"Manual de la buena vida", Luis Racionero

Resultat d'imatges de "Manual de la buena vida" racioneroLuis Racionero

Manual de la buena vida

Libros de Vanguardia

120 Páginas

15 euros

, 16/12/2017, lavanguardia

Luis Racionero (La Seu d’Urgell, 1940) es un intelectual difícil de encasillar. Siempre ha escapado de toda taxonomía que pudiera encorsetar su libertad. Nieto de un dirigente de Esquerra Republicana de Catalunya, e hijo de un militar defensor de la monarquía, se licencia en Ingeniería y Ciencias Eco­nómi­cas en Barcelona. Pero es su estancia en Berkeley (EE.UU.), donde acude a especializarse en ur­banis­mo, lo que le transforma definitivamente. Allí conoce la contracultura, aunque la experiencia supone, sobre todo, una puerta abierta a la filosofía oriental. Novelas, memorias y ensayos conforman la obra de este escritor apasionado del buen vino y los viajes, dedicaciones que ahora recoge, con mucha ironía, en Manual de la buena vida .

Usted vivió su infancia en el Pirineo.

La infancia siempre está ahí. Es el pilar, el tronco de la vida. La Seu, en los años cuarenta, cuando yo era pequeño, realmente era un paraíso terrenal. Era una vida idílica y bucólica. Además, mi abuelo tenía fincas, y yo me iba con los carros de la hierba. Todo aquello era una cosa extraordinaria. Era la sociedad preindustrial.

Y entiende ya desde muy pequeño que convivir con las diferentes maneras de ver el mundo es algo positivo.

Mi abuelo era de ERC, un tío mío era comunista, el otro socialista y el otro falangista. Y jamás les vi discutir de política. Nunca. Quizás hoy en día eso parece incomprensible. Supongo que después de la guerra se quedaron sin ganas de hablar. Allí todos perdieron la razón.

Cuando se trasladan a Barcelona, con su padre militar, se van a vivir al castillo de Montjuïc.

Por fortuna, cuando llegué, en el año 1947, no había las malas vibraciones de cuando había sido cárcel de presos políticos. Para ir a casa tenía que atravesar el puente levadizo. Todos los ventanales que hay en el ala izquierda formaban parte del piso en el que vivíamos.

En su primer viaje a EE.UU. visita el Ca­pitolio, en 1959, y puede preguntar a John Kennedy sobre las condiciones que necesita un país democrático. Le contesta: libertad de prensa, separación de poderes y elecciones libres. ¿Cuál es la vigencia de esa respuesta aquí y ahora?

En este momento no se garantizan las tres condiciones en España. El Gobierno central ha substituido la política por la justicia, y eso es una tergiversación de Montesquieu. Lo que se ha de resolver políticamente no se puede hacer desde la justicia. Es demasiado fácil. Y de ahí el gran enredo que se ha provocado. Hay que separar los poderes, siempre.

Lo cierto es que no encuentra su espacio en la universidad española de la época. No le atrae ni el falangismo, ni el mar­xismo ni las ideas regeneracionistas del 98.

El único que leía con ganas era a Ortega. Pensaba muy bien y escribía muy bien, y yo intentaba tenerlo como modelo para la escritura. Cuando hice Ingeniería no se filosofaba, estudiabas y punto. Y aquello me sirvió para saber matemáticas y lógica, y estructurar la cabeza, que es muy bueno para todo. En cambio, en Económicas discutíamos mucho. Daba Filosofía Manuel Sacristán, que era un comunista furibundo, y un positivista lógico.

Y un gran profesor, según dicen.

Sacristán era muy buen profesor, sí, y muy íntegro. Pero estaba rodeado de corifeos, como Fabià Estapé, que vivían como capitalistas diciendo que eran comunistas. Algo que en este país se ha dado demasiado. Y a pesar de que Sacristán era un hombre extraordinario, al que amabas profundamente porque era honesto, no podía pensar como él. Nunca me ha gustado el marxismo porque he leído a Marx. Sus teorías son antihumanas. Yo soy más anarquista. No soporto
a los comunistas, son de mente cerrada y fría, y sacrifican la personali-
dad humana por unas finalidades colec­tivas que nunca existen. Y como dijo Kant, el hombre es un fin en sí mismo.

