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-en ordre cronològic-

En la avenida Yibek Yolu de Bishkek hay una mansión destruida que no se parece en nada a las modestas casas vecinas. Protegida por un muro y una puerta de seguridad, parece más propia de la vieja Europa que de las estepas de Asia Central. Hasta hace dos meses, aquí vivía Maxim Bakiyev, hijo menor del ex presidente de Kirguistán y ahora huido al Reino Unido. Una enfurecida marabunta, que le acusaba de haber saqueado esta república ex soviética, asaltó el enorme chalet y lo quemó. Eso sucedió el 7 de abril, mucho antes de los pogromos que han dejado casi 200 muertos en el sur del país. Pero lo que sucedió entonces, durante la revolución que expulsó del poder a su padre, Kurmanbek Bakiyev, está en el origen de la actual crisis, donde se mezclan intereses políticos, odios interétnicos y actividades criminales. La ciudad de Osh, donde comenzaron las matanzas el 10 de junio, vivía ayer en una extraña y tensa calma - con algún tiroteo esporádico-,mientras los miles de refugiados que ha provocado esta crisis comenzaban a recibir ayuda humanitaria.

"Después de quemar casi todos sus supermercados, la gente vino a su casa y la saqueó", dice un residente de Bishkek que asegura haber participado en el asalto. "La gente sacaba televisores, montones de dinero y joyas a puñados, todo lo que no pudieron meter en el avión" al huir del país. Ahora muchos creen en Kirguistán que el dinero de Maxim Bakiyev, enriquecido con negocios dudosos gracias al favor del poder, ha servido para provocar la catástrofe del sur, donde el clan de los Bakiyev cuenta aún con suficientes apoyos y donde se les relacionó en el pasado con conocidos clanes fuera de la ley. El periodista Mijail Rostovsky citaba en el diario Moskovsky Komsomolets a funcionarios rusos de alto rango que tienen datos de la "intensa actividad de una tercera fuerza en la región".

¿Quién empezó las matanzas? Los kirguises dicen que fueron los uzbekos. "Hubo una pelea de muchachos en uno de los casinos. Pero luego los uzbekos, que días antes habían comprado las tiendas de armas de Osh, se organizaron, fueron a por los jóvenes kirguises y violaron a cuarenta mujeres a las que luego rajaron el pecho", asegura en Bishkek Asman Mursamatov, de 48 años, él mismo nacido en Osh, donde viven su hermana y otros familiares. Los uzbekos dicen que empezaron los kirguises y que "hombres de uniforme" y la policía, que reniega del gobierno provisional de Roza Otunbayeva, les dieron las armas. Los refugiados relatan horribles historias de torturas y violaciones a manos de bandas fuertemente armadas cuyo objetivo es expulsar a laminoría uzbeka de Kirguistán. Los responsables de Acnur, la agencia de la ONUpara los refugiados, ya han dicho que nada fue espontáneo, sino que alguien llevó a cabo un plan "organizado y coordinado" en la noche del 10 de junio.

El débil ejército kirguís, al que Rusia y sus aliados han prometido ayuda técnica, intentaba ayer hacerse con el control de las ciudades de OshyJalal Abad. Las autoridades locales comenzaron a limpiar las calles de coches quemados y quioscos destruidos. Y las miles de personas que abandonaron sus casas comenzaron a recibir ayuda humanitaria. Acnur envió un avión con 800 tiendas a la ciudad de Andiyán, en Uzbekistán, donde se han refugiado 75.000 de las 200.000 personas que se calcula que han huido en los últimos días. Otros cinco aviones, enviados desde Dubái, completarán 240 toneladas de ayuda. Al mismo tiempo, un avión de carga ruso llegó a Bishkek con tiendas y mantas.

La crisis se manifiesta todavía en los cientos de personas, la mayoría mujeres y niños, que están durmiendo en las calles del pueblo fronterizo de Velkesem, a sólo cinco kilómetros de Osh, porque tienen miedo de volver a sus casas o porque estas ya no existen. Según las Naciones Unidas, en Osh y Jalal Abad todavía hay combates esporádicos.

El número de muertos asciende oficialmente a 18, y hay cerca de dos mil heridos. Pero el Ministerio de Sanidad de Kirguistán admitía ayer que las víctimas mortales podrían ser muchas más porque muchas familias decidieron enterrar a los suyos sin pasar por las morgues estatales.

