eleccions amb canvis en el sistema polític canadenc

Tenían que ser una elecciones más, aburridas, sin la chispa de las envidiadas elecciones estadounidenses. Eran las terceras en los últimos cinco años. En marzo el parlamento de Ottawa se disolvió por un conflicto presupuestario. Los comicios del lunes debían servir para desempatar. O para que el primer ministro conservador Stephen Harper, que gobierna en minoría, lograse por fin una mayoría suficiente para gobernar sin sobresaltos, o para que el Partido Liberal regresase al poder - su hábitat natural-solo o en coalición.

Pero el descalabro en los sondeos de los liberales, liderados por un candidato atípico, el intelectual Michael Ignatieff; el ascenso de la izquierda socialdemócrata del Partido de los Nuevos Demócratas (NDP, en sus iniciales inglesas); y la posible derrota independentistas en Quebec - la primera en dos décadas en unas elecciones federales-dibujan un paisaje inédito.

Nada es seguro y sólo son sondeos, pero la figura de la última semana de campaña ha sido Jack Layton, el líder del NDP, un anglófono de Montreal con bigote a la antigua y bastón al que hace unas semanas ni los periodistas ni sus rivales tenían en cuenta y ahora puede desbancar a los liberales - el partido del carismático Pierre Trudeau y de Jean Chrétien, el partido que ha fabricado el Canadá moderno-como principal partido de la oposición. Algo así como si el PSOE quedara relegado a una tercera posición en España.

El ascenso de Layton, a la izquierda de Ignatieff y de los liberales, se explica en gran parte por los avances en Quebec, la provincia que ha dado a Canadá a sus principales primeros ministros de las últimas décadas y a la vez ha amenazarlo con dinamitar su unidad con dos referéndums fallidos, en 1980 y en 1995.

Según los sondeos, el NDP - un partido federalista-superaría en Quebec al Bloque Quebequés, fundado por los nacionalistas en 1990 para concurrir en las elecciones federales. Los escasos beneficios que ha dado a la causa independentista la presencia del Bloque en Ottawa pueden explicar un hartazgo que se traduce en votos para Layton, defensor de los derechos y competencias de Quebec.

Layton está recogiendo el voto de votantes progresistas descontentos con el primer ministro Harper - al que muchos consideran un conservador ajeno a la cultura política dominante en Canadá-y que no han conectado con Ignatieff y desconfían de los liberales.

En Quebec, muchos soberanistas de izquierdas dan prioridad a las cuestiones sociales antes que a las cuestiones nacionales.

Harper, que hace unas semanas estaba convencido de que podía ampliar su mayoría en el parlamento y consideraba a Ignatieff su principal rival, creía que Layton dividiría a la oposición. Ahora empieza a tomarse en serio a quien puede acabar siendo el jefe de la oposición y ya proclama en los mítines que, por qué no, será primer ministro.

1-V-11, M. Bassets, lavanguardia

Atenuada la fiebre del independentismo  quebequés, la noticia de la última década en Canadá ha sido la emergencia de las provincias occidentales como fuerza económica y política.

El boom petrolero en la provincia de Alberta, la consolidación del área Asia-Pacífico como polo mundial, la crisis industrial que ha afectado a provincias como Ontario y Quebec y el declive de los liberales como partido de poder por excelencia "han desplazado el centro de gravedad", en palabras de Roger Gibbins, presidente de la Canada West Foundation, un centro de referencia con sede en Calgary.

Canadá, según Andrew Nikiforuk, autor de Arenas bituminosas: el petróleo sucio y el futuro de un continente,se está convirtiendo en un petroestado, más parecido en algunos aspectos a Venezuela que a una democracia occidental, y con un modelo económico que en su opinión entraña peligros para la democracia.

Expertos como Gibbins ponen en duda los peligros para la democracia pero creen que el boom petrolero en el Oeste - acelerado tras el 11-S y la consiguiente subida del pecio del crudo-puede perjudicar al Canadá industrial y acentuar además las divisiones territoriales.

