en el fondo del mar, matarile, rile, rile... (o a l’illa de Diego García)

Si usted quiere hacer que desaparezca en pleno vuelo sin dejar rastro un Boeing 777-200ER con más de 200 personas a bordo, no hallará mejor lugar para realizar la proeza que en medio del océano Índico, la mayor parte del cual, lejos de las rutas marítimas, es, con una notoria excepción, una gran incógnita.

La extensión más conocida y transitada del Índico es la del monzón, es decir, las aguas que separan la costa oriental de África y el mar Arábigo de, en su orilla septentrional, India, Sri Lanka e Indonesia. No es casual que la voz monzón derive del árabe máusim que significa estación para navegar; y es así porque se trata de un viento que sopla unos meses en una dirección y otros en la opuesta, facilitando de este modo el comercio (y la piratería) entre los continentes.

Hasta la caída del imperio romano fueron los marineros griegos los europeos que más comerciaron en el Índico. Más tarde, tras el auge del islam, el control casi exclusivo de las rutas marítimas pasó a los musulmanes. Pero el viaje de ida y vuelta entre Lisboa y la India realizado en 1497-1498 por Vasco da Gama dio el pistoletazo (más bien cañonazo) de salida de una loca carrera para hacerse con el monopolio del mercado de artículos de lujo entre Asia, Europa y África.

Los mercaderes europeos a menudo eran considerados inferiores a sus rivales musulmanes, hasta que, máxime a partir del siglo XIX, se hizo notar con toda su fuerza el poderío naval, industrial y tecnológico de los británicos; y, en menor grado, de franceses y holandeses.

Incluso los que más escasos andamos de conocimientos geográficos alguna vez hemos oído hablar de las islas Maldivas o de las Seychelles -acaso porque visitamos estos archipiélagos de ensueño en viaje de novios o porque las hemos visto en las revistas de papel couché-. Y, ya puestos, hasta podríamos localizar en el mapa la isla Mauricio o la cercana posesión francesa, Reunión. Junto con Madagascar, tal vez sean estos los únicos destinos en medio del Índico de los que tenemos conocimiento.

De Chagos, en cambio, poco o nada sabemos, aunque sí suena el nombre de la isla principal, Diego García. Formado por un grupo de siete atolones, el archipiélago de Chagos está a unos 500 km al sur de las Maldivas, su vecino más cercano. Pertenecía al territorio de Mauricio, que hasta 1965 era una colonia británica. Mas en aquel año y en pleno proceso de descolonización, Londres le ofreció a Mauricio la independencia si aceptaban la escisión de Chagos. Dijeron que sí, y así fue como nació la última colonia británica: el Territorio Británico del Océano Índico, o sea, Chagos.

Pero para hacerse una idea de la suerte que han corrido desde entonces tanto la colonia como sus habitantes, hay que remontarse en el tiempo hasta la década de 1950.

Viendo la rapidez con la que avanzaba el proceso de descolonización después de la guerra, un analista naval estadounidense llamado Stuart Barber desarrolló el Stategic island concept, que consistía en mantener bases americanas en países complacientes -Gran Bretaña, Alemania, Japón...-, a ser posible en territorios insulares y, normalmente, a cambio de grandes cantidades de dinero.

Solía resultar menos satisfactorio en otros escenarios. Lo primero que hizo Trinidad y Tobago al conseguir en 1962 su independencia fue echar las bases americanas. Este y casos similares convencieron a Barber de la necesidad de construir las bases en islas deshabitadas o al menos escasamente pobladas. Diego García era un lugar perfecto para sus designios, ya que tenía a tiro tanto el golfo Pérsico como Asia, África Oriental y todo el vasto océano Índico cuya importancia estratégica no hacia sino crecer dentro del nuevo orden geopolítico. Además, Diego García contaba con un amplio puerto natural y terreno de sobra para la construcción de una pista de aterrizaje.

Quedaba un inconveniente para resolver: ¿qué hacer con los casi 5.000 chagosianos? Pero querer es poder y al cabo de 15 años de negociaciones con Londres y la concesión de generosos incentivos fiscales, se llegó a un acuerdo que incluía una cláusula que obligaba a Gran Bretaña a echar a toda la población local antes de que se instalasen los nuevos inquilinos con sus helicópteros y misiles. Dicho y hecho, aunque sin la aprobación de Barber, horrorizado ante la perversidad de su concepto llevado a la práctica.

Por muchas generaciones que llevasen en las islas los habitantes, fueron declarados "obreros en tránsito" y, por tanto, quedaron excluidos de la protección de la ONU. Les engañaron diciéndoles que sus vidas corrían peligro. De modo que estas gentes que no conocían otro hogar que no fuera estas bellas islas, de repente se vieron obligadas a abandonarlas. Eso sí, podían escoger entre ser repatriadas a Mauricio o bien las Seychelles.

Fueron transportados en deplorables condiciones a estos destinos y abandonados a su suerte en el muelle, pese a los millones de dólares que habían cobrado los gobiernos locales a cambio de recibirles y darles cobijo. Unos pocos lograron llegar a Inglaterra. Su destino ha sido todo menos bonito. Algunos siguen luchando para que se les permita regresar a Chagos.

Más allá de su máxima importancia estratégica o del hecho de que sirvió de portaaviones terrestre durante las guerras de Iraq y Afganistán, bien poco se sabe de la base militar y naval de Diego García. Las descripciones hechas por los escasos civiles que han pisado la isla coinciden en dos cosas: que aquello es un descomunal arsenal y que la isla es de una indescriptible belleza. Se cree que también hay una prisión como la de Guantánamo. Tal vez sea aún peor, y Guantánamo, por muy reprochable que sea su existencia, tan sólo un señuelo. Bien pensado, podría haber aterrizado en Diego García el desaparecido Boeing. Es una hipótesis factible, pero carente de un por qué que la justifique. De momento.

13-IV-14, John William Wilkinson, lavanguardia