17-VI-10, G. Aragonés, lavanguardia

Aunque la ayuda que envía el gobierno llega desde Bishkek, en convoyes de camiones bien pertrechados, algunas ONG señalan que no se distribuye bien, ni de una manera justa. Aziza Abdirasulova, que dirige el Centro de Defensa de los Derechos Humanos, pidió ayer que no se discrimine ni por barrios ni por etnias. "Sólo se puede recibir harina, macarrones y aceite en los puntos de reparto, pero hay barrios aún cerrados cuyos vecinos no salen a la calle y a los que nadie va a ayudar", aseguró a la agencia electrónica 24. kg. Según sus palabras, muchos camiones no llegan a los almacenes centrales, sino a la administración de la provincia. Luego son los diputados locales quienes distribuyen la ayuda entre sus votantes. "¿Es esto ayuda política?", se preguntaba.

Gobierno y voluntarios tienen que luchar también con el miedo de los refugiados. "La directora de la escuela del pueblo de Narimansky intenta que vuelvan de la frontera junto a Uzbekistán. Creemos que hay unos seis mil o siete mil, pero no tienen lo más esencial, como agua, alimentos o medicinas", relata Lira Karagulova, de la asociación civil Educación Intercultural. "Les intentan explicar que Uzbekistán ha cerrado la frontera y que hay que volver a casa para recibir ayuda. Pero están muy asustados y dicen que es mejor morir de hambre".

Kirguistán mira hacia delante a pesar de la crisis que tiene encima. El Gobierno interino, que tomó el poder en abril durante la última revolución política de esta pequeña república ex soviética de Asia Central, no cancelará sus planes de reformas. Salvo los 400.000 refugiados que calcula la ONU, los ciudadanos retoman su vida diaria, aprovechando lo que poco a poco va volviendo a la normalidad.

En la concurrida calle Sovietskaya de Bishkek, donde las tiendas de venta de billetes se confunden con los puntos de cambio de divisa, no recuerdan que los aviones que hacen la ruta en 50 minutos hasta Osh se llenasen nunca tan rápido como ahora. Desde que hace dos días se reanudaron los vuelos, todo el que tiene familia en el complicado valle de Fergana se afana por viajar al sur. "No puedo decir si habrá asientos libres la semana que viene, porque estos días el número de viajeros es altísimo, ya no quedan billetes baratos", dice la encargada de una agencia. "La situación está ahora en calma y tengo ganas de ver a los míos", comenta un hombre, Alik, que se interesa por los documentos que necesita un menor que va a viajar con él.

Pero la principal preocupación de las autoridades del país, de las organizaciones humanitarias y de las agencias de laONU es la situación de los que han huido del conflicto. La última estimación de las Naciones Unidas coloca el número de refugiados y desplazados en "al menos 400.000". Algo catastrófico, porque representaría más de un 7,5% de la población de Kirguistán, 5,3 millones.

Los violentos enfrentamientos entre grupos armados de kirguises autóctonos y kirguises de etnia uzbeka comenzaron hace una semana en Osh, la segunda ciudad del país y la más importante del sur, a tan sólo cinco kilómetros de Uzbekistán. En la madrugada del 11 de junio comenzaron los incendios de tiendas y negocios, la mayoría uzbekos. La violencia se extendió luego por otras poblaciones hasta llegar a la provincia vecina y su capital, Jalal Abad, a 40 kilómetros. El Ministerio de Sanidad ha registrado 191 muertos, pero reconoce que podría haber más.

Aunque el vecino Uzbekistán cerró las fronteras al inicio de esta semana, cuando estalló la violencia las abrió y permitió que se refugiaran en su territorio miles de kirguises de etnia uzbeka. El secretario general de la ONU, Ban Ki Mun, agradeció ayer al presidente uzbeko, Islam Karimov, la asistencia prestada. Uzbekistán acoge a unos 75.000 refugiados. La portavoz de la ONU, Elizabeth Byrs, dijo ayer que el número de expulsados de sus hogares pero que aún están en Kirguistán podría llegar a 300.000.