La emergencia del Oeste es, según la columnista del diario Toronto Star,Chantal Hébert, "uno de los cambios más significativos en el equilibrio de la federación canadiense desde la revolución silenciosa de Quebec", que en los años sesenta impulsó el movimiento secesionista.

El rostro visible de este fenómeno es Stephen Harper. Primer ministro desde el 2006, este político conservador, hijo de un empleado de Imperial Oil y con feudo electoral en Alberta, aspira el lunes a ampliar su mayoría en las elecciones federales, las terceras en cinco años. No lo tiene fácil, según los sondeos.

Con excepciones de primeros ministros que duraron meses, Harper es el primero no quebequés desde los tiempos del legendario Pierre Elliott Trudeau, que entre 1968 y 1984 modeló el Canadá moderno, multicultural y federalista. Y es el primero del Oeste, una región que históricamente se ha considerado marginada por las élites de Ontario - la provincia que incluye Ottawa y Toronto-y Quebec, hegemónicas durante el último medio siglo.

Harper irrumpió en la escena política canadiense casi como un político regionalista, un perfil que después suavizó acercándose a Quebec: es uno de los pocos políticos occidentales que habla un buen francés.

Los críticos con Harper le acusan de haber importado a Ottawa - la capital administrativa-una cultura política más polarizada, inspirada en la de Estados Unidos, y contraria al modelo de consenso que caracteriza Canadá. Le acusan de poner en peligro el modelo social canadiense: un estado del bienestar robusto, más cercano al de los países europeos que al del vecino del sur. Le acusan de promover políticas liberalizadoras que casan poco con la tradición socialdemócrata del país.

Harper lleva cinco años en el poder, y los peores augurios del 2006 - iba a ser el George W. Bush canadiense-no se han cumplido. El modelo social resiste.

Pero el ascenso de Harper es un síntoma del cambio que en Canadá representa la emergencia del Oeste. Y el Oeste se siente más identificado con valores estadounidenses como el individualismo, la sospecha ante el intervencionismo estatal e incluso la religión: el primer ministro es evangélico, un hecho inusual entre los políticos canadienses de ámbito federal.

El desplazamiento del centro de gravedad a las provincias occidentales no se entiende sin el boom de las arenas bituminosas en Alberta. Allí se halla el segundo mayor yacimiento petrolífero del mundo después de Arabia Saudí, según Nikiforuk.

La particularidad del yacimiento es que el petróleo no se extrae del subsuelo, sino que se encuentra en forma de betún en un terreno arenoso. Es una variedad sucia y cara de extraer.

Pero los avances en la explotación han servido a Canadá para superar a Arabia Saudí y a México como primer exportador de petróleo a EE.UU. La energía representa el 25% de las exportaciones y el 5% del producto interior bruto canadiense. Más de 50.000 inmigrantes temporales han acudido a Alberta y a Fort McMurray, la capital del boom.

"Es un país extraño, Canadá. Noes lo que parece", dice Nikoforuk. Visto desde Estados Unidos, Canadá - el segundo país más grande del mundo, pero con una décima parte de los habitantes de EE.UU.-parece la América del Norte más europea: con sanidad pública, sin derecho a portar armas, igualitario...

Pero Canadá, opina Nikiforuk, "tiene más en común con lugares como Argentina, Colombia". Compararlo con Europa "disfraza el hecho de que está construido sobre la exportación de recursos naturales".

Nikiforuk explica que el Partido Conservador "lleva 40 años gobernando en Alberta, como el PRI en México". Y cita la llamada primera ley de la petropolítica, acuñada por el columnista estadounidense Thomas Friedman: cuando sube el precio del petróleo, baja la libertad los petroestados, y viceversa.

Nikiforuk sostiene que el boom petrolero ha ido acompañado de una menor transparencia y un gasto mayor sin subir impuestos lo que debilita los controles de los contribuyentes sobre quienes les representan. Alberta tiene los impuestos más bajos del país.

