Bòsnia: Dayton impedí la guerra, però garantitza la misèria?

Un visitante que llegue por primera vez a Sarajevo se puede sorprender por la fiebre constructora. A su paso por la principal arteria se topará con enormes rascacielos reconstruidos, mezquitas de última generación y un tráfico agobiante. Si pasea por el viejo barrio turco saldrán a su paso múltiples cafés cuyos veladores están repletos de clientes. Es como se hubiese producido un milagro económico quince años después de finalizar una de las guerras más brutales desde el final de la II Guerra Mundial.

Pero es más pego que realidad. Los nuevos edificios, entre los que sobresalen demasiadas mezquitas extrañas a la tradición bosnia, han sido construidos por empresas árabes cuyos responsables han impuesto restricciones como la prohibición del alcohol en restaurantes y cafeterías, hasta el punto de que en la inmensa mayoría de locales del barrio turco es imposible hallar una cerveza fría.

Los clientes pueden pasar horas ante la misma taza de café bajo una gigantesca humareda, porque aquí se fuma como en pocos lugares de Europa. El salario mínimo de 290 euros obliga a hacer equilibrios para llegar a fin de mes. La canasta básica mensual para una familia de cuatro miembros se acerca a los 250 euros. Muchos han optado por no concluir las obras de mejora en sus casas dañadas durante la guerra para pagar menos impuestos.

El desempleo supera el 40% y 700.000 jubilados sobreviven con pensiones miserables que no alcanzan ni para comer. Dos terceras partes de los asalariados son funcionarios. "Tener un trabajo es como que te toque la lotería", repiten muchos ciudadanos.

Los intentos de recortar o eliminar las pensiones de los inválidos de guerra (decenas de miles) han provocado grandes protestas. La reducción de las remesas del exterior, que eran el 15% del PIB en el 2008, ha golpeado muy duro a muchas familias.

El mercado es el mejor termómetro económico de la ciudad. Los pequeños comerciantes pasan jornadas maratonianas sentados en taburetes, viendo pasar a clientes que miran más que compran, en una estampa que parece surgida de los heroicos tiempos del cerco de Sarajevo en los noventa. Muchos de estos vendedores perdieron sus trabajos más cualificados al empezar la guerra en 1992 y no los han recuperado.

La división del país en dos entidades políticas y económicas - la Federación de Bosnia y Herzegovina, habitada por musulmanes y croatas, y la República Srpska, por serbios-hace muy difícil remontar una crisis global en un país que lleva décadas de retraso.

Las relaciones económicas entre ambas entidades son escasas. Las carreteras fronterizas están vacías. Apenas hay intercambios comerciales. El tiempo parece haberse detenido en los años setenta, cuando la antigua Yugoslavia parecía que iba a convertirse en el país más avanzado del este europeo. La mayoría de los productos que se consumen en la parte serbia, incluida la gasolina, provienen de Serbia y los precios son considerablemente más baratos gracias al menor gravamen impositivo. La separación de dos manzanas de edificios iguales por una simple calle, que hace de frontera en Sarajevo entre las dos entidades, puede ser suficiente para ahorrarte un buen pellizco en el alquiler de un apartamento en las mismas condiciones.

El último golpe que han recibido los bosnios ha sido la decisión de la UE de excluirlos, junto a kosovares y albaneses, de la política de liberalización de visados, convirtiéndoles en los parias del patio trasero de la Europa de los privilegios, hoy de capa caída.

9-VII-10, G. Sánchez, lavanguardia

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