sodovnichi y el estonio Alexéi Rudenko fueron detenidos el 12 de marzo cuando hicieron una parada técnica en el aeropuerto de Dushambé. Trabajaban para la compañía Rolkan Invest­ments, contratada por el Gobierno afgano para llevar ayuda humanitaria desde Rusia. Acusados de contrabando y entrada ilegal en Tayikistán, el 8 de noviembre les condenaron a ocho años y medio de cárcel.

La emigración es un fenómeno relativamente nuevo para Tayikistán. “A los tayikos no les gustaba emigrar”, asegura tajante Bajshó Lashkarbékov, que dirige en la capital rusa una de las asociaciones de la diáspora tayika, NUR, conocida por sus actividades culturales. “Si tu propio país no te permite dar de comer a tu familia, el amor por la patria se seca”. NUR reúne en su mayoría a la emigración tayika procedente del Pamir.

Tras adquirir experiencia en la construcción, muchos tayikos de Moscú regresan a Dushambé, donde el boom de la construcción les ofrece una nueva oportunidad. No reciben ni la mitad de sueldo, pero la vida es más barata. Y, además, están en casa.

Allí oirán una historia que seguramente contarán a su manera en otras fronteras del mundo: cuando comenzó la guerra contra Hitler en 1941, una mujer tayika de Arajt (Afganistán) envió a su hijo a casa de su hermana en Jorog (Tayikistán) con regalos y comida. Pero los guardas fronterizos soviéticos le detuvieron. ¿Qué iban a hacer con él?, se preguntaron. Así que le pusieron un uniforme y le enviaron a la guerra. Estuvo en el frente cinco años, llegó a Berlín y regresó, y sólo entonces pudo llegar a casa de su tía. Pasó una semana con sus parientes, antes de regresar al hogar. Sin embargo, cuando quiso cruzar la frontera otra vez, los soldados afganos le detuvieron, le acusaron de ser un espía soviético y le condenaron a cuatro años de cárcel.

25-XI-11, G. Aragonés, lavanguardia