En los dos últimos días la violencia se ha reducido, tras el envío de tropas y agentes fronterizos a la región. Pero se teme un nuevo brote antes del 27 de junio, cuando está previsto un referéndum constitucional convocado por el gobierno provisional de Roza Otunbayeva. Para los nuevos gobernantes el referéndum constitucional es fundamental, porque les daría legitimidad y acabaría con la teórica posibilidad de que retornara Kurmanbek Bakiyev, expulsado del poder en las revueltas de abril. "Tenemos que celebrarlo y entrar en una situación legal. Lo necesitamos como el aire", aseguró ayer en Bishkek el viceprimer ministro, Azimbek Beknazarov.

18-VI-10, G. Aragonés, lavanguardia

No es sólo el gobierno provisional de Kirguistán el que pide ayuda al Kremlin. Los rusos de este pequeño país también miran de reojo a la gran Rusia. "¿Acaso no vendrá ahora Medvedev a sacarnos de aquí?", se preguntaba soñando ayer en Osh Irina Gritsova. El semanario Delo,que se publica en ruso en la capital, Bishkek, lleva en su último número el deseo de los kirguises de emigrar. "Pronto me iré a Rusia, ya he puesto mi piso en venta. Aquí no hay estabilidad", dice en esas páginas Erkin, diseñador de profesión. La asistente social Tanzila Azimova estaba a punto de tomar la misma decisión cuando comenzaron los disturbios en Osh. Toda su familia cercana vive ya en Novosibirsk. "Tengo que ayudar.

Yo crecí en un barrio uzbeko. Cuando me dijeron que en una calle habían matado a cuarenta personas y habían violado a las mujeres, no podía irme. Es obligación cristiana", dice. La petición de ayuda al Kremlin se ha traducido en el envío de soldados para proteger la base aérea rusa de Kant y centros estratégicos del país, como centrales hidroeléctricas.

Militares kiguises, armados con viejos fusiles de asalto y respaldados por carros de combate oxidados, vigilaban ayer la carretera que une el centro de Osh con el aeropuerto. De ellos depende que el sur de Kirguistán no vuelva a caer en la anarquía.

Las casas quemadas y las tiendas saqueadas en los últimos días aparecen de repente. Las calles de Osh, de todas formas, están tranquilas, aunque en los barrios uzbekos todavía no se puede entrar. El gobierno, poco a poco, trata de recuperar el control en esta segunda ciudad del país y en todo el sur.

La presidenta en funciones, Roza Otunbayeva, visitó Osh por primera vez desde el inicio de la violencia que ha enfrentado a uzbekos y kirguises, y prometió una rápida vuelta a la normalidad después de la peor crisis que ha sufrido esta pequeña república desde la caída de la Unión Soviética y su consiguiente independencia.

Otunbayeva prometió una reconstrucción completa de Osh, donde algunos barrios han sido quemados casi por completo. Antes, en una entrevista para el diario ruso Kommersant,aseguró que el número de muertos podría superar diez veces las cifras oficiales y llegar a los dos mil. La cifra exacta será difícil de saber debido a la costumbre de enterrar a los muertos cuanto antes.

Pero más que anárquica, Osh es hoy una ciudad desierta y dividida. Nadie sale de sus casas salvo para ir a buscar comida a los lugares de reparto de ayuda. "¿Y luego qué te dan? Nada", se queja Irina Grintsova, una kirguís de la minoría rusa (el 9% en todo el país) que tira de un enorme y destartalado coche de juguete con ayuda de su hija. Lo han llenado de comida: "Para cuatro personas, dos latas de conservas, tres kilos de harina y dos bolsas de espaguetis instantáneos".

Grintsova ha ido con su amiga Galina a un bazar cercano. Estaba cerrado, pero alguien apareció con un saco de bienvenidas patatas. "Gracias a Dios, nadie ha resultado herido en nuestra familia. Pero la situación es muy difícil. No hay tiendas, nada que comprar. Y tampoco hay trabajo". La semana pasada, antes de que comenzaran los disturbios, Grintsova trabajaba de camarera en una cafetería. "Quemaron el bar. Ahora no tenemos dinero, y las tiendas que empiezan a abrir venden a precios más caros", se queja. Una lipioshka (torta) de pan que valía 12 soms ahora cuesta 40, una cajetilla de cigarrillos ha pasado de 10 a 25. Un euro equivale a unos 54 soms.

