BARCELONA RADICAL
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com es veu "el procés", ergo Espanya, pel món

9780702812866: Barcelona and Catalonia (Bartholomew World Travel Guide)Desde la empatía a raíz de las cargas policiales del 1-O hasta el miedo al contagio por anhelos secesionistas propios, pasando por el escepticismo y ciertas dosis de desinterés: cada país aplica su peculiar filtro a la hora de analizar la convulsa situación en Catalunya.

Los corresponsales de La Vanguardia exponen la percepción internacional del conflicto con el atractivo turístico de Barcelona como referente común.

FRANCIA

Incomprensión y temor al contagio corso

Eusebio Val

En Francia se han seguido con mucho interés los principales episodios del procés, aunque la cobertura ha menguado en las últimas semanas al volverse todo aún más esperpéntico e incomprensible. Le Figaro ironizaba el miércoles con el hecho de que, tras inventar el “falso referéndum de autodeterminación” y la “falsa declaración de independencia”, los secesionistas catalanes van camino de “la falsa investidura”.

También la actitud de Madrid se toma con humor. El corresponsal de la cadena de radio France Info, en alusión a la sospecha de que Puigdemont pudiera cruzar la frontera oculto en el maletero de un coche, decía hace unos días que el asunto tomaba un cariz propio “de película de James Bond”. Le Parisien, más serio optó por entrevistar al alcalde de Prats de Molló, Claude Ferrer, muy irritado por los controles de vehículos que se atrevía a hacer la Guardia Civil hasta en el propio territorio francés. Ferrer dijo que algo así no lo habían hecho ni los franquistas con los republicanos que huían al terminar la guerra.

‘Le Figaro’ destaca la capacidad de los secesionistas de falsear los hechos

El rotativo católico La Croix se limitó a constatar el galimatías catalán y afirmó, certero, que “la niebla se espesa en torno al futuro de Catalunya y de su presidente”.Lo fundamental, sin embargo, es la dificultad que tiene Francia, política y culturalmente, de comprender y aceptar el secesionismo catalán, menos aún cuando es unilateral. Ha habido editoriales muy duros, como uno en Le Monde, el 30 de septiembre, titulado “Catalunya, un referéndum para nada”, en el que se comparaba la gravedad de la situación con el golpe de Estado de Tejero en 1981.

En el fondo lo que hay es una preocupación por la mala influencia que el caso catalán pueda ejercer en Córcega, una isla donde los nacionalistas ganaron las elecciones de diciembre y exigen más autonomía. Macron visitó el territorio esta semana y prometió incluir su singularidad en la Constitución, pero reiteró por activa y por pasiva que es parte indisoluble de Francia y rechazó de plano la cooficialidad del corso porque el francés “es el primer sedimento de la nación francesa”.

REINO UNIDO

Unos románticos insatisfechos con lo que es España

Rafael Ramos

Los británicos, en general, ven a los catalanes como un pueblo romántico y rebelde, dividido, insatisfecho de su relación con España e impotente a la hora de cambiarla, víctimas de tics autoritarios y deficiencias democráticas heredadas del franquismo, en un contexto en el que siguen abiertas las heridas de la Guerra Civil y los fascistas todavía no se han visto obligados a pedir perdón por sus crímenes.

El devenir del procés, el exilio de Puigdemont y el encarcelamiento de líderes políticos es seguido con enorme interés –mucho más que la mayoría de noticias internacionales–. Los británicos, y no ya tan sólo políticos y periodistas, sino la gente corriente, están familiarizados con el desamor entre Catalunya y España por lo que han escrito sobre la Guerra Civil George Orwell, Paul Preston y Hugh Thomas, por los relatos de los brigadistas que fueron a luchar por la libertad y la república, por las experiencias personales de quienes van de turismo a la Costa Brava o tienen pisos en Barcelona, y por el conocimiento de la rivalidad entre el Barça y el Madrid, una lección en sí misma de política para los aficionados al fútbol.

La imagen de España cae en picado y es la más baja desde antes de la transición

Las informaciones reflejan tanto los argumentos soberanistas como del Gobierno español, recuerdan lo complejo que fue el salto a la democracia, y destacan que la sociedad catalana está dividida casi a partes iguales. Pero numerosas opiniones, aún cuestionando algunos de los métodos del gobierno Puigdemont y la ingenuidad de pensar que la UE o la ONU se iban a poner de su parte, han sido durísimas con la violencia del 1 de octubre, la falta de independencia del poder judicial en España, la negativa en redondo a un referéndum y las detenciones de políticos, que califican de impropias de una de democracia europea del siglo XXI. La impresión, no sólo en los círculos de Westminster sino en la calle, es que los independentistas catalanes han cometido errores, pero que Madrid se ha excedido en la represión. Y que a un premier inglés el 1-O le habría costado el cargo. La imagen de España no estaba tan baja desde la dictadura.

