┤T˛tem Llop┤ (Mong˛lia ┤Interior┤), Jiang Rong

 - web oficial clicando imagen -

referencia en librería

Uno de los éxitos literarios más notables de los últimos años en China se llama Tótem Lobo, seudónimo de un pasado disidente. Es una novela literariamente notable que describe, con toda crudeza, cómo los chinos destrozaron la estepa de Mongolia Interior (una de las regiones más pobres), y con ella, la cultura de la nación mongola, nómada y pastoril, compuesta por hombres libres y dignos. Su protagonista, Chen Zhen, es un "joven instruido" de Pekín que la revolución cultural castiga enviándolo a trabajar de pastor en el confín mongol, que acabará por admirar.

La cultura china han es descrita en la novela como algo servil y despreciable, en unos términos absolutamente demoledores. Por el contrario, la cultura de los mongoles es ensalzada como ejemplo de armonía con el entorno. La roturación de la estepa a cargo de colonos chinos y la sedentarización forzosa de los nómadas convirtió praderas en desiertos. El proceso se presenta como "el tesoro que nosotros, los chinos, destruimos".

Los lobos son los mongoles, los chinos son las ratas. El protagonista afirma en un momento dado: "Desaparecidos los lobos, las ratas se han convertido en las reinas de la estepa. Los chinos llevan el carácter de ese animal, el primero de los doce de su zodiaco, que se corresponde bien con la mentalidad de pequeño pueblo agrícola que no ve mas allá de su nariz".

La novela ha vendido veinte millones de ejemplares y sus ediciones en el extranjero están subvencionadas por el propio Departamento de Información del Gobierno Chino.

26-III-08, Rafael Poch, lavanguardia

Hace 40 años, Jiang Rong era un joven instruido de la capital, hijo de funcionarios por la revolución Fue enviado al noroeste de la provincia de Mongolia Interior a trabajar como pastor. Allí se enamoró de la vida de los nómadas mongoles, hombres libres, dignos y con un profundo y secular vínculo con la naturaleza, que acabaron adoptando como hermano al joven chino.

Muchos años después, Jiang Rong rememora aquellos once años vividos en la pradera mongola, y el resultado es una novela notable. Sus descripciones de la naturaleza, de los animales y de los hombres de la pradera son de gran calidad. Tienen el genio de lo vivido, pasado por el tamiz de la pasión del joven chino hacia todo aquel mundo.

Las escenas que recoge la novela son "como cuadros", explica, "fotografías que habían quedado grabadas en mi memoria" y que el autor transforma en escritura, sin la menor concesión al adorno. Todo es exacto; el comportamiento de la marmota, la conducta de los lobos, y la curiosa relación de parentesco que los cazadores mantienen con esas bestias, una de las cosas que más me impactaron en mi propia experiencia mongola.

Pero el libro es mucho más que una obra literaria. Jiang Rong describe cómo la colonización maoísta de la pradera acabó con aquel medio, su cultura y sus tesoros, tal como 150 años atrás había ocurrido en la pradera norteamericana. La roturación de la estepa con fines de explotación agraria a cargo de colonos chinos, así como la sedentarización forzosa de los nómadas, convirtió praderas en desiertos. Los mongoles son los lobos, animal que suma inteligencia e independencia, un símbolo de libertad. Los chinos han son borregos, esclavos sin altura de miras. La cultura china han es descrita en Tótem Lobo como algo servil y despreciable, en unos términos absolutamente demoledores. La cultura de los mongoles es ensalzada como ejemplo de armonía con el entorno. El proceso se presenta como, "el tesoro, que nosotros, chinos, destruimos…"

Tuvieron que pasar muchos años para que las víctimas del genocidio indígena en América del Norte fueran presentadas como tales por la literatura y la industria del entretenimiento. En China, treinta años después de la devastación de la pradera mongola, ese ejercicio se lleva a cabo de la forma más radical y rotunda, y se convierte en un gran éxito literario. Tótem Lobo ha vendido más de 20 millones de ejemplares desde el 2004 (18 millones de ellos en ediciones piratas). En la universidad, en el ejército y, por supuesto, en la pradera mongola, todo el mundo lo ha leído. Una sociedad que hace treinta años adoraba a su líder como a un dios, está creando ahora una visión muy crítica de sí misma y esa visión resulta ser muy popular. Ese es el motivo por el que Tótem Lobo es un fenómeno sociológico de la nueva China.

Traducida a más de veinte lenguas (la traducción al catalán y al castellano - desde el inglés- está en marcha: para las editoriales Alfaguara y RBA, respectivamente), de esa novela se han dicho en Occidente algunas tonterías. Un crítico alemán ha visto en ella una apología de una forma de gobierno de tipo fascista. En Der Spiegel se ha leído que la novela es "una de esas historias de éxito que gustan al Partido Comunista". La agencia Bloomberg habla en su reseña de una "novela nacionalista".

