´Sudán: el impacto de la secesión´, Mariano Aguirre

El referéndum que se inició el pasado domingo 9 de enero en Sudán conducirá a la separación del Sur del país y a la creación de un nuevo Estado. El Gobierno de Omar Hasan al Bashir parece aceptar la separación para evitar una nueva guerra y mejorar su imagen internacional.

Las cuestiones clave no son si el Gobierno de Jartum permitirá la secesión sino, primero, cómo garantizar una transición pacífica y evitar un nuevo conflicto entre el Norte y el Sur. Segundo, tanto el Norte como el Sur tienen por delante la tarea de construir sociedades democráticas que integren política y económicamente a sus diferentes identidades. Y tercero, cómo establecer nuevas relaciones con Egipto y Uganda desde los dos Sudanes.

Alrededor de cuatro millones de personas con pertenencia o relación a una de las diversas etnias de Sudán del Sur se registraron para votar, la mayor parte de ellas habitan el sur del país o integran la diáspora. Las principales etnias son los dinkas y los nuers, pero hay aproximadamente otras doscientas minorías. La votación se prolonga hasta el próximo día 15 de enero y una fuerza de la Organización de las Naciones Unidas de 10.500 personas entre personal militar y policial garantiza el acuerdo de paz y apoya la celebración del referéndum.

El Norte del país es fundamentalmente musulmán; el Sur es animista y cristiano. Durante la época colonial, Gran Bretaña organizó administraciones diferentes para cada parte. Grupos misioneros cristianos gestionaron el Sur por encargo de Londres. Sudán se independizó en 1956 y sucesivos gobiernos intentaron unificar el país bajo la hegemonía musulmana. Esto condujo a emigraciones masivas de sudaneses del Sur hacia Uganda y otros países, y a dos guerras civiles. La segunda comenzó en el año 1983, se prolongó durante 22 años y costó la vida a más de dos millones de personas y desplazó a cuatro millones.

En el 2005 se firmó un acuerdo de paz entre el Gobierno de Jartum y el Ejército Movimiento de Liberación del Pueblo de Sudán (ELPS-M) que estableció un cogobierno en Jartum y un régimen semiautonómico para el Sur y la celebración del presente referéndum para que los ciudadanos de esta zona del país decidieran si permanecían unidos al Norte o accedían a la independencia.

La discusión entre el Partido del Congreso Nacional (PCN) y el ELPS-M para la preparación del referéndum ha sido limitada. Por tanto, cuestiones clave, como la forma en que se utilizarán las reservas petrolíferas, la demarcación de fronteras, el estatus que tendrán los ciudadanos del Sur que viven en el Norte y la desmovilización de los soldados, deberían ser negociadas en el futuro próximo. Tres zonas, las de Abyei, Kordofan del Sur y el estado de Nilo Azul, se tratarán separadamente.

El petróleo es una cuestión fundamental. La secesión supondrá que las fuentes quedarán en el Sur, pero la infraestructura para la exportación se encuentra en el Norte. Esta división obliga a las dos partes a alcanzar un acuerdo para que ninguna pierda, pero el cálculo de los beneficios y el impacto ambiental son cuestiones por negociar. Casi el 50% del petróleo es exportado a China.

El acuerdo de paz (Comprehensive Peace Agreement) del 2005 establecía que 180.000 soldados serían desmovilizados en un programa de desarme y reintegración social gestionado por las Naciones Unidas, pero la mayor parte de las tropas permanecen en las fuerzas armadas del Norte y el Sur.

Si bien desde el 2005 el Gobierno semiautónomo ha hecho avances en infraestructuras, casi todo está por hacer para construir un Estado viable. Para el Norte, la secesión le quitará recursos. Jartum tiene varios frentes conflictivos abiertos, entre otros el de Darfur, en el oeste del país. En el Sur también hay tensiones entre diferentes comunidades que acusan a los dinkas de querer acaparar el poder. En el año 2009 hubo fuertes estallidos de violencia entre grupos del Sur.

Más allá de sus fronteras, la división de Sudán tendrá un fuerte impacto en Egipto, al que lo unen lazos históricos y la cuenca del Nilo. A la vez, puede generar similares demandas secesionistas en otros países, como Nigeria o la República Democrática de Congo. Estos serían peligrosos procesos que los gobiernos, organizaciones multilaterales y líderes de movimientos nacionalistas deben estar preparados para negociar pacíficamente con el fin de evitar una cadena de conflictos armados.

12-I-11, Mariano Aguirre, director del Norwegian Peacebuilding Centre de Oslo, lavanguardia