´El país de las piruetas´, Toni Soler

CAMBIOS. Los méritos de Artur Mas como jefe de la oposición le convertirían, por sí solos, en aspirante a la pole electoral en la contienda electoral de noviembre. Pero las encuestas van más allá y sitúan a Mas en el umbral de la mayoría absoluta en el nuevo Parlament. La aplastante ventaja del ex conseller en cap se explica por dos factores añadidos. Uno, el principal, es la crisis económica global, que sume al cuerpo electoral en el desaliento y el pesimismo, y que puede arrasar a cualquier gobierno en ejercicio (no digamos el nuestro); y dos, la desafección política, un fenómeno local fraguado durante un lustro de desatinos, componendas e ineficacias, y coronado por el desastre del Estatut, que ha dado alas al soberanismo de todo pelaje. A lomos de esta depresión colectiva cabalga Artur Mas, aunque su logotipo de campaña sea una sonrisilla de dibujos animados; al verla, es imposible no relacionarla con la Catalunya optimista que intentó apropiarse Montilla hace cuatro años. Por entonces Mas vaticinaba desastres; ahora que lo tiene todo a favor, prefiere ser el heraldo de las buenas nuevas, un papel que los votantes suelen premiar.

ASPIRACIONES.

El previsible triunfo de Artur Mas no sólo se edifica sobre el derrumbe del PSC, sino también sobre la infertilidad de dos de sus opciones vecinas, PP y ERC. Ello significa que CiU encarnará simultáneamente el voto útil del nuevo independentismo y del españolismo de siempre. A Pujol le ocurrió algo parecido en los ochenta y salió airoso; veremos si Mas tiene el mismo talento en circunstancias algo distintas. En efecto, la Catalunya del 2010 es muy diferente a la de 1980, y sus aspiraciones nacionales también lo son. Ayer, en El Periódico, la misma encuesta que vaticinaba la victoria de Mas preveía un 48% de síes en un referéndum independentista (frente al 35% de noes, lo cual es todavía más relevante).

El entorno de Mas no rechaza tal aspiración, ya sea por convicción o por táctica, pero la presión de Unió Democràtica y el miedo a perder la centralidad le obligan a modular su discurso a base de dilaciones (un referéndum no es saludable "por ahora", afirman) o de zanahorias improbables, como la manida reivindicación del concierto económico.

Digo improbables porque el concierto económico al estilo vasconavarro implicaría reformar la Constitución, y tal reforma no sería posible sin el PP, que jamás la aceptará. Así que si CiU quiere realmente la soberanía fiscal deberá entender -y explicar- que ello implica cierto grado de ruptura, de desafío al sistema constitucional. Y no sé yo si Artur Mas y los suyos están por la labor, ahora que les llega un periodo de bienestar y poltrona. E influencia real en Madrid.

BOQUILLA.

Sin embargo, el concierto económico entendido como argucia electoral puede ser suficiente para que CiU se lleve al zurrón miles de votos que profesan un soberanismo muy propio de aquí, que es el soberanismo de boquilla, una opción colorista y verborreica que suele manifestarse tras un par de chupitos, como una perenne amenaza, o como una agradable ensoñación, más que como un proyecto de futuro. En este país de identidad frágil, el independentismo casi siempre ha sido virtual.

Pero hay otros soberanistas -cada vez más- que se lo toman en serio; estos lo tendrán ciertamente difícil este otoño: tienen ante sí un par de opciones deprimidas y a la baja -ERC y Reagrupament...- y una tercera vía, la que se expresa con el voto en blanco; es la vía que el gran José Saramago identificó con la lucidez.

20-VI-10, Toni Soler, lavanguardia