"La democracia no se sostiene en base a la legitimidad de las leyes sino al debate abierto sobre lo que es o no legítimo", Luisa-Elena Delgado

Resultat d'imatges de "Luisa-Elena Delgado" entrevistaLuisa-Elena Delgado nació en Venezuela, creció en España y acabó completando su doctorado en  Estados Unidos, donde actualmente vive y es catedrática en la Universidad de Illinois (Urbana-Champaign). Allí enseña literatura y cultura hispánicas desde una mirada feminista y con una inevitable y, a veces, sana distancia respecto del territorio español. Su libro La nación singular. Fantasías de la normalidad democrática española (Siglo XXI Editores), finalista del Premio Nacional de Ensayo en 2015, debería ser lectura obligatoria para todos aquellos interesados o afectados por la crisis territorial e identitaria en la que España vive. Aborda la cuestión catalana, no desligada de otros temas candentes como el feminismo y el populismo, en su próximo trabajo editorial.

En 2014 publica un libro que cada día que pasa gana en actualidad: La nación singular. Fantasías de la normalidad democrática española. ¿Por qué nación y, sobre todo, por qué 'singular'?

Singular alude por un lado a lo único versus lo múltiple, pero también a aquello que es extraordinario, excepcional. De hecho, las discusiones de lo que España es y no es incluyen ambos significados ya desde el siglo XIX, y, desde luego, a partir de 1898. En ese sentido, quería referirme a los debates sobre la excepcionalidad española, que supuestamente la democracia clausura. Pero también a los que surgen en democracia sobre qué es una nación, en relación a España y a otros territorios que también reclaman su estatus de nación, como Cataluña. Incluso en el momento actual, la oposición a una idea de España como “nación de naciones” sigue siendo muy fuerte.

Si España es una nación singular, ¿qué es Cataluña?

La idea de singularidad o excepcionalidad nacional no es exclusiva del caso español, al contrario, se encuentra también en otros contextos como el norteamericano, el inglés, el ruso, y por tanto también se puede utilizar en relación al debate sobre Cataluña. La tensión que exploro es esa apelación conjunta a la singularidad y a la normalidad: somos un país excepcional, pero a la vez somos como cualquier otro país democrático. Por eso introduzco el concepto de ‘fantasía’, entendida como ese soporte que sostiene tu visión del mundo, y exploro su papel en las identificaciones y rechazos de una determinada idea nacional.

¿Puede ser útil en este contexto el término ‘particular’, entendido como el resultado del diálogo entre lo singular y lo universal?

Una de las características del nacionalismo español es su aspiración a la universalidad, sobre todo a través de la cultura entendida como pegamento de fracturas políticas. Otra es la insistencia en el impacto del español como lengua transnacional. No creo en la excepcionalidad de ninguna nación, me parece un concepto que se suele usar para movilizar políticas peligrosas. Yo creo que todas las identidades son relacionales, y eso lo aplico a la política y a la identidad tanto social como individual. Las cosas hay que analizarlas desde lo coyuntural y desde la especificidad histórica y política, pero de manera relacional.

¿Influye en esa mirada su localización personal y profesional? 

Toda mi trayectoria, y la de mi familia, está llena de desplazamientos, migraciones y exilios, pero también de encuentros. Eso me ha hecho reflexionar mucho sobre la identidad y el sentido de pertenencia, para qué sirven y cuáles son sus límites. Desde luego, no puedo comparar a mis abuelos o mis tíos que se tuvieron que ir de España por motivos políticos o a mi padre, que tuvo que emigrar por imperiosa necesidad económica, con que yo me viniera a Estados Unidos a hacer un doctorado. Pero tampoco comparto la idea de que salir de tu país de origen sea sólo una pérdida. También hay cosas que se ganan, algo sobre lo que han reflexionado muchos escritores exiliados. Yo nací en Venezuela, me crié en España y ya llevo más tiempo viviendo en Estados Unidos que en España. Soy ciudadana americana y española, por elección y con compromiso. Todos necesitamos anclajes, personales y sociales, pero también la posibilidad de levar anclas para poder seguir navegando y escoger nuestro destino.

El libro discute sobre todo la noción de normalidad en democracia. ¿Nos puede explicar más sobre cómo aborda este tema?

Alrededor del año 2000, el problema español era ante todo el problema vasco, porque ETA estaba en activo ejerciendo una violencia devastadora. Era la época de Aznar, cuando en el imaginario nacional y en el discurso político la idea era que por fin habíamos logrado ser un país europeo y ‘normal’. La propia insistencia en eso me parecía significativa: ¿para qué repetir tanto algo que ya se ha superado? ¿Existen las naciones normales? En el caso español, la idea de normalidad iba aparejada a tres factores: europeización, democracia y, ya en época más reciente, el consenso surgido de la Transición. La apelación constante al consenso como pilar de la democracia española me lleva a dos líneas de análisis relacionadas. Una, apoyada en el pensamiento de Jacques Rancière sobre la relación de la política democrática con el desacuerdo y el disenso. Otro, la distinción entre antagonismo y pluralismo agonista, desarrollada, entre otros, por Chantal Mouffe. Lo que tienen en común es plantear cómo gestionar el conflicto en contextos democráticos. 

