´Fracaso total´, Miquel Roca Junyent

Hay un principio medioambiental que afirma que quien contamina paga. Desde el punto de vista cívico, este principio debería conducirnos a establecer que quien destroza el mobiliario urbano debe pagarlo; quien ensucia las calles tiene que satisfacer el coste de la limpieza o, si es insolvente, está obligado a atender directamente con su propio trabajo a esta tarea.

Quien impide a los vecinos dormir, o quien inunda las calles con su música a todo volumen, debe reparar el perjuicio que causa a los demás ciudadanos.

No tiene sentido que el bienestar se confunda con la obligación de costear el incivismo. Los impuestos de los ciudadanos no están para pagar los destrozos que realizan los bárbaros.

¡Resulta que, viviendo en plena crisis económica, tendremos menos escuelas, menos dispensarios o menos asistencia social, porque deberemos aplicar parte de los impuestos satisfechos por los ciudadanos a reponer el material urbano que unos vándalos han destrozado o para contratar limpiezas extraordinarias de botellones fin de fiesta!

No se trata de definir nuevos delitos o faltas; se trata, pura y simplemente, de hacer pagar a los incívicos el coste de sus destrozos.

No puede ser que al final de fiestas populares en nuestros barrios y pueblos nos conformemos en señalar que este año se han retirado menos toneladas de desperdicios.

La buena noticia sería poder decir que esto no va a costar dinero a la ciudad, porque los vándalos han pagado su incivismo; o que se han visto obligados, escoba y manguera en mano, a trabajar para reponer las cosas en su sitio.

Hace muchos años - cuarenta-, en la capital de Finlandia, Helsinki, un presidente de una importante compañía que había venido a buscarme al aeropuerto me decía que la autopista por la que habíamos circulado la había hecho él. Ingenuamente, le señalé que desconocía que su grupo empresarial tuviera una división de construcción de obra pública.

El presidente sonrió: no, no tenían ninguna compañía de construcción; lo que ocurrió es que, por conducir con más alcohol del permitido, le habían impuesto la sanción de trabajo social durante el periodo de un mes y le tocó trabajar como peón en la construcción de aquella autopista. Y no lo explicaba como una hazaña; era, simplemente, el recuerdo no avergonzado de que el civismo, si no se cumple, se impone. En la actualidad, Finlandia es el país que tiene desde hace muchos años el mejor sistema educativo del mundo. Todo se relaciona: civismo y sistema educativo. Por esto, nosotros vamos a la cola en ambas asignaturas.

Esta medalla seguro que no la vamos a ganar.

Aquí el fracaso es total.

24-VIII-08, Miquel Roca Junyent, lavanguardia