Jiang Rong dice que "simplemente esa gente no tiene ni idea". Para el fascismo, las naciones invadidas son inferiores y deben adoptar las formas de quienes las dominan, explica. "En mi libro se trata de lo contrario; de la crítica de los chinos han y de su carácter, que se compara con el de los borregos. ¿Es propio de los fascistas afirmar que la propia nación de uno es una nación de borregos?". Unos jóvenes chinos resultan fascinados por los pastores nómadas, que les llaman y los consideran "hermanos". "No tiene nada que ver con el tipo de hermandad que los nazis ofrecieron a los judíos, ¿verdad?", dice el autor.

Le pregunto a Jiang sobre Tíbet. Se declara "completamente en contra del separatismo". "Chinos han y tibetanos son parientes étnicos", dice. "Somos hermanos, con ancestros comunes. El budismo tibetano tuvo una influencia profunda en el budismo chino", afirma.

A continuación, explica que, "el Gobierno chino ha invertido mucho dinero en Tíbet", y que, "se han hecho cambios fundamentales en la sociedad y la economía". Objeto que, precisamente, lo que su libro apunta es que a veces el desarrollo es el problema; ¿cómo dar a esas culturas un lugar en la modernidad sin destruirlas? "Es una gran cuestión", responde.

"Los han tienen la errónea concepción de que pueden imponer su cultura para cambiar la de los demás, más atrasados.Algunas cosas son buenas; por ejemplo construir hospitales, escuelas, etcétera, pero si quieres imponer la cultura sedentaria, es un error basado en un desconocimiento de la cultura mongola", dice Jiang Rong.

14-IV-08, Rafael Poch, lavanguardia


Pékin, le 26 novembre 2007

J.-J. A. – Pourquoi avoir écrit ce livre ?

J.R. – Je suis un farouche défenseur de la liberté. Toute ma vie, j’aurai lutté pour elle. Or, en Chine, depuis toujours les institutions oppressent la liberté, y compris celle de penser. Et tous les mouvements en sa faveur ont, dans mon pays, fini tragiquement. La raison fondamentale en est que l’idée même de liberté n’a pas de racines dans la culture traditionnelle chinoise. La population chinoise est, pour l’essentiel, composée de paysans et d’intellectuels fonctionnaires. Ces derniers sont attirés par le confucianisme, qui prône la soumission. Quant aux paysans, leur but dans la vie est de parvenir à satisfaire leurs besoins primaires et leur envie de stabilité. Ce qui explique qu’en Chine les mouvements en faveur de la liberté aient toujours échoué.
Pour qu’un tel mouvement puisse réussir, il faut d’abord que le pays passe par une phase de transition, d’initiation au concept même de liberté. Un peu comme l’a été, pour vous Français, la période des Lumières.
Lorsque je suis parti vivre en Mongolie-Intérieure (ndlr : de 1967 à 1978), je l’ai fait par choix, un an avant que Mao n’appelle à la rééducation des intellectuels auprès des masses paysannes. J'ai alors senti, à côtoyer le peuple mongol et les loups, et notamment le louveteau que j’ai élevé, combien, chez eux, l’appétit de liberté était fort et puissant. J’en ai été profondément transformé.

Les deux cultures – la culture nomade des Mongols et la culture sédentaire des Han (ndlr : l’ethnie Han représente à elle seule plus de 90 % de la population totale de la Chine) – sont très différentes, et les confronter m’a permis de comprendre les faiblesses inhérentes à la culture des Han. À cinq reprises dans leur histoire, ceux-ci ont été battus et dominés, parfois pendant plusieurs siècles, par les dirigeants de peuples cent fois moins nombreux qu’eux… dont les Mongols. Pourquoi ? Parce qu’un peuple sans esprit de liberté ne peut pas progresser, parce qu’il est faible et facile à soumettre.
La Chine d’aujourd’hui n’échappe pas à ces faiblesses. Fondamentalement, les Chinois restent des conservateurs y compris dans leurs valeurs. Ils sont peu épris de liberté, donc faibles, et sans esprit d’indépendance, sans soif de démocratie.

Mais je me suis dit qu’ils pouvaient, comme moi, percevoir tout cela, le comprendre, et modifier leur façon de voir les choses, si je parvenais à leur faire ressentir et aimer cette aspiration à la liberté qui habite les Mongols. C’est cela Le Totem du loup !
Et puis, vous savez, toute cette période passée dans la steppe m’a fortement lié à la culture des nomades. Durant les vingt années qui ont suivi, j’ai senti peu à peu monter en moi la nécessité impérieuse de raconter ce que j’avais vu, compris, aimé. J’étais comme une Cocotte-Minute sur le point d’exploser. Il fallait que j’écrive ce livre. Je ne pouvais rien faire d’autre. Finalement, je l’ai fait, cela m’a pris six ans.


