ŽLa resistencia de ChipreŽ, Fred Halliday

Nicosia, Chipre. De camino a Larnaca, me sumerjo en los detalles de la cuestión chipriota. A medida que leo las medias verdades, la retórica autocompasiva y las falsedades históricas que aderezan gran parte de las discusiones de la política moderna de la isla y las inseparables matanzas e invasiones, se me cae el alma a los pies y vuelven recuerdos incómodos. Estaba en Chipre en 1974 cuando, tras un golpe de Estado perpetrado por los nacionalistas griegos, tuvo lugar la invasión turca, que condujo a la ocupación del 40% de la isla por las tropas turcas y, de hecho, y a pesar de la proclamación de una República Turca del Norte de Chipre en 1983, la anexión de esta zona a Turquía; también condujo al traslado forzoso de población a un norte totalmente turco y un sur totalmente griego y la construcción de una frontera militarizada. Los turcos actuaron sin justificación al ocupar una zona tan grande de la isla y mantuvieron una actitud intransigente durante muchos años, pero los griegos provocaron la crisis en primer lugar y durante años habían hecho llamamientos indulgentes a la enosis o a la unión con Grecia, a partir de la década de 1950.

En las décadas posteriores se llevaron a cabo muchos intentos para poner fin a esta partición con el objetivo de, al menos, restablecer la unidad de Chipre para que volviera a ser un único Estado. Hace cuatro años parecía que, por fin, se había efectuado un gran avance: tras un cambio de política del Gobierno de Ankara, propiciado por el Ejecutivo del AKP, y tras la aparición en la comunidad turcochipriota de un nuevo liderazgo encabezado por el primer ministro, Mehmet Ali Talat, más flexible que su predecesor, asociado con Rauf Denktash, los turcos tomaron la decisión unilateral de abrir la frontera: decenas de miles de grecochipriotas visitaron la zona norte del país para ver las ciudades y propiedades que habían conocido en el pasado; muchos turcochipriotas, que según la ley chipriota habían seguido siendo ciudadanos de la isla otrora unida, encontraron trabajo en el sur y, tras reclamar la ciudadanía, se aprovecharon de los servicios sanitarios, entre otros, que hallaron a su disposición.

El Gobierno grecochipriota ha eliminado alguno de los puestos de guardia y otros obstáculos erigidos en 1974 a lo largo de la línea verde,la línea divisoria de Nicosia. Aun así, lo más sorprendente es que a pesar del resentimiento e incidentes que provocaron víctimas mortales en la época anterior al 2003, no haya habido conflictos serios de ningún tipo, ni en el norte ni en el sur de la isla. El optimismo suscitado por la apertura de las fronteras en el 2003 aumentó gracias a la decisión de Bruselas de permitir la entrada de Chipre en la UE. Se esperaba que, a cambio de este acuerdo, ambas partes harían concesiones: los griegos para asegurar que esta entrada acabara siendo efectiva, y los turcos para asegurarse de que su parte de la isla tuviera acceso a los beneficios de la pertenencia a la UE y que esa flexibilidad les serviría de ayuda en las negociaciones con Bruselas para ser admitidos en la UE. Además, el secretario general de la ONU, Kofi Annan, intentó que ambas comunidades alcanzaran un acuerdo según el cual se reinstauraría un régimen confederal en Chipre, se reduciría el número de las fuerzas turcas y griegas en la isla, se crearían mecanismos para dirimir las disputas en cuestiones de propiedad y otros temas surgidos a raíz de los hechos de 1974, y se daría acceso a la UE a todos los ciudadanos de la isla. Así, se habría resuelto uno de los principales obstáculos para la entrada de Turquía en la UE, uno de los problemas que causan mayor fricción en las relaciones entre el mundo islámico y el occidental y uno de los últimos conflictos insolubles de Europa.

La UE y la ONU creían que todo marchaba como una seda. Se daba por sentado que todas las partes entrarían en razón. Pero tal optimismo topó con la realidad política, en la isla y en los dos estados involucrados: cuando en abril del 2004 se sometió a referéndum el plan Annan, éste fue aprobado por la mayoría de los turcochipriotas, pero fue rechazado por una gran mayoría de los griegos.

La forma en que los griegos rechazaron el plan fue vergonzosa, un ejemplo más de la locura y la irresponsabilidad internacional de los políticos nacionalistas: los máximos dirigentes grecochipriotas tergiversaron los términos de las propuestas de Annan, los obispos ortodoxos griegos se lanzaron a pronunciar sermones amenazadores, la prensa griega se decantó por el discurso alarmista e insultante, los soldados que estaban haciendo el servicio militar fueron obligados a votar en contra. Sin embargo, el lugar de honor en cuanto a irresponsabilidad lo ocupa el presidente de Chipre, Tassos Papadopoulos, un político conservador con un pasado turbulento en la violencia interétnica y una larga oposición a los esfuerzos de reconciliación de la ONU. En un discurso de detestable falsa inocencia y tergiversación justo antes del referéndum, pidió el voto por el no.