La apreciación del dólar derivada del boom petrolero, además, ha encarecido las exportaciones, lo que ha perjudicado al Canadá industrial. "Quebec y Ontario se preguntan qué está pasando", dice Nikiforuk.

"Si el precio del petróleo sube hasta 1,30 o 1,40 dólares por barril, es posible que veamos un traspaso de la riqueza al Oeste", dice Roger Gibbins. Alberta, añade el presidente de la Canada West Foundation, se beneficiará, pero desde otras partes del país se verá con recelo. Porque el precio de la gasolina subirá, o porque la imagen medioambiental de Canadá puede quedar dañada.

El boom, que ha ayudado a Canadá a navegar sin traumas la recesión, también puede abrir un debate sobre la redistribución de la riqueza entre las regiones más ricas y las menos ricas.

Que Harper sea primer ministro ayuda a acortar la distancia que el Oeste conservador siente respecto al poder central. Pero si el lunes se queda en minoría, la distancia de la rica Alberta - infrarepresentada en el parlamento federal y contribuyente la caja común-podría acrecentarse.

1-V-11, M. Bassets, lavanguardia

Si los sondeos aciertan, los liberales quedarán terceros en las elecciones federales que se celebran hoy. Semejante derrumbe puede acabar con la carrera política de Ignatieff. En campaña no parece un novato. Sin leer, improvisando, ataca a su rival en la izquierda (Jack Layton, de los Nuevos Demócratas) y al primer ministro conservador, Stephen Harper (habla del "régimen de Harper"). Su soltura contrasta con la rigidez de Harper, que ha desarrollado una campaña sin margen para la improvisación. Los conservadores acusan a Ignatieff de ser un ente extraño en Canadá. Desde la izquierda se le reprocha el apoyo a la guerra de Iraq.

No es fácil cambiar de profesión a los  58 años. Michael Ignatieff lo hizo hace cinco. Esta noche sabrá si valió la pena, si de verdad servía para la política.

Ignatieff presentó documentales en la BBC, aunó en sus libros el ensayo y el reporterismo y ejerció de profesor en Harvard. Vivió en Inglaterra y en EE.UU., se casó con una húngara, fue el biógrafo del filósofo Isaiah Berlin.

Cosmopolita, ciudadano del mundo, Ignatieff es uno de los pensadores que mejor ha reflexionado sobre los nacionalismos y sobre la reacción de las democracias al 11-S.

En 2006, después de más de dos décadas de ausencia, regresó a Canadá. Tras la victoria del conservador Stephen Harper en las elecciones de 2008, los liberales - el principal partido de oposición-lo eligieron líder.

Ignatieff es un caso atípico, uno de los políticos más leídos, viajados y sofisticados del mundo. No tanto un Barack Obama como un Mario Vargas Llosa canadiense, otro intelectual que quiso gobernar en su país.

"Ha tenido un aprendizaje de cinco años. Ha pasado mucho tiempo en la carretera hablando con los canadienses. Tiene un ojo periodístico por el detalle", dice uno de sus asesores más cercanos, que pide anonimato.

Miércoles, 27 de abril. Hotel Montecassino, en las afueras de Toronto. El millar de asistentes refleja el mosaico canadiense: chinos, sijs, africanos que agitan pancartas con nombres de candidatos: Navdeep Bains, Peter Fonseca o Mario Ferri.

Ignatieff tiene esta noche un telonero de peso. Jean Chrétien, primer ministro de Canadá entre 1993 y 2003, el quebequés que gestionó la victoria apurada del no de Quebec a la independencia en 1995, y cuya imagen acabó salpicada por un escándalo de corrupción de los liberales.

Chrétien recuerda que entró en el parlamento de Ottawa en 1963. Entonces, dice, no había sanidad ni pensiones públicas, ni himno ni bandera canadiense, ni había lenguas oficiales, ni Canadá era un país multicultural.

"Y todo eso lo hizo el Partido Liberal", dice Chrétien. "Yo siempre acabo mis discursos diciendo: ´¡Vive le Canada!´", concluye en francés.