Desde ese punto de vista, la cuestión catalana ha puesto sobre la mesa las limitaciones del modelo de democracia consensual. El problema del terrorismo vasco se traspasa al secesionismo catalán, que se convierte también en el enemigo de la democracia. En su momento, un pensador conservador como César Vidal dijo que había hecho más daño a la democracia Jordi Pujol que Josu Ternera. ¿Con qué lógica se puede decir eso?

Tal vez la respuesta sea, como propone, que es la lógica que no distingue entre la confrontación democrática y el antagonismo.

Exactamente, que ETA estuviera matando daba una rentabilidad política. Esto no es cinismo, es algo constatable, que analizo en el libro. Con el nacionalismo vasco la lógica era “ellos son el enemigo radical” de esta democracia que tanto nos ha costado construir. De hecho, a ese nacionalismo se le oponía el seny catalán, entonces modélico. Cuando el catalanismo cambia de reivindicaciones, entonces deja de ser razonable. Hoy en día es un eslogan político pedir la vuelta al seny, interpretada como la vuelta al Estado. 

Sin embargo, creo que el caso catalán moviliza una lógica más difícil de entender que el caso vasco, con unas ambigüedades que no permiten que todo se juzgue en base a opuestos. Por poner un ejemplo actual, hay muchos catalanes que están a favor de que pueda haber un referéndum vinculante pero votarían ‘no’; pero también están en contra de que haya presos en las cárceles y de la intervención violenta por parte de las fuerzas del Estado. En ese sentido, se entiende que para desactivar esa resistencia se asegure que el catalanismo supone una violencia implícita más peligrosa que el terrorismo.

En Cataluña existe un lema casi indiscutible: "Catalunya, un sol poble" (Cataluña, un solo pueblo). El pasado octubre, con gente que se sentía interpelada por el movimiento secesionista y con gente que no, ¿se produjeron también en Cataluña apropiaciones indebidas de la unidad y de la normalidad?

La idea de unidad normal es por principio una apropiación indebida, porque implica una serie de exclusiones no negociables, pero es una lógica que aparece en muchos contextos. En las últimas elecciones francesas apelaron a la unidad no solo Le Pen, también Mélenchon y Macron. Apelar a la unidad puede ser necesario, pero la idea de un solo pueblo (y una sola lengua) me resulta problemática, aunque defiendo las políticas que visibilizan las lenguas minoritarias. Creo que todas las naciones son complejas y plurales, por mucho que las narrativas nacionales insistan en lo contrario. Sin embargo, también me molesta que se usen elementos criticables del independentismo catalán para justificar las cosas que se hacen mal desde el Estado. Esta lógica del “y tú más” es muy española poco productiva.

En su trabajo, habla de excesos y residuos para definir aquellos fenómenos que molestan y se pretenden borrar. El más destacable son los nacionalismos “periféricos” y, ya más recientemente, el populismo y el feminismo. ¿Son formas de residuo o más bien de exceso?

Ambas cosas están relacionadas. El exceso es algo que sobresale y por lo tanto, generalmente, sobra. Para la democracia consensual, o postdemocracia, tan apegada a los procedimientos legales y a lo que ya está definido como legítimo, todo lo que quede fuera es un exceso. Cuando entra en juego la parte residual que no se considera representada en ese todo legítimo, con demandas que ponen en cuestión la definición de “lo común”, ahí se crea al problema. Una manera autoritaria de resolverlo es desestimar de entrada esas demandas como algo que excede los límites democráticos. Para muchos intelectuales y políticos, no todos identificados con el conservadurismo, en España tenemos un problema de exceso de permisividad democrática, nos hemos “pasado de frenada”. Creo que es una postura muy debatible. La democracia no se sostiene, como decía Claude Lefort, sólo en base a la legitimidad de las leyes sino al debate abierto sobre lo que es o no legítimo. Un debate que no se puede dar por clausurado de manera definitiva. Como decía Leonard Cohen, la democracia llega precisamente a través de las grietas en la pared.

Dice que estas muestras o peticiones excesivas se presentan como patológicas. ¿Puede explicarlo un poco más?

El discurso político español actual pone ciertos elementos en una línea de continuidad: al nacionalismo y populismo actualmente se les ha añadido uno más, el feminismo. A todos se les considera peligrosos e ilegítimos porque movilizan a las masas con un exceso de emoción y afectividad que es contagioso y por tanto peligroso. Sin embargo, el contagio emocional se considera positivo si es para celebrar el patriotismo español. Si sales con 100.000 banderas para celebrar que la selección española de fútbol haya ganado el mundial, eso se entiende como una expresión visceral, pero legítima, de un patriotismo necesario para la cohesión nacional. Si salen miles de mujeres a protestar la sentencia a los hechos execrables de La Manada, entonces estamos ante un episodio de histeria colectiva y contagio emocional que excede el grado razonable de reivindicación feminista que necesita la sociedad.

Sobre los feminismos, es interesante cómo se acumula una especie de ‘excedente múltiple’ en ciertas figuras del soberanismo catalán como la alcaldesa Ada Colau, pero sobre todo en algunas mujeres de la CUP, como Ana Gabriel, que han sido permanentemente atacadas.

