l’exèrcit indi, de base ètnica

El ejército indio lleva décadas debatiéndose entre uniformizarse o ser el espejo de un país plural. Aunque ambos bandos se han apuntado batallas, la guerra la han ganado los partidarios de mantener una mayoría de regimientos de base etnicolingüística. Este año el Gobierno ha vuelto a rechazar la creación de un regimiento bengalí, pero –con un ojo puesto en China– está creando otros formados por soldados de Sikkim o Arunachal.

Aunque la Constitución de India abolió el reclutamiento basado en la etnia, religión, lengua o casta, su ejército sigue organizándose alrededor de estas diferencias, en unidades relativamente homogéneas, para evitar el fantasma de Babel. Una situación heredada del colonialismo británico que apenas ha sido corregida. A pesar de que el objetivo de la India independiente era tender hacia un ejército mixto, la presión de los propios mandos ha mantenido los compartimentos estancos y, en los últimos años, ha creado otros.

En el ejército de Tierra, más de la mitad de los 25 regimientos de infantería son homogéneos desde el punto de vista étnico, religioso y de casta. En los regimientos mecanizados y de artillería hay algo más de mezcla, aunque a veces sólo en apariencia. Sobre el papel, el regimiento de Granaderos es mixto, pero en la práctica “las compañías, que son las unidades básicas de combate, son puras –explica un coronel–. Hay dos de jats, una de dogras y una de musulmanes”. La diversidad no acostumbra a ir más allá de combinar a partes iguales subcastas culturalmente próximas, como los rajputs y jats, en los Rajputana Rifles.

Los batallones que mezclan a los reclutas sin distinción de origen siguen siendo una clara minoría. En contra de amalgamar ha jugado un argumento definitivo: la mayor eficacia en combate que resulta de la camaradería y cohesión de los que comparten lengua, hábitos alimenticios y grito de guerra (invariablemente religioso, según la deidad de cada clan).

Regularmente el Gobierno indio tiene que lidiar con las demandas de líderes políticos que exigen un regimiento de intocables, u otros de base regional –por ejemplo, guyaratis– para equilibrar la composición de sus filas, muy decantada en favor de los estados fronterizos del noroeste del país, en detrimento de los del sur y el este. Tras la I Guerra Mundial los británicos abolieron los regimientos exclusivamente musulmanes –más solidarios con el califa otomano que con el rey de Inglaterra– y tras la II Guerra Mundial se suprimieron los de intocables. No han sido restaurados. Las cuotas de empleos para castas deprimidas se aplican en la administración pública, pero no en el ejército, que emplea a un millón trescientos mil soldados (el tercero del mundo). Es cierto que la mayoría de los efectivos musulmanes del ejército indio se pasaron a Pakistán tras la escisión, convencidos de contar con mayores oportunidades. La cantera de reclutas musulmanes quedó mayormente en el otro lado. Sin embargo, también pesa, ahora como entonces, el prejuicio de que los musulmanes indios constituyan una quinta columna. Aunque el ejército indio se niega a a dar cifras, se estima que los musulmanes en sus filas representan menos del 2%, siete veces menos de lo que les correspondería por población. Algo que contribuye a que el medio millón de soldados indios en el valle de Cachemira sean percibidos como una fuerza de ocupación por la población musulmana.

Pakistán se considera el verdadero heredero de los sultanatos musulmanes de Delhi y de las dinastías mogoles –cuyos emperadores dan nombre a sus misiles–. Durante mucho tiempo pervivió el mito de que el valor de un musulmán multiplicaba por cinco al de un hindú, pero las guerras entre ambos países lo han desmentido.

Los británicos acuñaron la teoría de que en India había razas marciales y razas que no lo eran. Se apoyaban en el hinduismo, que clasifica a los indios en cuatro castas, una de las cuales –los kshatriyas, segundos en la jerarquía– eran tradicionalmente guerreros y terratenientes. Los británicos adaptaron la tradición a sus necesidades, vetando a los grupos más hostiles a su dominio colonial, como los bengalíes o los bramanes, y reforzando a otros que les eran fieles, como los sijs o los gorkas.

Pakistán también cuenta con seis regimientos de infantería que, nominalmente, recogen la diversidad del país: el Punyabi, el de la Frontera, el de la Cachemira Libre, el Beluchi, el de Sind y el del Norte. Los punyabis son la aplastante mayoría del regimiento punyabi, y el regimiento de Sind cuenta con un 50% de sindis. El mismo arreglo existe respecto a los pastunes en la Frontier Force. En cambio, el regimiento del separatista Beluchistán nunca ha tenido una mayoría beluchi. Los regimientos beluchi y pastún tienen su cuartel general lejos de su zona de reclutamiento, en Abbottabad, ciudad castrense que saltó a la fama por haber dado cobijo a Bin Laden.

También el federalismo del ejército indio toma sus precauciones geográficas. Las unidades étnicamente homogéneas casi siempre están acuarteladas a cientos de kilómetros de sus paisanos. Asimismo, sus oficiales pueden ser de cualquier origen. Lo cual no es óbice para que éstos admitan que la lealtad de casta es más fuerte que la lealtad nacional. “En la trinchera, los soldados de un mismo clan luchan mejor –explica un oficial bajo anonimato– y el pabellón del regimiento pesa más que la bandera”. Un esprit de corps producto, en algunos regimientos, de un historial de siglos. “Han superado la prueba de la historia y no deben ser desmantelados”, concluyen.

11-IV-13, J.J. Baños, lavanguardia