el suicidi dŽen Xiao Dong

... el fill You tornarà al restaurant de l´eterna reforma i assumirà la seva condició de hereu arruïnat d´un home decent que dugué fins al suicidi la dignitat de dir-se Xiao Dong, que vol dir Petit Honor, i tenir per cognom Xhou, procedent de la petita província de Zhejiang, al sud de Xanghai, terra d´arròs i peix, tan discreta en habitants, segons la mida xinesa, que tot just en sumen más que a tota Espanya.

... la historia que les voy a contar es cruel como un cuento chino pero sucedió en Esplugues de Llobregat, a pocos kilómetros de Barcelona, una población con alcaldesa socialista y lugar de nacimiento de personajes señeros de nuestra cultura contemporánea, según la Wikipedia: Carme Chacón, Mercedes Milá y su hermano Lorenzo. En el número 6 de la calle dedicada a Clavé, el de los coros, por buena denominación Josep Anselm Clavé, se le ocurrió a un chino la idea temeraria de montar un restaurante.

Un restaurante chino, el Wok Han, en el número 6 de la calle Clavé, de Esplugues, donde los pisos salieron con hipotecas de burbuja, allá por los 500.000 euros, gentes de bien, respetuosas de la ley y el orden cuando coincide con sus intereses. Admitámoslo, quizá hubieran sido más benévolos con un japonés. La gente posmoderna adora los japoneses, siempre que sean restaurantes, porque producen vibraciones positivas. Te lo dan crudo y parece cocido, y no hablan ni sonríen, son gente trabajadora y escueta, y tienen un hálito a civilización antigua, que gusta mucho a los entrañables del zen con toques de Punset.

El chino que alquiló los bajos del número 6 de la calle Clavé de Esplugues quería hacer un restaurante clásico, es decir, buena cocina china en un espacio grande y un precio pequeño. A partir de 10 euros. Si hubiera sido un japonés del alto standing que prestigiara el edificio con toda probabilidad no hubiera habido demasiados problemas. “Oriol, maco, vine a casa; és molt senzill, vivim sobre aquell japonès tan bo del carrer Clavé”. Pero era un chino, y vaya usted a explicarle a la tieta del Oriol que no hay chef japonés que no se incline ante la cocina china, abuela de todas las cocinas del mundo hasta que llegaron los hijos de las porteras –pot-au-feu–, dignísimas ellas, y se hicieron gastrónomos.

No conozco a chino alguno en Catalunya, no estoy relacionado con ninguna institución autóctona que se dedique a la manufacturación del chino para hacerle creer que es un catalán más; cosa de la que se entera en el tanatorio de Sant Boi, de cuerpo presente, al hacerle la visita protocolaria, Àngel Colom, que ahora emplean en eso. No supe de la desazonadora historia de Xiao Dong Xhou hasta el sábado pasado que David Placer la contó en El Periódico, y me enteré de la primera concentración solidaria de chinos en Catalunya. Un hombre de 47 años, casado, dos hijos, que intentó montar un restaurante en Esplugues, calle Clavé, y tuvo una reacción tan negativa del vecindario que lo convirtió en un símbolo. Y para conciliar la cultura china, tan poco inclinada a la metafísica, ese símbolo se transformó en dos. Primero fue una historia humana, luego una tragedia coral.

La historia humana es común a Esplugues, Barcelona, Madrido o El Barco de Ávila. Un chino emprendedor –si un chino no fuera emprendedor, es decir, trabajador incansable, con toda probabilidad estaría muerto; porque hay chinos vagos, como en todo el mundo, pero han de ser muy avispados– se propone un restaurante en Esplugues y como todo chino consciente respeta a la autoridad –es una cuestión ligada a la tradición que limita mucho el pensamiento; nosotros partimos, desde hace siglos, de que la autoridad es golfa y eso quizá nos allana el camino de la vida–. ¿Cómo consiguió Xiao Dong abrir el restaurante? No me cuesta imaginar el cumplimiento estricto de la ley edilicia; los ayuntamientos son como pulpos de Julio Verne, que devoran a los ciudadanos, y luego les sonríen cuando hay elecciones.

