(anti)cultura pakistanesa

Los últimos meses de convulsión política no han impedido - aunque sí retrasado- la inauguración de la mayor inversión cultural de la historia de Pakistán, la National Art Gallery. Dedicada a la exposición de arte moderno y contemporáneo del país, está ubicada a un paso de los hitos arquitectónicos de la Islamabad oficial (la Presidencia, la Asamblea, el espléndido cubo del Tribunal Supremo), alineados a lo largo de la avenida de la Constitución, más pisoteada que concurrida. Su tardía construcción, sesenta años después de la independencia y casi medio siglo después del alzado de esta capital de nueva planta, da idea del carácter secundario de la cultura y la educación dentro de las prioridades de sucesivos gobiernos pakistaníes. Aunque su sola existencia, atenazada por la violencia política y religiosa y la restricción a las libertades, supone un soplo de aire fresco.

Dado el carácter iconoclasta del islam, sobre todo en sus escuelas más radicales, la placa inaugural contiene una escogida cita del Corán: "A Dios le complace la estética". A los pakistaníes parece que les importa menos. Es sábado por la tarde y el personal supera con creces al número de visitantes. "En Lahore estaría lleno, pero Islamabad no tiene el carácter. Todavía", explica Amna Pataudy, comisaria de exposiciones. De hecho, las galerías se concentran en Lahore - donde existe el importante complejo cultural Al Hamra- y Karachi, cinco y quince veces mayores que Islamabad, respectivamente, aunque esta última sea vecina de otra gran aglomeración, Rawalpindi.

La National Gallery, cuyo exterior de ladrillo presenta un aspecto netamente inglés, cuenta con 139.000 metros cuadrados y 1,1 millones de euros para adquisiciones, una cifra muy modesta para una pinacoteca nacional que empieza su andadura. Su excelente auditorio pretende surtir de teatro y buen cine a una capital condenada al analfabetismo visual por la presión combinada de varios factores. Empezó a hablarse del proyecto hace más de treinta años, con Zulfikar Ali Bhutto, pero fue su hija Benazir, hace casi veinte, la que empezó a dar forma - y ubicación- al proyecto. No obstante, los gobiernos de Nawaz Sharif desviaron el dinero hacia otras iniciativas, como un centro de convenciones. De cualquier modo, las obras, aun paralizadas, ya estaban empezadas, y su esqueleto, visible a simple vista desde el despacho presidencial de Pervez Musharraf, impulsó al general golpista a dotarlo de un presupuesto para su culminación. "Tal vez sea propaganda, porque le sirve de tarjeta de presentación de su moderación ilustrada, pero es de agradecer", afirma Jamal Shah, director del museo, además de artista, cineasta y decano de Bellas Artes.

Por otro lado, "hay un pequeño boom del arte pakistaní, aunque no es comparable con el del arte indio, donde las grandes empresas están invirtiendo", afirma Shah. Acostumbrados a las pequeñas exposiciones en espacios improvisados, la reciente panorámica brindó, por lo menos, una sorpresa: en Pakistán hay más creadoras que creadores.

En el arte pakistaní hay un género específico: los retratos de Ali Jinnah, el gentleman laico y amante del whisky - como Musharraf- que desgajó Pakistán del resto de India. "Uno de nuestros artistas más brillantes, Said Ajter, se ha ganado la vida pintando más de mil retratos de Jinnah, en distintos ademanes. Algunos son grandes obras", explica la comisaria Amna Pataudy. También los retratos de jerarcas del ejército son una fuente de ingresos importante para los pintores.

Por otro lado, el mundillo artístico vive conmocionado por el asesinato de uno de sus pintores más prestigiosos, Ismail Gulgee, hace tres semanas. ¿Por qué? "En Karachi es difícil de saber, aunque no fue un robo".

Hasta ahora el museo más importante de Islamabad era el etnológico, Lok Virsa, un impresionante ejercicio de depuración política de la memoria. Su función es glosar las influencias de otras culturas musulmanas en la configuración de los pueblos de Pakistán y omitir cualquier referencia al resto del subcontinente indio, a pesar de sus vínculos de todo tipo hasta 1947, en el caso de Bengala hasta 1971. Cabe decir que la civilización india nace, de hecho, en el valle del Indo, en el actual Pakistán. También ha sido borrada la dominación británica, cuya influencia en las instituciones políticas o el sistema judicial ha sido determinante y ha dejado como legado un excelente dominio del inglés en sus clases medias, muy superior al de India.