Ellas encarnan, literalmente, la confluencia de diferencias no asimilables. De ahí el escarnio a que son sometidas. Los ataques que han sufrido por su manera de vestir, por su físico, por su forma de hablar, han sido brutales. Las mujeres de izquierda son particularmente vulnerables, pero hay que decir que la esfera pública es hostil también con las mujeres de derechas, que en ocasiones sufren ataques desproporcionados y sesgados por hechos que en sus compañeros no tienen la misma repercusión. Creo que es digno de análisis el juicio público a que fue sometida Cristina Cifuentes en relación a su máster, sobre todo comparándolo con el caso de Pablo Casado. Por no mencionar que al final su caída viniera precipitada por un trastorno que se relaciona, al igual que la histeria, con una feminidad patológica y vulnerable.

Al otro lado, teníamos la figura de Soraya Sáenz de Santamaría como lo opuesto a esos excesos irracionales, alguien que hacía rendir cuentas. Sin embargo, cuando a partir del 1 de octubre la cosa empezó a desmedirse, se la acusa de débil.

Al principio, Santamaría era muy cómoda para el conservadurismo porque es la mujer cuya actuación política es completamente integrable en el sistema. Es Margaret Tatcher, la mujer de hierro. Mujeres de mano dura y que hacen huelga a la japonesa. En cambio, justo después de la victoria electoral de Colau, Xavier Trias se lamentaba de que fuera “una mujer mandona”. Está claro que la cuestión no es saber mandar o no, sino al servicio de qué pones tu capacidad de mando. Incluso hoy en día, el papel de la mujer en la esfera pública es el de un equilibrio imposible: o nos quedamos cortas o nos pasamos. 

Vinculando dos referentes, España y Estados Unidos, me pregunto cómo articular la cuestión de la soberanía, si ésta al fin y al cabo es el derecho a ejercer esa democracia más deliberativa, disensual, de la que hemos hablando. Uno reclama la soberanía en relación a un estado (Cataluña), y el otro la reclama para el estado con respecto a la globalización (Estados Unidos o Reino Unido). ¿Son lógicas particulares o diferentes? 

Chantal Mouffe alude a las “múltiples instancias de resistencia” a la postdemocracia, que se producen de distintas maneras. En algunos casos, esa resistencia se produce contra el Estado, en otros casos es la reclamación para recuperar competencias supuestamente perdidas por parte del Estado. Son distintas manifestaciones de una oposición a la democracia gerencial, pues la gente entiende que esa práctica no representa sus intereses.

La paradoja es que esas resistencias se han utilizado para insertar reclamaciones de antiguos derechos, que favorecen una concepción elitista y patrimonial de la nación. La proliferación de “hombres fuertes”, de retórica caudillista y patriarcal que prometen salvar a la nación o devolverle su grandeza no es resultado de la gestión democrática permisiva. Al contrario, es la consecuencia del impresionante poder de las oligarquías y conglomerados globales, de la corrupción sistemática y de la degradación de los principios democráticos básicos. 

Para acabar, ¿cómo sería su libro La nación singular. Fantasías de la normalidad democrática española si lo escribiera ahora y proyectado al futuro cercano?

Creo que las ideas básicas que articulaban mi argumento en 2014 (consenso, normalidad política, excedentes de lo nacional, construcción de lo común) se han confirmado como fundamentales en el debate político español. Mi próximo libro se centrará en las emociones en la esfera pública, con particular énfasis en la tríada nacionalismo, populismo, feminismo, porque creo que en el uso de esos términos convergen instancias de resistencia y de ruptura muy significativos. Y esto implicará incidir menos en las políticas de estado, y más en la tensión entre distintas fuerzas, racionalidades y afectos políticos, como las manifestaciones feministas masivas que han tenido lugar en los mismos años, en ocasiones ligadas a las políticas representadas por estos acontecimientos, pero con una proyección mucho más amplia y transversal. 

¿Tenemos caminos abriéndose, para el futuro? 

Sin duda, hay caminos abriéndose en todos los países. Iniciativas ciudadanas que están movilizando  distintas maneras de entender lo común: distintas racionalidades y también distintas sensibilidades, entendiendo la sensibilidad en el sentido de virtud necesaria para la ciudadanía tal y como la entendían en la Ilustración. Si en verdad hubiera un patriotismo cívico, hablaríamos tanto de los momentos de orgullo como de los de vergüenza. Sería más fácil ponernos de acuerdo sobre lo que nos parece intolerable, como la corrupción generalizada, y sobre lo que tenemos que exigir a nuestros representantes políticos, sean del signo que sean, sin excepción. Por lo demás, creo que hay una serie de asuntos de fondo cuya negociación queda pendiente y es insoslayable. Cuestiones que no se solucionan poniendo banderas en los balcones, ni a golpe de decreto-ley, y que tampoco tienen que ver únicamente con Cataluña, sino con otros asuntos, como la monarquía, la educación pública o la independencia del poder judicial.

Autor

IGNASI GOZALO-SALELLAS

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