el lobby del ´jurament per a la protecció del contribuent´

Para la izquierda es algo parecido a un saboteador, un chantajista. Para los republicanos es un guía ideológico, o la voz de la conciencia, o un maestro que les infunde respeto y temor al mismo tiempo. O todo a la vez.

Una figura como Grover Norquist sólo puede existir en una democracia como la norteamericana, en la que ciudadanos y grupos de presión disponen de mecanismos de control e influencia de los políticos poco comunes en el resto de democracias.

Norquist es seguramente el lobbista más conocido de Washington. Su organización, Americanos por la Reforma Fiscal, lleva casi tres décadas promoviendo los recortes fiscales. En 1986, Norquist ideó el juramento por la protección del contribuyente.El texto compromete a los firmantes a votar en contra de cualquier subida de impuestos. Lo han firmado 238 miembros de la Cámara de Representantes y 41 senadores. Sólo 13 legisladores republicanos se han negado a estampar su firma en un juramento que condiciona todas sus políticas económicas.

Norquist se jacta de haber "puesto el freno" a Barack Obama. Sin el compromiso de los republicanos con sus ideas, quizá los demócratas habrían encontrado un margen para negociar una reducción de la deuda que aunase recortes en el gasto con subidas de impuestos.

En mayo, el senador Jon Kyl insinuó que podría aceptar alguna manera de incrementar los ingresos fiscales aunque fuese sin aumentar el tipo impositivo (por ejemplo, eliminando ventajas fiscales). Norquist llamó al orden a Kyl, firmante del juramento."Llamé a Kyl. ´¿Qué has dicho? ¿Qué significa? ¿Cómo podemos solucionarlo?´", relató Norquist al diario Politico."Después fue al hemiciclo y pronunció un discurso en el que explicaba que estábamos en contra de subidas de impuestos de cualquier tipo. ¡Bum!", añadió.

Norquist insiste en que el juramento no es entre él y los políticos que lo firman sino entre los políticos y los votantes. Pero la capacidad intimidatoria del contrato es innegable. Ninguno de los republicanos que lo ha firmado se atreve a romperlo. Si lo hiciese, ya se encargaría Norquist de recordárselo a los votantes para que le castigasen.

Otra cosa es que el fundamentalismo fiscal haya sido beneficioso para la primera economía mundial. Como le recordó otro conservador, el columnista de The New York Times Ross Douthat, en un coloquio reciente, la negativa del Partido Republicano a subir impuestos no ha supuesto una reducción del gasto. Con George Bush hijo y un Congreso republicano, la deuda se disparó. Douthat señaló el peligro de las posiciones maximalistas en una democracia como la estadounidense, que requiere el consenso. Sin concesiones no hay manera de que Washington adopte decisiones.

Norquist replica que impedir la subida de impuestos es la mejor manera de impedir el aumento del gasto. Y vaticina un dominio del Partido Republicano en la próxima década gracias a la política antiimpuestos.

No coincide en todo con los conservadores. Casado con una mujer de origen palestino, defiende una política abierta con los inmigrantes. Los elementos más extremistas de la derecha de EE. UU. le han acusado de colaborar con grupos proárabes. Y a veces se exagera su influencia: nadie obliga a los republicanos a suscribir el juramento.

Pero en materia fiscal es difícil encontrar a alguien más a la derecha. En los últimos años, ayudado por el auge del Tea Party, su programa ha marcado el ritmo de la oposición a Obama. El objetivo es contribuir a su derrota en las presidenciales de noviembre. Y él no ve compromiso posible: la política es una batalla entre los partidarios de más estado y menos estado.

22-I-12, M. Bassets, lavanguardia