Los sondeos pronostican un derrumbe liberal en las elecciones federales que se celebran hoy. Con Ignatieff al frente, el partido que construyó el Canadá moderno se tambalea.

Salta al estrado Michael Ignatieff. "Pensad en todas las lenguas que se hablan en esta habitación. En otros países esto no sería posible", dice Ignatieff. "Canadá está en esta sala".

Estas palabras evocan su último libro, True patriot love (Amor de verdadero patriota, o Verdadero amor patriota).A partir de la historia de su familia materna, Ignatieff propone un patriotismo para Canadá, país multicultural, con cerca del 20% de ciudadanos nacidos fuera y un bilingüismo enraizado en la Constitución.

"Si me preguntan de qué estoy orgulloso como canadiense, respondo que me siento orgulloso de que intentemos entendernos por encima de diferencias que han roto otros países. Nuestro ejercicio resistente de empatía es el ejemplo que tenemos para ofrecer", escribe Ignatieff.

En este ensayo, publicado cuando preparaba la candidatura a primer ministro, el líder liberal presenta sus credenciales de patriota canadiense.

¿Evolución intelectual o necesidades políticas? Las proclamas patrióticas matizan las reflexiones más hostiles hacia el nacionalismo de los años noventa, durante las guerras balcánicas.

"Un nacionalista coge hechos neutrales sobre unas personas - su lengua, hábitat, cultura, tradición, e historia-y convierte estos hechos en un relato cuyo fin es iluminar la autoconciencia de un grupo, para permitirle pensar en sí mismo como nación con la posibilidad de reclamar la autodeterminación", escribió en El narcisismo de la pequeña diferencia.

"Un nacionalista, en otras palabras, coge ´pequeñas diferencias´ - en sí mismas indiferentes-y las convierte en grandes diferencias. Para ello se inventa una tradición, acuña un pasado glorioso o lo reamuebla para consumo público, y unas personas que quizá no se pensaron como pueblo empiezan a pensarse como nación", añade.

Desde 1998, cuando publicó estas líneas, las aristas se han suavizado. En True patriot love,de 2009, Ignatieff admite que "amar a un país es un acto de imaginación". Pero precisa que este acto no tiene por qué ser malo: se hace porque es necesario, porque "nuestras vidas no tienen sentido a menos que compartamos una dimensión pública con extraños a los que llamamos ciudadanos".

Canadá "es un lugar inventado", dice, como todos los países, y para imaginarlo uno debe meterse en la piel del otro. "Tienes que imaginar cómo lo ve un quebequés, un quebequés que nunca ha sentido un vínculo con la bandera, con el Parlamento, con los recuerdos de sacrifico que te conmueven, a veces hasta las lágrimas", escribe.

En realidad no hay una ruptura entre el pasado rechazo de Ignatieff al nacionalismo étnico y excluyente, y el nacionalismo empático y cívico que ahora promueve. Pero un político tiene necesidades prácticas, y un aspirante a primer ministro debe ser un patriota canadiense y debe respetar el patriotismo quebequés.

En la campaña Ignatieff apenas se ha referido a su trayectoria intelectual, quizá por temor a que la sutileza intelectual se le volviese en contra.

"No se ha explicado", dice Kareem Bardeesy, editorialista del diario Globe and Mail."Ha intentado se un político convencional. No nos ha contado su historia".

2-V-11, M. Bassets, lavanguardia

Los conservadores del primer ministro Stephen Harper, que llegó al poder en el 2006 pero había tenido que gobernar en minoría, se impusieron el lunes en las generales por mayoría absoluta. Pero la gran noticia fue el hundimiento de los liberales, el partido de centroizquierda identificado con el gobierno canadiense durante el siglo XX. Los liberales quedaron en tercera posición, superados por los hasta ahora pequeños Nuevos Demócratas de Jack Layton. El candidato liberal, el intelectual Michael Ignatieff, ni siquiera ganó su escaño y ayer dimitió como líder. La otra noticia: el derrumbe de la opción soberanista en la provincia de Quebec.

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