Lo que es fundacional para usted es su estancia en Berkeley, entre 1968 y 1969, donde va a especializarse en urbanismo. Allí vive el auge de la contracultura.

Fui a encontrarme con la filosofía oriental. En San Francisco había una serie de centros que impartían las experiencias del zen y del yoga, y otras visiones del mundo. Pero, claro, la contracultura y los hippies ya fue un regalo. Como también fue un regalo la enorme calidad de los profesores que había en Berkeley. Iba a clase como quien va al cine.

Regresa transformado. Y con muchas ideas sobre cómo ha de ser el urbanismo en la España que se está construyendo. ¿Qué es lo peor que ha hecho Barcelona, en ese sentido, durante los últimos veinticinco años?

Lo peor son las plazas duras. Es no entender nada. Esas abominaciones, como la plaza de Sants o Lesseps, y otras imitaciones baratas que luego se han hecho en toda Catalunya. En un país mediterráneo se necesitan plazas donde haya sombra y frescor. Nadie puede utilizar esas plazas duras en junio, julio o agosto. Oriol ­Bohigas, quien las inventó, no se dio cuenta de que, al copiarlas de los países nórdicos, no se adaptaban bien aquí.

¿Y lo mejor?

La escala humana de Barcelona. Tenemos un centro de la ciudad, pero los barrios son autónomos por sí mismos. Quizás el hecho de que, por ejemplo, Gràcia fuera un pueblo antes le ha dado una estructura de pequeña ciudad. Como le pasa a Les Corts o a Sarrià. Esto es buenísimo, que dentro del casco urbano existan subcentros.

En 1982 se presenta en las elecciones generales como número uno en Girona por Esquerra Republicana. Casi sale elegido. ¿Cree que le hubiera interesado la vida parlamentaria?

Me lo vinieron a pedir. Se estaba iniciando la democracia, y pensé que todos teníamos que ayudar. Supongo que me hubiera cansado de una vida parlamentaria. También me cansé de dar clases, aunque me apasionaba. Me repetía a mí mismo. No me imagino haciendo una vida política, y menos viendo cómo está la española. Después de Calvo Sotelo ha sido un desastre. Felipe González ha sido el político más nefasto. Mucha gente ha sido embaucada por él.

¿Por eso, una década después, firma un manifiesto a favor de Aznar? Le llegaron a incluir, junto a Umbral o Cela, en lo que llamaron el ‘sindicato del crimen’.

Tras el arrasamiento de las ideas y la cultura por parte del PSOE, que sólo daba cargos a los que tenían el carnet en la boca, un grupo de gente de pensamiento libre nos juntamos ahí. Más que un manifiesto era criticar el pensamiento único. Incluso el franquismo había dado trabajos a gente como Narcís Serra o Maragall porque, sin ser de la cuerda, sabían de lo suyo. El socialismo jamás hizo eso.

En el 2001 le nombran director de la Biblioteca Nacional. ¿Cómo recuerda ese período de su vida pública?

Fue un honor. Es una de las bibliotecas nacionales más importantes del mundo. También fui muy feliz como director del Colegio de España en París.

¿Ve peor Europa, ahora, que hace unos años?

Si seguimos con el nacionalismo francés, ¿qué Europa va haber? Es una reunión de amigos que han puesto unos aranceles más bajos, y poca cosa más. Para que exista Europa ha de haber un primer ministro europeo, un ejército europeo, un ministro de asuntos exteriores… Los nacionalismos han de bajar de nivel. Los estados nación surgen por una aglomeración de ducados, condados, reinos, etcétera. Ahora pasa lo mismo. Europa debería rebajar y asumir las competencias de los estados miembros.

En su nuevo libro, ‘Manual de la buena vida’, recuerda que “nada se consigue sin esfuerzo”.

