´Barcelona: la crisis es cultural´, Xavier Bru de Sala

Cuidado, Barcelona, porque podrías  echar por la borda un modelo de éxito a cambio de quedarte sin modelo. Cuidado con la alegría contagiosa de un movimiento destructivo tipo Tea Party, porque después de la demolición se te podría helar la sonrisa entre las ruinas. Cuidado, porque es hora de proyectar y no pareces preparada para imaginarte en ningún futuro que te ilusione.

Sirvan las tres admonitorias frases anteriores de frontispicio a uno de los artículos más preocupados que me ha tocado escribir. Tanto es así, que la alegría por la tan merecida victoria del Barça en la Liga se ve empañada y vencida por la intranquilidad. Claro que no lo desea casi nadie, pero es cierto que Catalunya podría pasar sin el mejor equipo del mundo, pero en cambio el futuro colectivo se presenta sombrío, más sombrío de lo previsible, si Barcelona pierde unos cuantos puntos más en la admiración foránea y la autoestima. Por el momento, a la confirmación del Barça como equipo capaz de soportar y vencer la mayor de las presiones, le corresponde un bajón de la confianza de los barceloneses en su ciudad, de los catalanes en su capital. Es de veras alarmante para quienes consideramos que Barcelona es el motor de la Catalunya moderna, que la colosal inversión de los catalanes por levantar una gran ciudad ha salvado Catalunya de convertirse en provincia sin personalidad ni ambición. El éxito del sistema del Barça en la más dura de las competiciones no suple la ausencia de proyecto para el futuro de la metrópolis. Al contrario, el triunfo futbolístico más meritorio de la historia contribuye a esconder la carencia de modelo para Barcelona.

El referéndum de la Diagonal, en efecto, certifica el final de una etapa de Barcelona que forjaron la cultura, la resistencia en el franquismo, eclosiona en la transición, vive su mejor momento en los Juegos de 1992 y presenta preocupantes grietas en el Fòrum (cultural) del 2004. La tentación de enterrar de una vez esta Barcelona es tan grande como el empuje, formidable, de la ola levantada contra la alcaldía y su equipo con el referéndum como excusa. Muy bien. Destruyamos (me incluyo, porque voté contra el tranvía en la Diagonal, aunque sin advertir la magnitud de las consecuencias). La pira contra lo ya casi mal llamado progre, levantada tronco a tronco durante años y cada vez con mayor ahínco, ha empezado a arder. Como la Setmana Tràgica, pero al revés y en virtual. ¿Y después qué? ¿Alguna idea o propuesta, además de revolcarse en las cenizas? Lo único que se oye son prioridades oportunistas, demagogia a ras de suelo, llamamientos al orden, cantos variopintos y estribillos, sin apenas sordina, de trasnochados ecos neocon.

Siendo eso grave, peor es la falta de alternativa. Xavier Trias, como candidato, tiene talla y nivel. Parecido al de Hereu o Clos. Pero ni ellos dos han sabido actualizar y relanzar el modelo ni Trias, con toda la simpatía que despierta, dispone de un proyecto que encabezar. No me refiero a programas de partido, sino a algo de calado y recorrido bastante mayor, a la textura compuesta por las élites, las costumbres, la cultura, las percepciones y el latir mayoritario, que dibuja en cada etapa la corriente principal o rumbo de las sociedades. Lo que queda de aquella Barcelona progre, que no es poco, presenta o bien un rostro alarmado o bien se desmarca, dispuesto a pasar de coprotagonista comprometido hasta las cejas a observador imparcial. El resto participa, con enorme entusiasmo, de la demolición. No despistemos, porque el origen de esta crisis es cultural, y cultural, no política, su resolución. Es hora de que la cultura abandone la dispersión y se vuelva a ocupar de la sociedad.

Tiempo muerto para la reflexión. Como telón de fondo, el balance: la Barcelona vivida en plenitud, de hegemonía inevitablemente agotada, es la mejor en la historia en los últimos siglos. Sus carencias (sumisión a Madrid, desentendimiento del entorno metropolitano y de Catalunya) pasaron casi inadvertidas, tanta es la altura de sus éxitos. Hoy por hoy, Barcelona es considerada en toda Europa y más allá como líder en ciudadanía, valores y desarrollo, sin el plus de capitalidad estatal. Burlémonos cuanto queramos del cosmopolitismo exhibicionista de los progres, pero atención a las dosis de provincianismo y papanatismo que acechan entre los demoledores.

Los grandes problemas de Catalunya son políticos. Los de Barcelona no. La gran Barcelona, fabricada entre todos, se la apropiaron los socialistas en el reparto con CiU de la plaza Sant Jaume. Ahora no es de nadie. La crisis de Barcelona es cultural, de ambición, de valores, de convicción, de capitalidad, de estilo. Si no se asume, si no se aprovecha la herencia de la etapa que fenece, tamizada y entremezclada con nuevos mimbres, si prevalece la pira en vez del proyecto conjunto para un nuevo horizonte, Barcelona dejará de brillar, carente de relato, sin imaginario, sin hoja emocional de ruta. Sin el contrapeso y a la vez liderazgo de su capital, Catalunya se volverá antipática, además de problemática.

21-V-10, Xavier Bru de Sala, lavanguardia