Los enfrentamientos entre kirguises autóctonos y kirguises de etnia uzbeka estallaron la noche del 10 de junio, y rápidamente se extendieron por el sur del país hasta llegar a la provincia vecina de Jalal Abad. Los uzbekos son más de un millón en una población de 5,3 millones de habitantes. Cerca de 800.000 viven en el sur del país, donde igualan en número a los kirguises. Aproximadamente la mitad huyó de sus hogares. Unos cien mil buscaron refugio en el vecino Uzbekistán.

Casi todos los uzbekos de Osh se han atrincherado en sus barrios, cerrados a cal y canto. Las fuerzas de seguridad no han tratado de romper las barricadas.

"Para llevarles ayuda se han formado tres grupos de reparto integrados por representantes del gobierno, ciudadanos y empresarios locales", explica Aiyan Toktosheva, responsable de uno de estos equipos. "Tenemos que ir con escolta, y si la ayuda procede de Rusia normalmente viene también alguien del consulado".

Cuando comienza el día, los voluntarios, que tienen su base en el edificio del gobierno provincial, reciben una llamada de los barrios cerrados. Les dan una lista de vecinos y sus necesidades. "Llevamos la carga hasta un territorio neutral, cerca de la barricada, y ellos se encargan luego de distribuirla", explica. Ayer las provisiones y medicinas llegaron a 15.000 personas en el barrio de Shai Tyebye, a 3.500 en Gueolo Gorodok, a 10.000 en Furkat y a 10.000 en el pueblo de Suratash.

Uno de los objetivos de Otunbayeva es terminar con esta situación y volver a unir a los 250.000 habitantes de Osh.

La presidenta en funciones prometió que va "a actuar y analizar por qué sucedió esta crisis". También ordenó a las fuerzas de seguridad que acaben con la división de la ciudad "en dos días". Esta orden implica que los militares deberán retirar por la fuerza las barricadas que cierran los barrios uzbekos.

Los barrios cerrados son también fuente de problemas. En ellos sigue habiendo francotiradores y se sabe que permanecen secuestrados varios kirguises.

19-VI-10, G. Aragonés, lavanguardia

Los que no pueden volver todavía a sus hogares son los 400.000 refugiados que, según estimaciones de las Naciones Unidas, ha causado el último conflicto interétnico de Kirguistán. El secretario general de de la ONU, Ban Ki Mun, anunció ayer que va a pedir 71 millones de dólares en ayudas para hacer frente a la crisis humanitaria en este país de Asia Central. Muchos de los que abandonaron su hogar en la última semana huyendo de la violencia se refugiaron en Uzbekistán. Se calcula que son 75.000, y la mitad han sido acogidos en campos. Sin embargo, miles de refugiados que siguen en Kirguistán se agolpan en las regiones próximas a la frontera en ínfimas condiciones de vida e higiene.

Nos atacaron de repente. Eran unos cincuenta. Comenzaron a quemar el portalón de la casa, pero lo apagamosmientras se entretenían en sacar el coche y prenderle fuego", dice Shavkat Iminov, un uzbeko de 46 años que enseña a La Vanguardia el amasijo de hierros en que se convirtió el vehículo. "Mis hijos les plantaron cara y terminaron en el hospital. A Lukbek y a Alisher les dispararon, tienen una bala en el pecho y en la pierna. A Amabek le acuchillaron".

Iminov hace negocios entre Osh y Almaty, en Kazajistán. Tiene una buena casa que todavía está construyendo él mismo, con un patio bien cuidado en el que asoma alguna enredadera. Pero ahora las ventanas están rotas, los muebles tirados y todo en un completo desorden. Los atacantes quemaron los dos coches de la familia, el que han retirado de la calles para que no estorbe y otro que dios sabe dónde estará. Robaron la televisión, el frigorífico y el microondas. "Estábamos escondidos en la mezquita. Volví ayer con mi padre y mi hermana, pero no nos quedamos a dormir", dice desolado. "El día que pasó todo habría dos mil personas en esta calle quemando las casas. Mataron a muchos".

La minoría uzbeka en el sur de Kirguistán no es pobre. Como Shavkat Iminov, muchos se dedican a los negocios, son emprendedores e independientes. En los barrios de Osh es fácil distinguir dónde viven los uzbekos y dónde los kirguises. Más apegados a la tierra, los uzbekos viven en casas bajas, normalmente con un patio y, si es posible, con un huerto. En la ciudad, los kirguises prefieren vivir en pisos, en los edificios cuadrados de factura soviética.

