´China y el Techo del Mundo´, Carlos Nadal

Tíbet es una nación invadida, ocupada, colonizada política, demográfica y culturalmente e incluso fraccionada por la potencia ocupante, que incorporó directamente a la administración china tres de sus provincias. Con la cuarta, U Tsang, y una parte del Jam occidental, el gobierno de Mao constituyó la llamada región autónoma de Tíbet. Sobra hablar de los actuales acontecimientos de revuelta y represión allí y de su eco mundial sin poner por delante esta cruda realidad. La invasión comenzó en 1950. Un año antes, Mao Tse Tung y el ejército popular comunista se habían hecho totalmente con el poder en China. Desde entonces la historia ha dado muchas vueltas. China va en camino de ser una potencia económica de primer rango. Su comunismo avanza rápidamente hacia la economía de mercado. Pero su régimen político no se pone al día paralelamente en las garantías y libertades del Estado de derecho democrático. Y en Tíbet sigue los mismos pasos con que el maoísmo procedió a la anexión de esta nación. También con idénticos métodos que, en varios aspectos, consisten lisa y llanamente en un forzado sistema de, llamémoslo, chinización.

China - huelga decirlo- no es un país libre. Y Tíbet no lo es por partida doble. Se lo conoció como el Techo del Mundo. Y para los gobernantes chinos este techo que parecía un país aislado, remoto, encerrado en un modo de feudalismo monástico budista, tiene un preciado valor estratégico-político. Reafirma a China en la gran plataforma central de Asia, de cara a India, Afganistán, Kazajistán, con el Himalaya como contrafuerte meridional.

Todo lo dicho es de manual. Pero a veces lo propio de un manual no es precisamente neutro desde el punto de vista del valor político y estratégico. China fue un gran imperio, no cabe olvidarlo. Se autodenominaba Imperio del Medio. Y estos antecedentes de una antigüedad que parece remota no conviene darlos al olvido. Mao no lo hizo. Como Stalin respecto al imperio de los zares. Denunciaban constantemente lo del imperialismo norteamericano cuando ellos tenían una arraigada mentalidad ideológica y territorial casi anticuadamente imperialista. Por eso China guerreó con India e incluso con el Vietnam comunista al que había ayudado contra las fuerzas norteamericanas. El régimen chino se mueve con prudencia, pero cuando algo lo afecta en lo que cree esencial, enseña los dientes. Y los tiene largos, punzantes. Ocurre ahora en Tíbet, porque de los amotinamientos allí pueden contagiarse otras regiones afectadas por notables deficiencias económicas y sociales o por tendencias secesionistas como la musulmana uigur de Xinjiang.

Por esto los acontecimientos del Tíbet tienen un alcance muy superior al de incidentes en un apartado rincón del mundo. Es China la que está en causa. Una China de cuya enorme potencialidad hay cada vez mayor conciencia. Lo cual obliga a repasar algunos de los planteamientos fundamentales de nuestro tiempo. Uno, básico, el de la conflictividad entre los principios del Estado de derecho y los de autoridad. Todo el ruido mediático sobre los Juegos Olímpicos que se celebrarán en agosto en Pekín y la revuelta tibetana gira alrededor de esta delicada frontera que separa los citados conceptos.

Cuando se habla de inocuidad política de una gran manifestación deportiva como las Olimpiadas se pretende excluir esta línea divisoria. En vano. Porque ahí está, ineludible, tensa. Seamos claros. No dan lo mismo Atenas en el 2004 o Londres en el 2012 como sede de los Juegos Olímpicos que Pekín en este 2008. En todos los casos se trata de disponer de un hecho de enorme proyección para el orgullo nacional, como demostración de estar de lleno en la modernidad, mediante la validez de un sistema político a la altura de un evento de tanto relieve. Y en el caso de China querer evitar que esto levante ampollas es denigratorio para la incuestionable superioridad del Estado de derecho sobre su supresión sistemática. Aunque esta diferente valoración ponga de manifiesto muchos de los demasiados eufemismos y prácticas cínicas en que se entrelazan el realismo político y económico con la defensa de los derechos y libertades fundamentales humanos.

Los gobiernos democráticos andan en este aspecto sobre la cuerda floja de la doble moral. Pragmatismo respecto al gran mercado chino. No incordiar al gigante que ha despertado. Pasan allá del millar los presos de opinión; cien periodistas y cincuenta cibernautas están privados también de libertad; la censura es rígida, el control de internet, absoluto. Y se produce la vergüenza de que servidores de la red como Microsoft, Google o Yahoo! hayan aceptado abstenerse de informar en China sobre temas que atentan - según Pekín- contra la seguridad del Estado por "subversivos". Los negocios son los negocios.

China dice haber llevado su evidente salto a la modernidad al Tíbet feudal de obediencia budista. Sí, pero con la premisa que impera en todo el Estado: la convicción de que sólo un poder fuerte y unificador no democrático garantiza la seguridad necesaria para el prodigio de crear un país fuerte y rico. Primero, hay que conseguir el bienestar con diferenciales dolorosos de excepciones y tiempos; después, ya se verá. ¿Es mejor aceptar, bajo este planteamiento, incluso la selección y supervisión oficial china en el trabajo de los informadores internacionales sobre los Juegos Olímpicos y relativizar cautamente lo que ocurre en Tíbet?

30-III-08, Carlos Nadal, lavanguardia