´Pekín en coma´, Ma Jian

"En ´Pekín en coma´, el escritor exiliado Ma Jian muestra el reverso del llamado milagro chino y, a través de elaboradas escenas, ofrece una brillante crónica que va de Tiananmen a los eventos preolímpicos."

Ma Jian
'Pekín en coma'
Mondadori
658 pgs
28,9 euros

Después de los fastos de los Juegos Olímpicos y del liderazgo en el medallero del país anfitrión, no viene mal meterse en este novelón y conocer los entresijos de la China real. Como anuncia su título, Pekín en coma es una radiografía demoledora de una nación en estado de shock, y cuyo despegue económico no ha alcanzado - ni de lejos- a borrar las políticas de exterminio de la era maoísta, ni los daños morales que arrastra una sociedad todavía tutelada por un sistema totalitario. Ma Jian - exiliado sucesivamente en Hong Kong y ahora Londres- ha escrito sobre todo un impresionante testimonio del movimiento estudiantil de Tiananmen, y de la matanza que le puso término en junio de 1989, y que se rubricó con un implacable silenciamiento oficial. Pero las presentes 658 páginas desbordan el marco de una obra-denuncia, y reflejan con lirismo y hondura los vaivenes de tres generaciones que han de construir sus vidas al socaire del constante intervencionismo estatal, y que saben encontrar en último término en la recámara de sus mentes espacios para la imaginación y la libertad.

Ma Jian, por cierto, ha ideado un recurso eficacísimo para situar el relato en una perspectiva fructífera: Dai Wei, el protagonista y narrador (líder estudiantil), está en coma, víctima de un balazo durante el asalto militar a Tiananmen. Y su desconexión del mundo circundante le permite ahora zafarse por fin de la presión policial, y conjurar su vida y la de sus mayores con una sinceridad limpia de censuras. En cualquier caso algunos episodios se resisten a emerger porque, de tan espeluznantes, resultan irreales: el abuelo paterno fue enterrado vivo por su propio hijo, por orden de los guardias rojos; el abuelo materno, al ver que se le confiscaba la fábrica, se lanzó al vacío desde el tejado; la abuela Li murió abrasada por agua hirviente que sus captores le derramaron vaciando termos sobre su cabeza; el padre, violinista profesional, volvió de Estados Unidos a su país para abrirse camino allí, ¡y Mao le confinó veintidós años en un campo de trabajo, por derechista!

Last but not least,cuando el hijo visita de mayor ese campo para conocer a las personas que más humanitariamente trataron a su progenitor, se entera de que en 1968, en una de las oleadas más violentas de la revolución cultural, aquellas (y miles más) fueron golpeadas hasta la muerte, y luego literalmente comidas como enemigos de clase. En fin: por momentos, volvemos a la atmósfera de bestialidad recreada por Jonathan Littell en Las benévolas...

Vivir por libre

Dai Wei, comatoso, como un pez en hibernación, tiene ahora todo el tiempo y la calma del mundo para evaluar las atrocidades que destrozaron las vidas de sus padres y abuelos, y se da cuenta de que, en revancha, su generación no ha querido ser una generación malograda: ha aspirado a controlar sus propios destinos y ha creído en la máxima confuciana de que a los tres ejércitos se les puede arrebatar su comandante pero al hombre de a pie no se le puede quitar su voluntad. Esa determinación de vivir por libre y sacudirse los diktats del aparato gubernamental es la que aflorará cuando Dai vaya al sur, se inscriba en la Universidad de Cantón para estudiar biología, empatice con compañeros de otras facultades que le descubran los libros de Hemingway, Kafka o Freud, y empiece a tener flirts con chicas más o menos vaporosas y misteriosas. Aunque manda Deng Xiaoping, y en los barrios sigue habiendo cajas rojas para echar informes de mala conducta política, en los campus corren aires más puros, la juventud se enzarza en debates y controversias y, en los ratos de ocio, hay impunidad para vivir una más espontánea sexualidad. Acostumbrados como están a ver a sus mayores siempre acosados, estos jóvenes - ellas más que ellos- llegan a culpabilizarse con sus emociones y a tener miedo a la felicidad.

En cualquier caso, están decididos a plantar cara a los nuevos tiempos. "Quiero demostrarle a mi padre que no puede pasarse la vida entera en un estado de docilidad y sumisión", le dice a Dai Wei una de sus novias, Tian Yi, cuya madre se suicidó después de que los guardias rojos le afeitaran el vello púbico por contrarrevolucionaria. Dai, Tian y decenas y decenas de jóvenes del país van a tener una primera ocasión de manifestarse en una concentración pacífica cuando en abril de 1989 muera el secretario general reformista Hu Yaobang. De golpe prende un espíritu generalizado de protesta, y estudiantes de todas partes (de Pekín y de provincias) dejan de jugar al mahjong y de bravuconear por los pasillos, se atan pañuelos rojos a la cabeza y se unen al clamor por una democratización de la nación.

A partir de ahora, el novelón se bifurca claramente en dos tiempos: el de Dai Wei conectado al gotero intravenoso, aparentemente fuera de juego, con una madre histérica que se afana en torno a él; y el del movimiento estudiantil que crece y crece en Pekín, y que va a sostenerle un auténtico pulso a los jerarcas del PCCh. Sin lugar a dudas Joyce habría aplaudido la osadía técnica de Ma Jiang, al hacer circular la evocación de un acontecimiento de gran calado histórico a través de la mente en combustión de un comatoso. La voluntad de vida que se contagia a la masa que ocupa Tiananmen durante semanas y semanas es en el fondo la misma que bulle en la corteza cerebral de Dai Wei y que pugna por activar sus centros de lenguaje. Y por otra parte resulta extraordinariamente subversor que, frente a la insidiosidad del sistema obcecado en borrar las dimensiones de lo que de verdad ocurrió, el ejercicio de memoria histórica compensador se haya confiado a un desahuciado, a alguien por lo demás a quien las circunstancias han puesto a recaudo del control policial. Y en este sentido Ma Jiang llega al punto de convencernos de que Dai, en estado vegetativo pero conectado con los centros nerviosos de su propio pasado, está más vivo que "las comatosas multitudes", que en la China de los noventa se agitan de aquí para allá, engolosinadas con la panacea consumista y la candidatura olímpica.

Singladura final

La novela en definitiva ofrece una animada crónica de la ocupación de la plaza, las luchas por la dirección del movimiento, la huelga de hambre en la que se embarcaron algunos estudiantes, y finalmente el terrible día del despeje de Tiananmen, cuando el ejército tiró a matar y los carros apisonaron literalmente a chicos y chicas que sólo querían un futuro más libre. Pero Ma Jian juega más (y mejor) sus cartas en el plano simbólico que en el realista, y es en la singladura final de Dai Wei donde termina encerrándose el sentido más profundo de la obra. Su antigua novia Tian Yi fue un día a despedirse de él antes de partir a América, y le dejó en prenda una cinta de la sinfonía Resurrección de Mahler. Y en efecto Dai Wei va a renacer cuando a su ventana se acerque una mañana un gorrión, y salte sobre su pecho, y se acune en su axila. Es el heraldo de un hermoso despertar, tanto más cuanto que a su alrededor las excavadoras están en plena demolición preolímpica.

8-X-08, Carles Barba, culturas/lavanguardia