Tras los enfrentamientos entre las dos etnias son muy pocos los uzbekos que han quedado en la ciudad que echan mano de la ayuda humanitaria. "Yo siempre he trabajado y confío poco en lo que te pueda dar el Gobierno", explica

Ibrahim Abduyaparov, que se dedica a la construcción. "Alquilo en el bazar la maquinaria que necesito. Y como señal dejo mi pasaporte". Ayer consiguió por fin hablar con el hombre que le arrienda las máquinas. "Menos mal que ese puesto no se quemó y mi pasaporte seguía allí", dice aliviado en el Mercado Central de Osh, que ayer volvía a empezar prácticamente de cero.

La mitad de los puestos de venta están destruidos. Sólo queda el esqueleto de las casas y las cenizas como testigos del fuego. La mayor parte de las tiendas quemadas pertenecen a uzbekos. En algunas de las que están intactas, los dueños pintaron en mayúsculas la palabra kirguís para que los atacantes las respetaran.

Pocos son los comerciantes que han llegado y comienzan a limpiar. Protegidos con mascarillas, recogen los desperdicios de una carnicería que el tiempo ha hecho pestilentes. Los que se han quedado sin negocio miran estupefactos lo que queda. Ermek Kastanbek, kirguís de 36 años, está resignado. Vino ayer con su familia por primera vez, una semana después de los disturbios.

"Teníamos una tienda de papelería y juguetes. No la quemaron, pero la rompieron y robaron todo. Vivimos aquí al lado, y vimos cómo ardía todo el bazar, pero teníamos miedo de acercarnos", confiesa. Ermek no sabe qué hacer. "No creo que haya ayudas, cada uno deberá afrontarlo solo, no sé, tal vez con créditos".

En el mercado me encuentro también con Nurila Eshenbekova, de 47 años, que ha abierto su pequeño puestecito de zapatos. "He llegado hace quince minutos. Estaba en casa. Tenía miedo". Al lado, un puesto de venta que es todo una esperanza para Osh. Hay sacos repletos de garbanzos, guisantes, judías, arroz, especias... "Todo está volviendo a la normalidad", confirma Ludmila Sajarova, rusa de 74 años, una de las primeras clientas.

20-VI-10, G. Aragonés, lavanguardia

Después de los primeros ataques, los vecinos de los barrios uzbekos de Osh cortaron chopos y los arrojaron sobre la calle para formar barricadas que les protegieran de los intrusos. Los militares consiguieron ayer, después de diez días de tensión en el sur de Kirguistán, retirar los obstáculos que habían convertido a Osh en una ciudad, además de quemada, dividida. Los soldados cumplieron así la orden que dio la presidenta interina del país, Roza Otunbayeva, cuando visitó la ciudad el pasado viernes. Al contrario de lo que se temía, no encontraron ninguna resistencia por parte de la minoría uzbeka.

Las barricadas sólo estaban colocadas en las zonas donde todos los vecinos son de etnia uzbeka. En los barrios con población mixta, los enfrentamientos interétnicos fueron menos intensos o inexistentes. “No me explico cómo comenzó todo este infierno, porque uzbekos y kirguises siempre hemos vivido juntos”, aseguraba ayer Bekbolsum Mamonov, kirguís y capataz de construcción de 50 años. “Cuando grupos armados vinieron a mi barriada, Ael, todo fue muy tranquilo. Los vecinos uzbekos nos defendieron y nos escondieron”, asegura.

En Jalal Abad, la otra ciudad del sur de Kirguistán que registró pogromos en la última semana, la situación fue similar. “No sabemos quiénes fueron los que quemaron nuestras casas, pero seguro que no fueron los kirguises que conocemos. Cuando incendiaron
la casa de un vecino kirguís, todos ayudamos a apagarlo”, aseguraba ayer el uzbeko
Ikram Usarkokulov, que trabaja de comerciante en Moscú y acababa de llegar a casa de su madre para pasar el verano.