14-I-08, J.J. Baños, lavanguardia


Durante mucho tiempo los regímenes pakistaníes han visto a Bollywood como un caballo de Troya cultural de su archirrival, India. Por eso, el cine indio está prohibido en las grandes pantallas de Pakistán, aunque un garbeo en los puestos de DVD- o en los videoclubs pakistaníes en el extranjero- demuestre que sus ciudadanos prácticamente no quieren ver otra cosa.

Por añadidura, muchas de las grandes estrellas de Bollywood, como Shah Rukh Khan o Salman Khan, son musulmanes.

No obstante, la anemia de las salas de cine - atenazadas por presiones islamistas, inmobiliarias y por los DVD e internet- han hecho ver que sólo Bollywood puede salvarlas de la quiebra, dado el mal estado de la cinematografía nacional. Pakistán, donde se filmaba un centenar de películas al año en los setenta, ahora sólo produce una decena.

El primer paso se dio en el 2007, con la coproducción de dos o tres películas con India, en las que participaba siempre un tercer país.

En el 2008 se van a levantar las restricciones a las coproducciones indo-pakistaníes sin terceros. El primer experimento será, precisamente, una película sobre la vida de la asesinada Benazir Bhutto, que fue la primera mujer que dirigió un país musulmán. También se permitirá que entre seis y ocho filmes indios puedan ser proyectados en Pakistán, a cambio de que otros tantos filmes pakistaníes se exhiban en India.

El muro de celuloide entre India y Pakistán se tambalea. "Por razones culturales y lingüísticas - no hay barrera idiomática con el norte de India- nuestro cine también podría tener un gran mercado en el país vecino", afirma el cineasta Jamal Shah.

El general Musharraf lleva años estimulando la creación de canales de televisión, con el objetivo de fortalecer la industria audiovisual frente a India. Hoy, los hogares pakistaníes con cable ven más de 50 canales, muchos extranjeros.

"Ayer uno pasaba una película sobre un detective gay. No les importa", explica Shah. Algunos de ellos son canales indios de entretenimiento.

En la capital de Pakistán, Islamabad, llegó a haber cuatro salas de cine, pero ya no queda ninguna con programación estable y sólo una intermitente. En el 2003, un cine fue incendiado por los extremistas religiosos. Se trata, pues, de un negocio arriesgado que, además, al no poder exhibir los superéxitos de Bollywood, no da beneficios. Por eso, muchos se están convirtiendo en centros comerciales. "Todos nos beneficiaremos cuando se autorice el cine indio. Ahora sólo se aprovechan los mediocres protestones que no saben competir", opina el cineasta Shah, que matiza: "Aunque no estamos tan organizados como India, ellos saben que la cultura es una parte importante de su identidad y la proyectan". Es verdad que si en India la cultura ocupa poco espacio en la prensa, en Pakistán no ocupa casi ninguno. No obstante, son inminentes las obras de un teatro nacional en Islamabad.

Mientras tanto, los apagones se han convertido en otra forma de censura encubierta. Las restricciones de corriente - fijas en Lahore de nueve a diez de la noche- se antojan un boicot encubierto a las artes escénicas, cuando no un toque de queda. Y el teatro no sobrevive al ruido de los generadores, afirman los actores.

La quietud de las mezquitas, en cambio, sigue sirviendo de marco al desgarrador qawwali,antecedente del flamenco que recuerda, al primer quejío,que los gitanos proceden del Punjab. Aunque más a menudo las mezquitas han servido para coartar tanto la creación como la interpretación.

Estamos hablando de un país en que los hoteles de varias estrellas, para conjurar atentados terroristas, sólo colocan banderas de países musulmanes frente a su fachada, junto a la enseña verde del islam. Los gestos para aplacar a los islamistas comenzaron ya en los setenta con el padre de Benazir, Zulfiqar Ali Bhutto, que prohibió el alcohol, aunque se diga que lo anunció en televisión en estado de embriaguez.

A continuación, su ejecutor, Zia ul Haq, empezó a hostigar a los medios culturales con su política de islamización. Prohibió la danza, forzando al exilio a una gran bailarina de kathak como Nahid Zadiki. Las obras de teatro pasaron entonces a representarse en casas particulares y las exposiciones en garajes o subterráneos. También moralizó la televisión: "Un hermano y una hermana no podían estar a solas y una mujer debía llevar la cabeza cubierta incluso en la cama con su marido", según recuerda el mencionado cineasta Jamal Shah.

14-I-08, J.J. Baños, lavanguardia