massiu i impune esclavatge a la penÝnsula arÓbiga

15 millones de inmigrantes en la Península Arábiga (53´5% de la población)

El día tenía que llegar y ha llegado. Este particular arriba y abajo de Asia arde después de que Arabia Saudí ejecutase - mediante decapitación por sable-a una empleada del hogar indonesia, Ruyati Binti Sapubi, de 54 años, acusada de asesinar a la señora de la casa. La versión de su hija es otra: sufría abusos por parte de los empleadores que le impedían abandonar el país, una práctica habitual.



La ejecución, el 18 de junio, suscitó indignación en Indonesia, cuyo presidente, Susilo Bambang Yudhoyono, acusó al régimen saudí de no respetar las normas jurídicas internacionales más elementales, entre ellas la de informar previamente a su Gobierno. Yakarta llamó a consultas a su embajador. La respuesta de Riad llegó ayer: Arabia Saudí cierra sus puertas a las asistentas indonesias y filipinas - Manila se sumó a las reivindicaciones de Yakarta de una mayor protección laboral para sus emigrantes, una mano de obra que ya supera los dos millones en el reino saudí-.



El drama de Ruyati Binti Sapubi no es nuevo. Llueve sobre mojado. Los casos de maltrato y torturas al servicio doméstico se han multiplicado en los últimos tiempos en el reino saudí, según han denunciado diversas organizaciones internacionales.

La realidad de los hechos presiona al Gobierno de Yakarta a exigir de Riad el cumplimiento de los derechos laborales para sus emigrantes. A los bajos salarios, largas jornadas laborales de 20 horas, prohibición de salir del país sin permiso del patrón y confiscación de pasaporte, se suman muchas veces la violencia y el maltrato. Hay denuncias de sirvientas quemadas con máquinas de planchar y otras torturadas con clavos, además de casos de violaciones. A este panorama se añade ahora otro caso que amenaza con envenenar aun más las relaciones entre Riad y Yakarta. Una joven corre peligro de ser ejecutada por haber matado a su patrón, que intentó violarla.



El problema de fondo que subyace en esta crisis entre Riad, Yakarta y Manila no es otro que la relación entre una sociedad opulenta, como es la de los países del Golfo, y una clase trabajadora inmigrante de países pobres en son filipinas que trabajan en tareas domésticas en Arabia Saudí. El número de empleadas del hogar indonesias en el reino ronda también el millón. El envío de sus salarios, junto a los de sus colegas de Hong Kong y Singapur, suman más de 4.800 millones de euros anuales. Familias como la de Ruyati Binti Sapubi viven mejor, envían sus hijos a la escuela y los adolescentes pueden llevar un móvil en el bolsillo.

Ayer, otro país asiático exportador de mano de obra como es Camboya se reveló también contra el poder de los petrodólares. Anunció que suspendía el envío de mujeres a Kuwait para trabajar como empleadas de hogar, "Según los informes de la embajada de Camboya en Kuwait y la organización Human Rights Watch, el respeto hacia las empleadas de hogar no es bueno, así que no enviaremos más trabajadoras a Kuwait", dijo en rueda de prensa An Bunhak, presidenta de la asociación de empleo exterior.

1-VII-11, I. Ambrós, lavanguardia

"Desgraciadamente, el caso de la sirvienta indonesia es sólo uno más", afirma Dina el Mamoun, investigadora de Amnistía Internacional y autora de varios informes sobre los abusos que sufren las trabajadoras domésticas en el Golfo y muy particularmente en Arabia Saudí. A manos de los patrones: impago de salario, largas jornadas laborales, negación del derecho a vacaciones o a descanso. Y a manos del Estado: cuando entran en contacto con el sistema judicial, ya sea por motivos laborales o criminales, no se les ofrece traductor en los interrogatorios, raramente se les ofrece asistencia consular y es habitual que se les haga firmar documentos que no entienden y que luego son usados como confesiones, explica El Mamoun, que blande la estadística: "En el 2007, de 158 ejecuciones en Arabia Saudí, 76 fueron de extranjeros".