BÉLGICA

Los amigos flamencos del proceso

Jaume Masdeu

Si hay un país que sigue de cerca los avatares de la crisis catalana, éste es sin duda Bélgica. Tamaño interés radica en una tríada de razones. La primera proviene del conocimiento que muchos belgas tienen de Catalunya. Son legión los que la han visitado y creen conocerla, de manera que activan los radares cuando el procés aparece en las noticias. La segunda de las razones deriva de la presencia de Puigdemont y los cuatro exconsellers en Bélgica. Los actos que organiza, la gran manifestación que recorrió las calles de Bruselas el 7 de diciembre, o la aparición de múltiples residencias, reales o supuestas, de Carles Puigdemont alimentan una opinión pública ya previamente interesada.

El tercero de los motivos que explica el interés es la repercusión que está teniendo en la propia política belga. Más de 20 preguntas parlamentarias relacionadas con Catalunya tuvo que responder el primer ministro, Charles Michel, en la sesión del 8 de noviembre. “Hay una crisis en España, no en Bélgica”, afirmó en aquella ocasión para intentar frenar los efectos desestabilizadores que la crisis catalana estaba provocando en su Gobierno.

“Hay una crisis en España, no en Bélgica”, dijo el primer ministro

Interés general de los belgas en seguir la crisis catalana, y apoyo absoluto a Carles Puigdemont por parte de los independentistas flamencos, la N-VA, la primera fuerza política del país. Son los grandes amigos de Puigdemont, los que lo invitan a sus actos, le organizan “cenas de amigos” y han lanzado críticas más duras al Gobierno español. Por supuesto que los próximos a la N-VA apoyan a la causa independentista. Otros flamencos mantienen más distancias con el visitante ilustre y con la causa catalana. En la otra mitad del país, en Valonia, dónde se respira una profunda desconfianza hacia todo tipo de independentismo, hay más interés por conocer el caso que apoyo al proyecto de Puigdemont. Es lo que lleva al periódico La Libre Belgique a considerar “surrealismo catalán” el proyecto de
dirigir Catalunya desde Bélgica

ITALIA

Simpatía, pero pesimismo ante el “limbo”

Anna Buj

El interés es innegable. Cada nueva jugada en el partido catalán, como muchos llaman al procés en Italia, suele aparecer en la sección internacional de los informativos. En las televisiones que dan las últimas noticias en el metro de Roma, la de Carles Puigdemont es una cara habitual. En las tertulias de la radio sobre lo que sucede fuera, después de Trump de vez en cuando se habla de política catalana. Por la calle, los italianos cuentan maravillas de Barcelona. Pero con la irrupción de la campaña electoral para las inciertas elecciones del próximo 4 de marzo cada vez hay menos espacio para el resto de asuntos, tampoco para Catalunya.

Las elecciones italianas han hecho que baje el interés por el ‘procés’

Estos días el punto de vista mayoritario es pesimismo sobre el “limbo” en que se encuentra. Una columna de la semana pasada en La Repubblica analizaba que el aplazamiento de la investidura “solo le gusta a Madrid” y a Mariano Rajoy. “Como siempre, el sueño del premier español es que sus rivales se hagan daño solos”, escribía Alessandro Verni. En La Stampa, el enviado a Barcelona barajaba dos hipótesis para el futuro del Govern: “O Puigdemont (los diputados que le son fieles insisten que la suya es la única candidatura posible, por lo que el escenario más probable es una parálisis institucional y una vuelta a las urnas en primavera). O si, por el contrario, se elige otro nombre, el independentismo, gracias a su mayoría absoluta obtenida en diciembre, tiene tranquilamente los números para volver al poder y, quien sabe, seguir desafiando al Estado español desde el Palau de la Generalitat”.

“Nosotros sentimos una enorme simpatía por los pueblos que aman sus identidades nacionales, como hacemos nosotros”, cuenta un reconocido periodista italiano. “Pero también es verdad que analizamos una posible independencia de Catalunya como una derrota de Europa.

Si Europa no es capaz de frenar a Catalunya, abrirá el grifo de otras tierras que pedirán lo mismo”, continúa. La situación es radicalmente diferente, pero no puede evitar mirar hacia la Lombardía y Véneto.

