´El mito del apoliticismo de los Juegos´, Pascal Boniface

La Carta Olímpica es clara y explícita al respecto: proscribe cualquier declaración o manifestación política en el recinto olímpico: "No se autorizará ninguna clase de manifestación de propaganda, política, religiosa o racial en los recintos olímpicos, ámbitos de competición u otras instalaciones olímpicas".

Sin embargo, esta prohibición formal pesa sobre los atletas considerados individualmente y no posee la misma significación en el caso de los distintos estados. Porque los Juegos Olímpicos, por definición, son totalmente políticos. El requisito del apoliticismo es, pues, total en el caso de los atletas y laxo en el de los estados. Si se conviene en que los atletas son embajadores de los diferentes países que compiten cada cuatro años y, en consecuencia, están obligados a mantener su reserva, los estados en cambio quedan libres para decidir su propia línea política.

Al erigir los Juegos Olímpicos en símbolo de paz, sus promotores contaban ya con una agenda rebosante de política, ya que se trataba ni más ni menos que de contribuir a cambiar la faz del planeta. Tras la Primera Guerra Mundial, el deporte, que adoptó un creciente papel, se convirtió en instrumento diplomático al servicio de los estados. En la mayoría de los países, el ministro de Asuntos Exteriores era el responsable de la política deportiva. Si tenemos en cuenta esto, la verdad es que por lo que a apoliticismo se refiere el listón es, sin duda, bastante mejorable.

La autorización a participar en los Juegos Olímpicos y, en consecuencia, ser admitido en la gran familia universal del deporte es una realidad elocuente sobre las relaciones de las fuerzas políticas. Tras la Primera Guerra Mundial, Austria, Alemania, Hungría, Turquía y Bulgaria fueron excluidas de los Juegos de Amberes en 1920. ¡Ay de los vencidos! Quienes hacen la ley olímpica son los vencedores. Alemania, a la que se quería siempre castigar constantemente y cuyo aislamiento quería Francia (influyente entonces en el Comité Olímpico Internacional) mantener, no sería tampoco admitida a participar en los Juegos Olímpicos de 1924 que, por añadidura, se celebraron en la capital. El motivo era evidente: ¡nadie quería ver a los atletas alemanes triunfar y subir al podio en París!

Para demostrar que el castigo contra Alemania había finalizado se le concedieron los Juegos en 1931, sin saber que finalmente sería Hitler y el régimen nazi quienes los acogerían cinco años después, en 1936. Alemania y Japón serían nuevamente excluidos de los Juegos después de la Segunda Guerra Mundial. E igualmente Japón acogió los JJ. OO. en 1964, señal de su plena reintegración en la comunidad internacional y del apoyo de los occidentales. En los años sesenta se excluyó a Sudáfrica por mantener el régimen del apartheid. En 1999 se suspendió la participación de Afganistán para sancionar la prohibición - por parte del régimen talibán- de que las mujeres participaran en actividades deportivas.

Si la admisión o exclusión de un comité olímpico nacional tiene de hecho connotaciones políticas, ya no digamos la concesión de los Juegos Olímpicos. El mundo occidental mantiene su predominio sobre el COI. Si la Unión Soviética obtuvo la concesión de los Juegos de 1980, que se celebraron en Moscú, obedece a que en 1973, fecha de la decisión, prevalecía la distensión. Moscú y Washington firmaban resueltamente acuerdos de control de armamentos y gestionaban al alimón los conflictos del Tercer Mundo. En un periodo de confrontación con Estados Unidos, China no habría podido obtener nunca la concesión de los Juegos que ahora empieza a celebrar. Sin embargo, en el 2001 su candidatura obtuvo la designación.

No hay duda de que el factor geopolítico desempeña su propio papel a la hora de designar el país organizador de los Juegos. Intervienen factores sutiles, nunca mostrados a las claras, pero que tienen su peso correspondiente.

8-VIII-08, Pascal Boniface, lavanguardia