´Espriu 1: Catalunya y Espaņa´, Xavier Bru de Sala

Al contrario de tantos otros, entre  quienes son libres de incluir a todo el que escriba en demasía y sin sopesar a fondo, Espriu no era un charlatán. Dicho de modo más acorde con su figura, lo contrario de un charlatán, lo de veras opuesto al hablar por hablar, es la profecía, no en la acepción banal que suele dársele, cercano a la adivinación, sino en el bíblico. Los profetas de la Biblia forjaron a su pueblo a base de fustigarlo, de advertirle con durísimas palabras que se alejaba del recto camino. Lo que busca el profeta es la verdad desnuda, despojada de todo interés, la palabra reveladora, el mandato hallado en el camino de la ascesis, que por eso parece revelado. Aunque sólo fuera en este sentido, Espriu es lo más parecido a un profeta que ha dado este país. De Espriu no se puede hablar ni medio en broma. Menos de su legado.

Transcurridos veinticinco años de su muerte y a las puertas de una nueva etapa de nuestra historia, parece llegado el momento de recuperar a Espriu, o por lo menos de confrontar su legado con la realidad de hoy y las expectativas de futuro. No es un ejercicio sencillo, desde la actual perspectiva, tan mayoritaria, de hispanocatalanes, comprender los puntos de vista de nuestros mayores. Una primera aproximación, que bien puede tacharse de didáctica, lo contrastaría con el otro gigante de la literatura de posguerra, Josep Pla. Pues bien, si Pla era un cínico, un vividor que prefería y aconsejaba adaptarse a las circunstancias, por desagradables que fueran, colaborar con el poder, por opresor que fuera, e ir tirando por el camino de en medio cuando no fuera posible hacerlo por el propio, si Pla encarna y defiende esta actitud, Espriu era un radical, un resistente encaramado a la austeridad, que de todos modos y según propia y muy sincera confesión escribía porque no sabía cómo vivir. Dos maneras opuestas de afrontar la adversidad colectiva de la época. El legado de Espriu al pueblo catalán es muy claro y sencillo: que se arriesgue de una vez a ser quien es.

Espriu, el más certero e implacable fustigador de los defectos propios, es decir patrios, topó con la tragedia y se solidarizó hasta tal punto con el vencido que de algún modo se encarnó en él. El pueblo de Israel sufrió el exilio de Babilonia, el catalán no estaba menos exiliado aunque permaneciera en su propia tierra. Si no han leído su poesía, recuerden por lo menos las palabras que con tanto acierto cantó Raimon. Pueblo vencido, flaco, miedoso, envilecido, olvidado de sí mismo, del que sin embargo no es posible desesperar, por lo que le dirige un mandato de hondo calado, consistente en decir basta cuanto antes y volver a ser dueño de sí mismo. ¿Observa alguien algún resquicio de ambigüedad? ¿Hay lugar aquí para una mínima panoplia de interpretaciones? A estas palabras, escritas desde el fondo del pozo de la historia en el que Catalunya se encontraba, sólo alcanzo a verles un sentido, uno sólo.

La siguiente pregunta, en buena lógica, debería ser: ¿hay pasajes en la obra de Espriu que contradigan o maticen este llamémoslo consejo de hombre sabio? No a mi juicio. Sí al de quienes leyeron La pell de brau en un contexto que no contemplaba otra salida a la dictadura que el diálogo y el entendimiento. Además de pintar la España de aquel presente y su pasado con negro ensangrentado, Espriu se apuntó a soñarla comprensiva, integradora, respetuosa y generosa. La pell de brau es ante todo un alegato contra la España eterna, si bien daba pie a que fuera interpretado como un canto a la conciliación y la diversidad. Son los famosos y archicitados puentes del diálogo, que concibe de igual a igual, sin la menor sombra de sumisión. ¿Es eso lo que sucedió en la transición y los primeros decenios de la democracia? A mi juicio, no tiene en nuestros días el menor fundamento, aunque sí tal vez cierta mala fe o culpabilidad inconfesa, insistir en Espriu como símbolo o autor emocional o intelectual de la etapa autonomista que hemos vivido y que con tantas incertidumbres se está cerrando. Si alguna duda hubiera, el mismo Espriu escribía, en el prólogo a una reedición, que La pell de brau debería leerse teniendo en cuenta que a continuación escribió el Llibre de Sinera,poemario de una desolada, asumida, desesperanzada soledad personal y colectiva -si bien obstinada en el canto- del que se encuentra excluida, hasta donde alcanzo a leer, toda referencia a España.

Ahora bien, después de todo lo dicho hay que prevenir contra la posible apropiación de Espriu por parte de los independentistas. En primer lugar, porque es un poeta nacional, de todos, no de unos, y menos de unos contra otros. En segundo lugar, porque en ningún momento baja al terreno de las concreciones. Mientras Catalunya fuera plenamente ella misma, no subordinada, poco importaría la fórmula política. Lo que no cabe en Espriu es lo de ahora, estar a la espera de una sentencia que nos comunique sin derecho a réplica hasta qué punto el Estatut no fue suficientemente recortado, a juicio inapelable de una de las partes.

26-III-10, Xavier Bru de Sala, lavanguardia