La violencia en Kirguistán comenzó en la noche del pasado 10 de junio en Osh. Individuos no identificados organizaron varios ataques coordinados que pronto se convirtieron en feroces enfrentamientos entre kirguises autóctonos y kirguises de origen uzbeko. Las matanzas se extendieron luego a varios pueblos de la provincia de Osh y a la provincia vecina de Jalal Abad. En total, podrían haber muerto dos mil personas. Se cree que el conflicto ha provocado 400.000 refugiados y desplazados.

La mayoría de las casas, comercios y negocios incendiados eran de los uzbekos, normalmente más ricos que los kirguises. Retirar las barricadas puede ayudar a recuperar la vida normal. Y también facilitará el reparto de ayuda humanitaria. Los mercados y las tiendas de Osh han comenzado a abrir, y en la ciudad de Jalal Abad ya funcionan algunos restaurantes populares.

Kirguistán vive una época de inestabilidad desde el pasado abril, cuando disturbios en la capital, Bishkek, terminaron expulsando al presidente Kurmanbek Bakiyev. Este se refugió en su pueblo natal, a las afueras de Jalal Abad, donde intentó sin éxito aferrarse al poder. Aunque ahora está exiliado en Bielorrusia, podrían haber sido sus seguidores los que incitaron a la violencia en Osh, como creen los actuales gobernantes, para evitar que se celebre el referéndum constitucional el 27 de junio.

21-VI-10, G. Aragonés, lavanguardia

El fértil y superpoblado valle de Ferganá, donde se juntan Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán, es también una tierra donde brota con facilidad la violencia. Parte de la responsabilidad en esa efervescencia puede atribuirse a Iosif Stalin, el dictador soviético que jugó con las fronteras de las repúblicas comunistas para dividir a los pueblos y evitar que se volvieran contra Moscú.

Después de que Stalin metiera mano en el mapa de Asia Central, las culturas y las etnias quedaron separadas; las unidades económicas, divididas. Osh, ciudad de los uzbekos en el valle de Ferganá, quedó en Kirguistán. Samarkanda y Bujara, donde el 90% de su población sigue hablando tayiko, se encuentran en Uzbekistán. Estos recovecos de la cartografía se han utilizado no pocas veces para saldar cuestiones políticas y económicas. La última, hace quince días, cuando alguien azuzó el odio entre kirguises y uzbekos para provocar la mayor crisis humanitaria de la historia moderna de Kirguistán.

Esa pequeña y pobre ex república soviética de Asia Central celebró ayer un referéndum constitucional que, según el Gobierno provisional de Bishkek, puede poner fin a la violencia del último mes y llevar estabilidad política al país. Desde el fin de la Unión Soviética, en 1991, a Kirguistán se le ha visto como el paraíso de la democracia en Asia Central. Además, allí se cruzan los intereses en la región de las grandes potencias: China, Rusia y Estados Unidos, estos dos últimos con sendas bases militares en el país.

El temor a que el referéndum constitucional de ayer volviese a inflamar las matanzas no estaba injustificado. Pero el Gobierno interino de Kirguistán estaba prácticamente obligado a celebrarlo. Con él se legitima el proceso político que se inició en abril con el derrocamiento del presidente Kurmanbek Bakiev. La ONU, la UE, Rusia y EE. UU. habían recomendado seguir adelante.

Al menos 283 personas, y tal vez dos mil según estimaciones oficiales, murieron en los enfrentamientos interétnicos de este mes. Las matanzas comenzaron en la noche del 10 de junio en Osh, la segunda ciudad del país, donde las llamas destruyeron cientos de casas y negocios. A los dos días, el conflicto se propagó a la ciudad de Jalal Abad. Aunque ambos grupos étnicos se acusan de lo ocurrido, los uzbekos se llevaron la peor parte. La inmensa mayoría de los edificios quemados era de su propiedad. Según la ONU, la violencia provocó 400.000 refugiados, 100.000 de ellos acogidos por Uzbekistán.

Aunque los resultados oficiales se conocerán en los próximos días, la presidenta en funciones de Kirguistán, Roza Otunbaeva, aseguró ayer que la reforma constitucional se había aprobado. "Estamos orgullosos de nuestro pueblo, que ha tomado esta decisión en un momento tan difícil", dijo en Bishkek tras depositar su voto en la ciudad de Osh.