Los vecinos, en su legítimo derecho, alegaban humos y olores. Se puso en manos de expertos, pero no conseguía encontrar el motivo por el que, eliminados los humos y los olores, su restaurante no pudiera funcionar. El chino Xiao Dong Xhou no llegó a saber, o quizá sí, que dos de los inquilinos denunciantes trabajaban para el Ayuntamiento. Era desesperante, por más que afinaba con los humos y los olores, no conseguía abrir. O le dejaban, después de pagar, pero luego volvían a cerrarle. ¿Me quieren decir que no hay ninguna relación entre los dos empleados del Ayuntamiento y el baile de concesiones y negativas? ¡Cómo va usteda pensar una cosa así, dada la probidad histórica de nuestro funcionariado municipal! Pero algo debió de ocurrir para ir limando la agotadora insistencia de Xiao Dong. Lo denunciaron incluso porque no había pedido los correspondientes permisos para hacer las obras que evitaran los malos olores. No me cuesta imaginar a este hombre que llevaba invertidos más de trescientos mil euros en un restaurante que no podía funcionar, pero al que siempre daban la esperanza de que algún día pudiera hacerlo. “Cada semana le pedían un requisito adicional y cuando lo solucionaba, le volvían a pedir otra cosa diferente”, admite uno de sus colegas.

Decidió suicidarse. Un gesto de hombre decente que asume su nombre Xiao Dong (Pequeño Honor). Probablemente escogió la mejor alternativa, algo impensable en nuestro mundo poblado de almas e infiernos, papas y curas, pecados y confesiones. Su vida y la de su familia estaban entregadas a su proyecto, y admitir una derrota sin remisión consiente un último esfuerzo, que es matarse. En la vida, a la gente común, no se le da la oportunidad de apostar dos veces; sólo una y que tengas suerte.

No son dos culturas, son dos mundos, y el nuestro está blindado por la autosuficiencia. El abogado de los vecinos afectados (“en defensa de lo que es nuestro hogar y la legalidad vigente”), asegura que el problema con el chino Pequeño Honor cabe reducirlo a una cuestión cultural: “No podemos olvidar la falta de cultura de esos países en lo que concierne al cumplimiento de toda una serie de normas para abrir sus negocios”. No tienen nuestras tradiciones... Debería ir considerando el Ilustre Colegio de Abogados de Barcelona los másters en jeta como forma vulgar del adiestramiento para letrados que están en el secreto.

Me inclino ante el gesto del hijo de Xiao Dong al descubrir el cuerpo suicida de su padre. Recogió a su madre, ya viuda, y asumió la tutela de su hermana, varios años más joven. Fue consciente de que ya no podrá estudiar leyes en Barcelona porque le tocará pechar con un restaurante en el que su padre dignamente dejó la vida. Pero tuvo el detalle, más que honorable, ascético, de ir colocando velas encendidas en los pasillos del número 6 de la calle Anselmo Clavé. Le han denunciado por acoso e intimidación. En nuestra cultura, lo común, según las tradiciones, hubiera sido romperles los cristales, tratar de agredirles y mentarles con grandes gritos a las madres.

Conozco muy poco de China y de los chinos. Pero hay una vieja historia que me conmovió. La del historiador Sima Qian. Escribía bajo el emperador Wudi, el más grande, aseguran, de la dinastía Han –la misma que daba nombre al wok de  Xiao Dong–, que le castigó por insistir en la defensa de un general derrotado. Lo castró. Mandó que lo caparan cuando tenía 50 años, en la seguridad de que la humillación lo llevaría a suicidarse. No lo hizo, siguió escribiendo y convirtió sus Memorias históricas en un documento imprescindible de la historia de la humanidad. ¿Habrá que explicar que no es lo mismo un emperador de hace más de dos mil años que un ayuntamiento de nuestra era?

23-IV-11, Gregorio Morán, lavanguardia