Hasta mediados de los años ochenta, EE. UU. suministraba el 50% de la demanda mundial, después cerró sus explotaciones por sus altos costes. China es ahora el primer productor, con 120.000 toneladas anuales, seguida de India con 2.700 y Brasil con 650. Y en lo que se refiere a las reservas económicamente accesibles, China cuenta con 27 millones de toneladas, Rusia y el conjunto de ex repúblicas soviéticas, 19, y el resto del mundo, 22 millones más.
Las turbinas eólicas, los auriculares del iPod, las pantallas de plasma, las bombillas de bajo consumo, el motor eléctrico del Toyota Prius y las armas de precisión del ejército estadounidense tienen un elemento en común y es que funcionan gracias a un grupo de metales conocidos bajo el nombre de tierras raras.El 95% de su producción mundial se realiza en China. Esta situación de dependencia inquieta especialmente a Estados Unidos y Europa.

Las tierras o minerales raros, en realidad, no tienen nada de raro y sí mucho potencial. Se trata de un grupo de 17 elementos de la familia de los lantánidos con una gran capacidad de utilización por sus aplicaciones en alta tecnología. Se considera que serán claves en el desarrollo de este siglo. Estados Unidos, que posee el 12% de las reservas de estos elementos, los tiene catalogados como metales de importancia estratégica desde 1981.
China es, sin embargo, el único país que ha apostado claramente por su explotación. En 1992, el dirigente del gigante asiático Deng Xiaoping señaló que "Oriente Medio tiene petróleo, China tiene tierras raras". En aquellas fechas, la producción mundial apenas superaba las 40.000 toneladas, actualmente es del orden de las 125.000 toneladas. Y la demanda mundial de estos minerales crece a un ritmo del orden del 20% anual.
Y como sucede con la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) en el caso del crudo, Pekín controla estrechamente la circulación de estos recursos. Una situación que inquieta cada vez más a las potencias mundiales, que en su día no dudaron en permitir al gigante asiático que explotara los yacimientos de estos minerales, que contienen elementos radiactivos, lo que complica su extracción.
Las autoridades chinas, sin embargo, se arriesgaron a producirlos, a pesar de su alto coste económico y medioambiental. Muchas de sus explotaciones son a cielo abierto, carecen de permisos administrativos y son muy contaminantes. Pero también son muy rentables. El precio del disprosio, un mineral que se utiliza en los motores eléctricos, se ha multiplicado por siete en seis años, y el del terbio, que se usa en las bombillas de bajo consumo, se ha cuadruplicado en cinco años.
Actualmente, China produce el 95% del total del planeta con una sola mina, situada en la localidad de Baotou, en la norteña provincia de Mongolia Interior, de la que extrae la mitad del suministro mundial. El resto procede de otras explotaciones del sur de China, así como de Rusia, India y Brasil. Pero este yacimiento amenaza con agotar sus recursos en treinta años. Una posibilidad que ha impulsado al Gobierno chino a mover ficha y a inquietar a EE. UU. y a los países europeos.
Conscientes del creciente valor estratégico de estos minerales, las autoridades chinas han impulsado un plan para desarrollar la industria de este sector minero, que preocupa a las capitales de las grandes potencias. La iniciativa del Ministerio de Industria y Tecnología reduce a un 12% las exportaciones anuales de estos elementos. Con ello Pekín pretende prolongar las reservas de estos minerales y reducir la contaminación, pero también obligar a comprar estos materiales al gigante asiático y a atraer a las compañías extranjeras a su territorio para que fomenten la creación de empleo.
"El Gobierno espera que las restricciones a la exportación aportarán a China la transferencia de tecnologías relacionadas con las tierras raras", dice el economista Ren Xianfang, que añade que "falta saber si la estrategia de recursos por tecnología funcionará".
Las alarmas se han disparado en EE. UU. Según The New York Times,el Congreso ha pedido a la secretaría de Defensa un estudio sobre la dependencia del ejército norteamericano respecto a las tierras raras chinas. Y es que los visores nocturnos, los telémetros e incluso los misiles de la primera potencia mundial se fabrican con materias made in China.La situación preocupa a EE. UU. no sólo porque casi la totalidad de la producción procede de China, sino porque además, este país se ha hecho con el control de las compañías que explotan las minas de otros países. Es una posición casi de monopolio que mueve unos 1.300 millones de dólares anuales. EE. UU. ha empezado a estudiar la reanudación de las explotaciones que paralizó hace años por su alto coste. Los técnicos apuntan, sin embargo, que EE. UU. y Australia juntos sólo producirán unas 50.000 toneladas en los próximos cinco años, frente a las actuales 120.000 toneladas de China. Una cifra muy pequeña si se tiene en cuenta que la demanda mundial será entonces de unas 200.000 toneladas.
Todo indica, pues, que el futuro de las nuevas tecnologías y las energías limpias está en manos del segundo país más contaminante del planeta.
1-II-10, I. Ambrós, lavanguardia |