El referéndum pedía a los votantes que apoyasen los cambios en la Constitución que devolverán parte de los poderes del presidente al primer ministro. De confirmarse los deseos de la presidenta, la votación de ayer será la base para las elecciones parlamentarias del próximo mes de octubre y ofrecerá reconocimiento internacional a su Gobierno.

Las organizaciones de derechos humanos han criticado la decisión de Bishkek de seguir adelante con el referéndum. Las fuerzas armadas han controlado el complicado sur del país, pero eso no significa que se hayan terminado todos los problemas que encendieron y luego propagaron la catástrofe. Por una parte, el sur de Kirguistán es la tierra de los Bakiyev, y la revolución de abril les ha privado de su poder y sus ingresos. Allí muchos kirguises les prefieren a ellos en vez de a los nuevos gobernantes. Y las diferencias sociales siguen siendo enormes. Muchos uzbekos han alcanzado prosperidad gracias a los negocios, pero carecen de poder en las instituciones. Y los kirguises viven con sueldos de funcionarios muy bajos (60 dólares, médicos y profesores; máximo 150 dólares mensuales). Desde la independencia, los primeros piden más poder y, en ocasiones, una región autónoma uzbeka.

28-VI-10, G. Aragonés, lavanguardia

La comunidad internacional sigue apostando por la pequeña ex república soviética de Kirguistán como baluarte de la democracia en Asia Central. A pesar de las difíciles condiciones en que se celebró el referéndum constitucional el pasado domingo, los observadores de la OSCE dieron por buena la votación. Un 90% de los votantes aprobó una Carta Magna que legitima al gobierno provisional y que convierte al país en una república parlamentaria con un presidente sin poderes ejecutivos.

Los observadores calificaron el proceso electoral de "limpio y pacífico", una valoración significativa tras los violentos disturbios de este mes. Cientos de personas de etnia uzbeka fueron asesinadas y otras miles tuvieron que abandonar sus hogares cuando grupos armados de la mayoría kirguís asaltaron sus casas y negocios en el sur del país.

Los pogromos comenzaron en la noche del 10 al 11 de junio en Osh, la segunda ciudad de Kirguistán. Dos días después se propagaron a Jalal Abad, capital de la provincia vecina. Los disturbios causaron 400.000 refugiados, según estimaciones de la ONU. Una cuarta parte huyó a Uzbekistán.

"Teniendo en cuenta el ambiente de extrema dificultad en que el referéndum se ha celebrado, unas semanas después de la violencia en Osh y Jalal Abad, se debe felicitar al gobierno provisional y otras autoridades por organizar un proceso notablemente pacífico", dijo en un comunicado Boris Frlec, jefe de los observadores de la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa).

Resaltaron, sin embargo, que en algunos centros de votación no se puso el celo necesario para evitar las votaciones múltiples, ya que a no todos los votantes se les señaló los dedos con tinta. El recuento de los votos alcanzó ayer casi el cien por cien y la Comisión Electoral Central anunció que el 90% de las personas que acudieron a las urnas apoyó la nueva constitución de Kirguistán. De los 5,3 millones de habitantes que tiene el país, 2,7 millones tenían derecho a voto. El 70% lo ejerció.

En abril una serie de violentos disturbios en la capital del país, Bishkek, terminó con la expulsión del presidente Kurmanbek Bakiev. Los opositores, que habían sido sus aliados en la revolución de los tulipanes de 2005, cuando el expulsado fue el presidente matemático Askar Akaev, constituyeron un gobierno interino. Luego convocaron el referéndum constitucional.

La votación resultaba vital, ya que servía para legitimar a este gobierno provisional. La nueva constitución reduce los poderes presidenciales y concede más autoridad al parlamento. La presidenta Roza Otunbaeva, que dijo que esta "histórica" votación permite la creación de "un verdadero gobierno del pueblo", permanecerá en el cargo hasta finales del 2011, cuando debe ceder el cargo.

El inicio de las matanzas de uzbekos en Osh coincidió con la Cumbre del Grupo de Shanghai, que se celebraba en la capital de Uzbekistán, Tashkent. Las autoridades interinas de Kirguistán acusaron a los seguidores de Bakiev de organizar los pogromos para llamar la atención de potencias como China y Rusia, cuyos presidentes se encontraban en la capital uzbeka. Y aseguran que el principal objetivo era impedir la celebración del referéndum constitucional.

29-VI-10, G. Aragonés, lavanguardia