RUSIA

Un “callejón sin salida” que pierde interés

Gonzalo Aragonés

El destacado interés suscitado en Rusia por la crisis catalana tras el 1-O duró hasta las elecciones. Por una parte, quedó claro que no habría independencia, un elemento que daría argumentos a los territorios rebeldes en Ucrania, Georgia o Moldavia que Moscú apadrina. Por otro, los votos del 21 de diciembre no aclararon el panorama político y la crisis catalana entró “en un callejón sin salida”, como lo calificaba el diario Izvestia a finales de enero en uno de los pocos artículos de análisis de la prensa rusa sobre el tema este año. Las hipótesis de las últimas semanas, desde la investidura por Skype de Carles Puigdemont hasta un supuesto plan para colarse en el Parlament sin ser detectado, se han visto aquí como fantásticas. La lógica dice que se formará “un gobierno de tecnócratas”, apuntaba el hispanista Sebastian Balfour, profesor de la London School of Economics, consultado para el citado artículo.

“La espina catalana está clavada en el cuerpo español”, dice un editorial

Preocupada por asuntos más cercanos, como la guerra de Siria, la exclusión de la selección rusa en los Juegos de Invierno o sus propias elecciones presidenciales de marzo, Catalunya ya no es un tema que haga parar máquinas en Rusia, y por supuesto no provoca tanta adrenalina como en noviembre pasado, cuando el Gobierno español apuntó a una “injerencia rusa” para desestabilizar Catalunya. Tras las primeras protestas y críticas, el Kremlin siguió manteniendo que este es “un asunto interno de España” y hubo paz.

En Rusia ya no esperan grandes acontecimientos en Catalunya: ni revoluciones, ni soluciones. Un editorial de Nezavísimaya Gazeta de finales de diciembre vale también para ahora: “Aunque Madrid vio en las elecciones la posibilidad de sustituir a las elites en Catalunya y de pacificar así la región, es poco probable a corto plazo. La espina catalana está clavada muy profundamente en el cuerpo de España”.

ESTADOS UNIDOS

Del “sorry” al “¿todo es por la economía, no?”

Francesc Peirón

La admiración habitual por Barcelona que expresan muchos neoyorquinos –viajados y cultos, admiradores del arte, la arquitectura, el sol, el buen yantar y el viva la vida–, llegó a un punto este pasado otoño que se transformó en lamento. “Oh, sorry”.

Es lo que decían los conocidos que habían visto las imágenes del 1-O o que habían leído el The Wall Street Journal o, sobre todo, el The New York Times. Los garrotazos policiales les causaron entre pavor e indignación. De ahí los abrazos de solidaridad.

Pero el tiempo pasa, el pulso informativo tiene cosas más cercanas de las que preocuparse, a la espera de la última ocurrencia de Donald Trump. Catalonia se ha ido diluyendo en un país con un alto concepto patrio donde no entienden bien eso de independizarse. Este mismo viernes, una amiga planteó así la cuestión: “¿En verdad, todo es por la economía, no?”.

Los neoyorquinos informados lamentaron el 1-O, luego se ha diluido

El lío aún ha ido más tras un reciente reportaje del corresponsal del Times en España, Raphael Minder, en el que informaba de Tabarnia, “el falso país” surgido en réplica a la Catalunya independentista, con Albert Boadella como presidente en el auto exilio.Un par de colegas se quedaron asombrados. Querían saber más del fake country. No entendían que un teatrero que estuvo contra el dictador Franco, incluso encarcelado tras su muerte, combata al democrático nacionalismo catalán. Las palabras democracia y exilio se hallan en un momento crítico, de mal trato.

A los corresponsales se les comenta que han de salir de Nueva York para tomar el pulso del trumpismo. Así que rumbo a la América profunda de Pensilvania al cumplirse su primer año de Gobierno. El cronista se sorprendió. Hubo tres personas con las que salió el tema Catalonia –ellos querían saber sobre este diario–, y ninguno de los tres tenía ni idea del asunto. En la Fox ya cuentan con demasiadas conspiraciones en el FBI.

DE BIAFRA AL KURDISTÁN

Un referente de pueblos sin Estado

Félix Flores

La independencia de Kosovo, en febrero del 2008, atrajo a numerosos periodistas vascos y catalanes, que fueron muy bien acogidos por sus partidarios, los albanokosovares. Pero también lo fueron, en tanto que españoles, por sus detractores, los serbios. Madrid no reconoció la secesión y además tropas españolas protegían los enclaves serbios. Unos años más tarde, fue en cambio el componente serbio de la Federación de Bosnia-Herzegovina, la República Srpska, quien se fijó en Catalunya y Escocia (sin obtener simpatías). Y el 1-O, la Liga Socialdemócrata de Voivodina colgaba esteladas en sus sedes y reiteraba su apoyo a ERC, defendiendo más autonomía para esta región del norte de Serbia porque, como Catalunya, “somos los más progresistas, somos más ricos y extremadamente antifascistas”.