El problema de fondo, y por eso Arabia Saudí es el peor del Golfo, es el secretismo con que opera la justicia. "Los juicios se hacen a puerta cerrada. Por ejemplo, no sabemos si alguien pudo asistir al de la indonesia. Lo dudo. Y eso es muy peligroso en un país donde la pena de muerte se aplica tan ampliamente", dice. Amnistía Internacional lleva años pidiendo a Riad una moratoria a las ejecuciones y una revisión a fondo de su sistema judicial. "Se escudan en la charia, pero la realidad es que no pueden explicar por qué a estas personas se les niega un abogado. Pero siguen sin admitir que tienen un problema, rechazan todo debate y blindan el funcionamiento de su justicia al escrutinio - denuncia-.Los países remitentes deben plantar cara a Arabia Saudí. Porque sin un sistema justo, sus ciudadanos no tienen ninguna posibilidad". 

En árabe la palabra abed quiere decir, a la vez, esclavo y negro. A las pocas semanas de mi llegada a Beirut, promediado el otoño de 1970, fui invitado por el doctor Antoine Karma a cenar. Vivía en el barrio cristiano de Achrafie, cerca del Jardin des Jesuites.

Me mostró el piso, y al entrar en la cocina reparé en un angosto altillo cerrado por una portezuela. "Esto - me dijo-lo llamamos tejete".No supe entonces que era el lugar donde dormía la empleada del hogar, aunque esta denominación sea demasiado pomposa para calificar a las pobres y vulnerables criadas, sobre todo de origen asiático y africano, que trabajan en los hogares de la clase media beirutí.

En la capital libanesa cualquier familia que se precie tiene una filipina, una etíope, una srilankesa en casa. Su presencia es signo de distinción social. Por unos cien euros al mes, cuenta con sus servicios y con su forzada entrega. Cuando salen a la calle, acompañadas de sus empleadores, caminan sumisas algunos pasos detrás, tienen que cargar con los niños y estar a su servicio y antojo.

No es sólo en las monarquías del petróleo como Arabia Saudí o Kuwait donde hay abusos de esta mano de obra asiática y africana, sino también en Líbano. Es indudable que su situación es aquí más conocida y ventilada gracias a la libertad de prensa, casi inexistente en las demás capitales árabes. Un reportaje en el influyente diario An Nahar,"Las srilankesas, nuestros animales domésticos", agravó el escándalo.

Hay una práctica común en estos países. Tan pronto llegan al aeropuerto sus patronos se quedan con sus pasaportes. Lo justifican porque, como sufragaron su viaje de ida y vuelta mediante una agencia local - a la que la desamparada mujer debe entregar sus primeras mensualidades para reembolsar sus gastos-,constituye una medida de precaución a fin de evitar su su fuga.

Un informe del 2008 de Human Rights Watch dio cuenta de que en Líbano murieron 95 mujeres, trabajadoras del servicio doméstico, cuatro de ellas suicidándose al arrojarse por el balcón. Estas muertes fueron provocadas por el enclaustramiento, los abusos y sevicias sexuales, los malos tratos, la depresión. ¿Cuántas víctimas puede haber en el vasto y oscurantista reino de Arabia Saudí, en los principados petrolíferos del Golfo?

La esclavitud en el Estado de los saudíes no fue abolida hasta 1962, un año antes de que lo fuese en los emiratos árabes, aún bajo dominio británico. En aquellos riquísimos principados la mano de obra extranjera - pakistaníes, indios, filipinos, indonesios, srilankeses-constituye la base de la pirámide de su población. De 1965 al 2000, a causa del aumento de la producción petrolera, creció esta migración en busca de los salarios del Eldorado del Golfo.

La institución del fiador local configura las condiciones de su estancia y de su trabajo, y puede dejar a estas mujeres atadas de pies y manos. Los acuerdos no están regulados por leyes ni supervisados por inspectores oficiales. Es en el minúsculo Bahréin donde son mejor tratadas las mujeres dedicadas al trabajo doméstico. Son las embajadas las que tratan de proteger a sus colonias de trabajadoras.

Recuerdo escenas lamentables en aeropuertos saudíes de grupos de asiáticas tratadas como rebaños. O en Beirut chicas etíopes de religión cristiana a las que les impedían asistir a la misa dominical para evitar que encontrasen una casa con mejor salario y trabajo. Tras el suicidio de varias etíopes, Adís Abeba prohibió la emigración femenina hacia Beirut. Si los árabes se quejan del racismo en Europa, su conducta a veces con la gente de color es indignante. Fueron los primeros que hace siglos, a partir de la isla africana de Zanzíbar, emprendieron la trata de esclavos.

1-VII-11, G. Saura/T. Alcoverro, lavanguardia