Konstandinos P. Kavafis, una simfonia inacabada

Konstandinos P. Kavafis
"Una simfonia inacabada"

 trad. Alexis Eudald Solà
Viena edicions
248 pgs
17,80 €

Kavafis (Alejandría, 1863-1933) se echó a llorar. Su amiga que le ayudaba, Rika Sengópulos, había cogido una maleta para transportar lo que pudiera necesitar el poeta en el hospital. Lloraba porque recordaba muy bien cuando la compró, siendo joven y hermoso, valiente y altivo, con el propósito de viajar a El Cairo "en busca de placer". Nunca más volvería a su hogar y lo sabía mientras lloraba. Sabía que pronto llegaría el momento. Que no había tenido tiempo suficiente para terminar sus últimos poemas. No había sabido, podido, terminar. Los había corregido numerosas veces y había estudiado todas las posibilidades sin decidirse, aún, por ninguna, refugiado en ese trabajo como otro Antonio en el palacio de Cleopatra, inmóvil, acodado desde una ventana, escuchando el clamor y el bullicio de la Alejandría que iba a perder. Algo parecido también sucedió con la traducción catalana de esos mismos poemas. Alexis Eudald Solà les dedicó sus últimos días antes de morir. Su amiga, la editora especialista en Kavafis Renata Lavagnini, lo consigna en un prólogo que el erudito catalán no pudo llegar a hacer por sí mismo. Es revelador comprobar cómo los episodios se superponen y riman entre ellos del mismo modo en que Kavafis veía la naturaleza del tiempo y el sentido de la historia. Presente y pasado están encerrados en el futuro. Y, así, el futuro está encerrado en el presente. Lo histórico está ante nuestros ojos y, al azar, ese bello muchacho que ahora atraviesa el paso de peatones es esencialmente el mismo que veía deambular Kavafis por las calles de Alejandría, también el mismo que atravesaba el ágora de Atenas en tiempos de Sócrates.

Los últimos poemas de Kavafis, imperfectos y por terminar, suponen volver una vez más a la casa del poeta por los caminos de siempre pero con mucha más riqueza y matices; son un testamento y una aclaración, una insistencia, en lo que ya conocíamos. La religiosidad cristiana ortodoxa, con matices y críticas, acrecienta su protagonismo, la figura trágica de Juliano el Apóstata cobra más protagonismo si cabe, y la fascinación por el imperio bizantino griego que sobrevivió mil años al romano cobra más sentidos. Siempre con la contención clásica, sin sombra de afectación ni énfasis. Kavafis o la vieja y dorada luz de la civilización.

10-VI-09, Jordi Galves, culturas/lavanguardia