Catalunya no tiene una historia compleja y trágica como la de los Balcanes pero sirve igual de referente. Incluso en tierras lejanas siempre que tengan un catálogo de agravios y ambiciones, bien independentistas, bien autonomistas. Las similitudes no importan. Del mismo modo, CiU y ERC corrieron en 1991 a Lituania, abanderada de la revolución cantante que independizó a las repúblicas bálticas de la URSS. Hasta que su Parlamento legitimó el Gobierno pronazi de 1941...

En una conexión catalana con los pueblos sin estado hay dos ejemplos notorios: los kurdos de Irak y los igbo de Nigeria, los biafreños por otro nombre. Saharauis, palestinos y kurdos en general cuentan con simpatías compartidas en el resto de España, mientras que el caso de Biafra, en el sudeste del gran país africano, es muy peculiar.

En la provincia serbia de Voivodina colgaron esteladas el 1 de octubre

La guerra por la independencia de Biafra (1967-1970), que tuvo un eco mundial, llevó a un grupo de jóvenes de Valls (Tarragona) a crear en 1969 el Club de Futbol Biafra, cuya camiseta reproducía la bandera del frustrado estado. Ramon Rovira, uno de sus fundadores, se la llevó en el 2007 al antiguo líder biafreño, el coronel Ojukwu, y tres años después asistió a su entierro. El club desapareció en 1978. Hasta entonces, según Rovira, “una manera de hablar de independencia era hablar de la de otros”. En el 2014 se inauguró en l’Hospitalet una embajada –en realidad un local social de los igbo– con asistencia de Àngel Colom, director de la Fundació Nous Catalans. Ni la entidad convergente existe ya ni tampoco, por falta de dinero, aquella sede.

Ahí habría acabado todo, pero Catalunya y Biafra han aparecido unidas en titulares de medios nigerianos, portales de análisis y hasta en la BBC. Jake Udeozor Nnagbo, representante de los igbo en Catalunya y España (conservan un local en Vitoria) no cree que el 1-O inspirara al Indigenous Peoples of Biafra (IPOB) en su demanda de un referéndum del que “el Gobierno no quiere saber nada”, pero sí que “hay que votar para saber lo que la gente quiere; en mi opinión, es mejor que Nigeria no se divida, pero muchos están a favor”. Nnagbo ve la misma situación de penuria hoy que en la época en que fue niño soldado. La represión ha causado cientos de víctimas (150 muertes documentadas por Amnistía Internacional), el IPOB ha sido declarado “terrorista” y su jefe, Nnamdi Kanu, cuyo discurso era violento al principio, tras su paso por la cárcel sufrió un nuevo asalto policial en su casa y está desaparecido.

Tampoco le ha ido bien al Kurdistán iraquí, que celebró un referéndum de autodeterminación no pactado y desde una posición en apariencia fuerte tras la guerra contra el Estado Islámico. Rudaw, su principal canal de televisión, que sigue la actualidad catalana, envió un equipo a Barcelona días antes del 1-O, ya que en la región autónoma votaban el 25 de septiembre. En mayo, su responsable de relaciones exteriores, Falah Mustafa Bakir, había visitado el Parlament y usado claves catalanas al hablar de “proceso” y de implicar a Bagdad en el resultado del referéndum para negociar (La Vanguardia, 21/V/2017). Todo acabó en un 155 y en un apoyo internacional igual a cero. Los kurdos de Siria, como Aziz Mirzo, que regenta un pequeño restaurante en el centro de Barcelona, no podían votar en el referéndum iraquí, obviamente; tampoco los emigrados de Irak. El Kurdistán sirio sufre ahora una ofensiva de Turquía. “Lo que quieren los kurdos es vivir en paz y ser reconocidos –dice Mirzo–. Con la cuarta parte de lo que tienen los catalanes sería suficiente”.

En un lugar tan ignoto como Transnistria, una estrecha franja de mayoría rusófona entre Ucrania y Moldavia, país este último del que se separó a tiros, en el 2006 el entonces ministro de Exteriores, Valeri Litskay, decía a La Vanguardia que “un sistema ideal sería el de Catalunya. Lo estudiamos desde hace años, cada detalle. Los catalanes tienen más y disparan menos: lo que hay que hacer es apretar la pata al poder central”. Transnistria devino en 1992 un estado de opereta, con bandera y moneda propias, que nadie ha reconocido. Durante años de discusiones, la idea de una autonomía a la catalana para su regreso a Moldavia ha surgido por ambas partes. Pero Transnistria sigue en el limbo.

11/02/2018 lavanguardia