Si no tienes talento no tienes nada que hacer. Pero luego todo requiere esfuerzo. Aquí nadie sabe beber vino porque no se han esforzado. Yo he ido a la Borgoña cada año durante cuarenta años. Aunque luego es placentero, se trata de un esfuerzo. Como ir a comprar comida en el sitio adecuado, y no comer cualquier cosa congelada. Todo, incluso la buena vida, requiere un esfuerzo.

Defiende que el objetivo no es el fruto de la experiencia, sino la experiencia misma. ¿Cree que estamos en una sociedad obsesionada con los resultados?

Nos empujan. Ahora hay un idiota que sale en la tele diciendo: “No puedes no tenerlo todo”. Es algo siniestro y nefasto para la gente. Debería estar prohibido. Deberían meterlos en la cárcel. Es un disparate decirle a la gente que tiene que quererlo todo.

Habla de la publicidad como una droga peligrosa. ¿Estamos inmersos, más de lo que somos conscientes, en un universo dirigido por la propaganda?

Todo lo que se gasta en publicidad es para perturbar la serenidad humana. La publicidad, que tenía que servir para informar, es un instrumento de idiotización. Es la peor de las drogas. Te conviertes en esclavo por tu propia voluntad.

¿A qué le llamamos felicidad? ¿Qué diferencia al epicúreo del asceta?

La base de la felicidad es el estado de ánimo. El querer siempre algo nuevo no ayuda. El asceta disminuye las necesidades y los medios. El epicúreo los equilibra.

¿Por qué el hogar ha de ser un lugar para el vacío?

El ruido es malísimo. El yoga precisamente consiste en parar los movimientos de la mente. Si tienes un exceso de impacto visual en casa, ya tienes la cabeza demasiado llena.

Nadie como Alexis Zorba, descrito por Nikos Kazantzakis, ha encarnado el Mediterráneo, sobre todo frente a la frialdad del intelectual británico que le acompaña. Usted le puso el nombre de Alexis a su hijo como homenaje al personaje.

El vitalismo es la mejor manera de vivir, pero hay que ser muy valiente. Yo quisiera ser Zorba. Después de que se destruye todo se pone a bailar. Muy a pesar mío, creo que he sido más como el intelectual.

Considera que deberíamos imitar a los pájaros y migrar cada cierto tiempo.

Las migraciones es de lo más sabio. Los animales están en el Tao. Tienen lo que propugna Lao-Tsé, estar viviendo aquí y ahora sin miedo, siguiendo las propias pulsiones y emociones. Si hubiese podido elegir, hubiera nacido águila. Lo ves todo por arriba sin cansarte demasiado.

En ‘Manual de la buena vida’ también afirma que carecemos de nuevos criterios para evaluar las obras de arte contemporáneas.

El arte ha de tener unos criterios, como los hay en el Tratado de pintura de Leonardo Da Vinci o en el De pictura, de Leon Battista Alberti. Por supuesto, luego se pueden cambiar. Pero lo que no se puede hacer es permitir que cualquier desaprensivo diga que algo es arte porque sí. Simplemente ha de hacer tres cosas: exhibirlo en ciertas galerías de postín, conseguir que un millonario lo compre, y luego hacer que unos críticos digan que es muy bueno. Estas tres cosas no tienen nada que ver con la obra de arte en sí misma. Todo se puede resumir hoy en una maniobra de relaciones públicas.

En su libro se fija, también, en una sorprendente paradoja: las rutinas hacen menos aburrida la vida.

Lo descubrí en Poblet. Tuve la suerte de conocer a Josep Pla, y me aconsejó que pasara una semana en el monasterio. Los monjes han llegado a una sabiduría sobre la rutina de los tiempos que es magistral.

¿Qué es la voluptuosidad?

Es el placer elegante.

¿Y la elegancia es una forma de ética?

Sin duda. Es que el placer ha de ser medido y sereno. Y eso tiene que ver con la ética de la vida cotidiana, de los accesorios. Hemos nacido para hacer la vida agradable a los demás. Para luego hacérnosla agradable a nosotros mismos.