la ┤alianša┤ Pakistan-USA, en congelaciˇ

Helicópteros de la OTAN bombardearon dos puestos del ejército pakistaní junto a la frontera afgana, poco después de la medianoche de ayer, provocando la muerte de 28 soldados –dos de ellos, oficiales– y una docena de heridos. Como represalia, Pakistán bloqueó de inmediato el aprovisionamiento a las fuerzas de la OTAN/ISAF en Afganistán desde su territorio –obligando a un convoy de 40 camiones a regresar a Peshawar– y dio quince días de plazo a Estados Unidos para desalojar la base aérea de Shamzi, en Baluchistán, desde la que actúan los aviones no tripulados que hostigan a los talibanes en las zonas tribales pakistaníes. El presidente, el primer ministro y el jefe del ejército de Pakistán condenaron como "totalmente inaceptable" dicho "ataque a la soberanía pakistaní", y pidieron "una respuesta urgente". El confuso intercambio de disparos se inició con noche cerrada en el control fronterizo de Salala, un recodo montañoso del área tribal pastún de Mohmand. Un portavoz de las fuerzas multinacionales ISAF, el general Carsten Jacobson, intentó aclarar la carnicería, en la que habrían intervenido fuerzas afganas y de la OTAN: "En el desarrollo de una situación táctica se solicitó apoyo aéreo de proximidad y es altamente probable que eso provocara las bajas pakistaníes". Sin embargo, el ejército pakistaní calificó el ataque de "deliberado e indiscriminado". Su portavoz, el general Athar Abbas, reveló que el ataque se produjo "entre 200 y 300 metros dentro de territorio pakistaní" y rechazó que tropas de la OTAN estuvieran persiguiendo a guerrilleros: "La zona ha sido completamente limpiada y la OTAN tiene las coordenadas de todos nuestros puestos". En cualquier caso, parece que los hostigados soldados pakistaníes terminaron respondiendo con todo el fuego a su alcance, hasta que fueron doblegados. El propio general estadounidense al mando de la ISAF, John R. Allen, ha pedido disculpas y ha prometido una investigación "a fondo". Se da la circunstancia de que pocas horas antes del ataque, Allen se había reunido en Rawalpindi con el jefe del ejército de Pakistán, Ashfaq Parvez Kayani, para mejorar la cooperación fronteriza. La bienvenida a Allen no presagiaba nada bueno. Pakistán, al tiempo que concluía unos ejercicios militares de dos semanas con China, en pleno Punyab, había anunciado el día anterior que a partir del uno de enero doblaría los aranceles a los contenedores para los ejércitos extranjeros en Afganistán. La última vez que hubo un incidente fronterizo, con dos soldados pakistaníes muertos, hace un año, Pakistán ya respondió cerrando la frontera a los convoyes de la OTAN durante once días. Las fuerzas internacionales han aprendido la lección y aseguran que su dependencia de las líneas de aprovisionamiento pakistaníes, que llegó a ser del 80-90%, es ahora de apenas el 49%, lo que en contrapartida ha aumentado la dependencia de Rusia y sus aliados en Asia Central. Con este trágico incidente, las relaciones entre EE.UU. y Pakistán bajan un nuevo peldaño, en un descenso acelerado desde que los estadounidenses localizaron y eliminaron a Osama bin Laden en su refugio pakistaní de Abbottabad. Aquella intrusión, sonrojante para los militares, se cobró su última víctima hace apenas diez días con la defenestración del embajador de Pakistán en Washington, amigo personal del presidente Asif Ali Zardari. Su pecado, haber lanzado entonces un SOS a Washington advirtiendo que el general Kayani estaba a punto de dar un golpe de Estado. Cada vez son más los que en EE.UU. acusan directamente al establishment pakistaní de practicar un doble juego en el tablero afgano. El mes pasado, poco antes de abandonar su cargo al frente de la junta de jefes de estado mayor de EE.UU, el almirante Mike Mullen declaró ante una comisión del Senado que "la red de Haqqani actúa como un auténtico brazo del ISI, los servicios de inteligencia de Pakistán". Haqqani acababa de atentar contra la embajada de EE.UU. en Kabul. Y hace un mes, Hillary Clinton llamaba a Islamabad a "acabar con las guerrillas antinorteamericanas o arriesgarse a más acciones unilaterales de EE.UU". Lejos de eso, todo indica que la apuesta de Islamabad por una victoria talibán en Kabul no va a variar. Hay síntomas de que las negociaciones con los talibanes pakistaníes –para llegar a una tregua que permitiría a los rebeldes concentrarse en el flanco afgano– están muy avanzadas. La prueba es que los grandes atentados suicidas en Pakistán han cesado desde hace medio año. Por último, la estrella ascendente de la política pakistaní, el ex capitán de la selección de cricket Imran Khan, reiteraba ayer que "ha llegado el momento de abandonar la guerra de Estados Unidos". Eso sí, ni una palabra sobre el asalto terrorista a Bombay, impunemente patrocinado desde Pakistán y del que ayer se cumplían tres años. 27-XI-11, J.J. Baños, lavanguardia