Los motivos subyacentes del rechazo griego, no obstante, requieren un análisis más detallado y son más sustanciosos. Un veterano político socialista, Vassos Lissarides, jefe del partido EDEK y uno de los políticos grecochipriotas  que siempre intentaron incluir a turcos en su partido, me dio una explicación detallada en su casa, cuya puerta principal aún tiene las marcas de las balas del golpe de 1974, de los motivos por los que creía que el acuerdo era inviable. En primer lugar, el proceso de negociación de la ONU no logró hacerse eco de la opinión de los grecochipriotas y, cuando llegó el momento del referéndum, y en un intento de proporcionar el apoyo documental de la propuesta, obligó a la distribución de un volumen pesado e ilegible de declaraciones y leyes. Los grecochipriotas también se opusieron al hecho de que el acuerdo hubiera dejado a un gran número de tropas turcas en la isla, a que la gente que había inmigrado de la Turquía continental desde 1974, y que no era considerada como ciudadanos chipriotas, pudiera quedarse, y a que el proceso para dirimir las disputas sobre la propiedad y las compensaciones fuera excesivamente largo y, a buen seguro, inviable.

Sin embargo, había otros tres factores muy importantes y de honda raigambre: en primer lugar, mientras que en los últimos años los turcos han mostrado una actitud mucho más razonable que los griegos, y merecen contar con el apoyo de la UE, Ankara ha esperado demasiado, tres décadas, antes de hacer concesiones serias a la parte griega; en segundo lugar, se encontraba el tema de la inseguridad, la sensación de que el ejército turco podría, si se lo incluía en cualquier acuerdo unitario, ocupar toda la isla; en tercer lugar, en el lado de los incentivos, el hecho de que la parte griega de Chipre se haya convertido, desde 1974, y con la integración de decenas de miles de griegos que huyeron del norte, en un país mucho más próspero, enriquecido por el turismo, los servicios y, en último lugar, por la entrada de grandes cantidades de dinero ruso de origen dudoso. Como cualquier visitante puede ver, el norte es mucho más pobre que el sur. En la República Turca del Norte de Chipre hay menos cajeros automáticos y no hay ningún Starbucks.

Las consecuencias internacionales del voto negativo de los griegos son muy graves. En los próximos años, décadas o tal vez siglos, podría verse como uno de los momentos clave del rechazo cerril e intolerante de Europa a Oriente Próximo y el mundo musulmán, que conducirá a siglos de conflicto. No será considerado como el único acontecimiento de este tipo: el rechazo de los franceses y los holandeses a la Constitución europea fue igualmente nefando, y el mundo islámico desempeña su propio papel en esta incomprensión mutua: sin embargo, como acto de autocompasión provinciana, el voto negativo griego del 2004 apenas tiene parangón. La cuestión chipriota ha agriado las negociaciones turcas con la UE y se ha convertido en una de esas cuestiones, junto con el tratamiento de los kurdos y el reconocimiento del genocidio armenio, que usan los que se oponen por completo a la entrada de Turquía en la UE para impedir cualquier avance en este aspecto. Sin embargo, mientras que en los otros dos aspectos Turquía no tiene con qué defenderse, y es blanco fácil de grandes críticas, el uso de la cuestión chipriota y del fracaso del plan Annan contra los turcos es una campaña partidista y tendenciosa de los grecochipriotas, del displicente Gobierno de Atenas y otros estados europeos, encabezados por Francia, que apenas tiene justificación. Sin duda alguna, Chipre no encabeza la lista de los problemas que se le puedan echar en cara a Ankara.

Sin embargo, las perspectivas de Chipre no son del todo halagüeñas. La situación es inestable: Turquía y Grecia no han zanjado sus problemas de rivalidad regional, que podrían volver a estallar como se demostró el año pasado con la muerte de un piloto de las fuerzas aéreas griegas en un simulacro de combate aéreo, en el mar Egeo; los gestos de autoafirmación de Turquía podrían tener consecuencias para Chipre, y también, por distintos motivos, en el norte de Iraq; la capacidad bilateral (EE. UU. y Reino Unido), europea e internacional (ONU) para controlar los acontecimientos locales y las acciones de sus aliados locales es menor que nunca. Mientras tanto, en la isla apenas ha habido avances desde el 2003, y a buen seguro no los habrá, en los asuntos prácticos de la propiedad, la compensación, el reajuste territorial y la libertad comercial de movimiento. Algunos ven un atisbo de esperanza en el hecho de que Dimitris Chrfistofias, el máximo dirigente de AKEL, el Partido Comunista Grecochipriota, haya roto con Papadopoulos y haya anunciado que se presentará como candidato a presidente en los próximos comicios chipriotas; sin embargo, nadie puede estar convencido de que esto sea algo más que una mera táctica política. El propio AKEL, a pesar de toda su retórica socialista, se ha hundido en un lodazal de clientelismo y de verborrea brezhnevita reciclada tal que pocos confían en que, al final, sea capaz de tomar una iniciativa decisiva. A los estudiosos de otros conflictos regionales e interétnicos todo esto podría sonarles muy familiar, y los riesgos que supone, entre los que cabe tener en cuenta los causados por la negligencia y la complacencia diplomática, también pueden ser igual de grandes.

lavanguardia, 26-VIII-07.