J.-J. A. – Mais cette culture mongole est en train de disparaître, voire a déjà disparu pour l’essentiel, comme vous le racontez et l’illustrez de façon si saisissante dans votre livre. Diriez-vous que Le Totem du loup est un livre de nostalgie ou de combat ?

J.R. – Comment pourrait-il ne pas y avoir de nostalgie dans ce roman, alors que j’y ai rassemblé mes propres souvenirs et ceux de beaucoup d’autres personnes à qui la Mongolie était familière ! Les aventures qui s’y déroulent ne pourraient plus arriver aujourd’hui, c’est sûr. Mais en même temps, je cherche à combattre la pensée confucéenne « moyenâgeuse » des Chinois, leur état d’esprit de petits paysans.
Je me sens le transmetteur du message laissé par les Mongols. Mon livre est le témoignage de leur culture nomade. Il en est le porteur.
Avec Le Totem du loup, mon ambition était double : d’une part, permettre aux Chinois de comprendre les faiblesses de leur propre culture ; d’autre part, livrer une image aussi fidèle que possible de cette culture – disparue en grande partie –, de ce peuple des steppes, et des loups qui vivaient près d’eux.


J.-J. A. – Pensez-vous avoir atteint vos objectifs ? Comment votre livre a-t-il été reçu ?

J.R. – Comme vous le savez, le succès commercial a été gigantesque : 2 millions d’exemplaires vendus pour l’édition originale, sans compter les innombrables copies pirates qui circulent (ndlr : on parle de 15 à 20 millions de copies pirates vendues sur le territoire de la Chine).
À la façon dont il a été reçu par les intellectuels, je pense qu’il a aussi atteint son but. Ses plus violents détracteurs sont les défenseurs attitrés du confucianisme, les ultranationalistes et les intellectuels les plus conservateurs. Aujourd’hui encore, trois ans après la première publication, on trouve sur Internet des appels pour l’interdiction de mon livre !
Mais le livre a rencontré un énorme succès auprès du grand public et de tous ceux qui œuvrent pour la défense de la liberté, l’ouverture de la Chine, le progrès de la démocratie. On en parle et on l’étudie dans les universités, les lycées et y compris dans certains collèges. Plusieurs thèses consacrées au Totem du loup sont en cours de rédaction. Il a eu un énorme retentissement dans le monde des arts, du sport, chez les journalistes, et même dans le monde politique et chez les militaires.
Oui, je crois que pour de nombreux Chinois il n’est pas resté sans écho, et c’est ce que je souhaitais.


J.-J. A. – Et en Mongolie ?

J.R. – Alors là, c’est à peine croyable. Le livre n’a été traduit en mongol que l’année dernière, mais je crois qu’aujourd’hui tous les habitants de la région l’ont lu. J’ai reçu beaucoup de lettres de remerciements, dont l’une – qui m’a énormément touché – du plus célèbre écrivain mongol contemporain.
Les Mongols qui viennent à Pékin prennent contact avec mon éditeur pour essayer de me rencontrer. Sur le plateau mongol, à l’endroit où j’ai séjourné le plus souvent, une stèle a été dressée qui porte l’inscription « Le Pays du Totem du loup ». C’est devenu le but d’excursions vendues par des agences de voyage sous le nom de « Voyage au Pays du Totem du loup ». Il y a des caravanes de Pékinois, et même d’habitants du Hunan (ndlr : province du sud de la Chine…), qui viennent en voiture visiter l’endroit (rires).


J.-J. A. – Vous devez très souvent être sollicité pour participer à des rencontres, des débats. Y allez-vous ?

J.R. – J’ai reçu et je continue de recevoir beaucoup d’invitations. Mais je n’y vais jamais.

J.-J. A. – Pourquoi ?

J.R. – Que ce soit en Chine ou à l’étranger, je sais que ce type d’invitations, inévitablement, prendra un tour personnel. On ira au-delà du roman. On m’interrogera sur mes intentions, sur mes conceptions, sur mes engagements… Et quel serait le résultat ? Il ne ferait qu’augmenter la crainte d’un durcissement de la part des autorités.
Le fait que le livre n’ait pas été interdit lors de sa sortie, ni depuis, montre déjà les énormes pas parcourus par la société chinoise sur la voie de la liberté de penser… Mais on ne peut pas forcer les choses et aller plus vite. Il faut aussi laisser du temps au temps. Chez vous, on parle de « siècle des Lumières », n’est-ce pas ? Il faut du temps pour faire évoluer les mentalités.
Si j’avais choisi d’être médiatisé, c’est le livre qui en aurait pâti. En le publiant sous pseudonyme, j’ai évité toute polémique sur son contenu et permis aussi que Le Totem du loup rencontre un très large public. C’est cela qui m’a paru le plus important. Et peu importent les sacrifices personnels !

Propos recueillis par Jean-Jacques Augier

web oficial