progrés de l´islamisme totalitari a Indonèsia-Malàisia-Thailàndia

INDONESIA

La batalla en Indonesia es sorda, pero no por ello menos dura. El pulso que mantienen el pluralismo religioso y la ortodoxia islámica en el país con más número de musulmanes del mundo es agotador. El poderoso y conservador Consejo de Ulemas de Indonesia (MUI) aumenta, paso a paso, su influencia en la tercera mayor democracia del planeta.


Las autoridades indonesias se enfrentan a una compleja ecuación. Intentan compaginar la modernización de un país multiconfesional con la aplicación de la ley coránica o charia en la provincia de Aceh. Esta provincia, que fue barrida por un enorme tsunami en el 2004 y goza de mayor autonomía que el resto de las provincias del país de las 17.000 islas, es el bastión del conservadurismo islámico indonesio. Un movimiento que, poco a poco, va extendiendo su influencia ultraconservadora al resto de la sociedad indonesia como una mancha de aceite.

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La televisión se ha convertido en el último campo de batalla sobre la libertad religiosa. "¿Sabe que los tatuajes que lleva en la piel están prohibidos según la ley coránica?", preguntaba hace pocas semanas una periodista de televisión a los transeúntes en plena calle de Yakarta. El tema ha levantado ampollas y en algunos medios de comunicación indonesios sus analistas se cuestionan hasta dónde llegarán las imposiciones de ciertos preceptos religiosos en un país cuyo gobierno reconoce oficialmente seis religiones distintas.

Las dudas que se plantea la prensa más liberal de Indonesia tienen su razón de ser. El asunto de los tatuajes no es un tema aislado. En los últimos meses, el poderoso Consejo de Ulemas de Indonesia ha logrado estigmatizar el tinte para el pelo y las permanentes, el yoga, la vacuna contra la meningitis, los álbumes de fotos de boda y que las mujeres que circulen en moto lo hagan junto a un hombre.

Hace pocos meses los jóvenes indonesios fueron espectadores de un duro debate acerca de la conveniencia o no de que su país aceptara la red social Facebook. Los clérigos musulmanes más conservadores pretendían declarar pecado el uso de Facebook. Temían que los indonesios emplearan esta red social para flirtear estando casados y que ello desembocara en adulterio, así como en intercambio de material pornográfico. Finalmente dieron luz verde con la condición de que sus usuarios no lo utilicen con fines sexuales o para difundir mentiras, según un portavoz del Consejo de Ulemas.

El pasado mes de octubre, este poderoso organismo religioso volvió a imponer sus principios. La actriz japonesa Maria Ozawa, popular por sus películas pornográficas, decidió cancelar su viaje a Indonesia para rodar una película, totalmente vestida, debido a las protestas de los clérigos más conservadores.

El presidente del Consejo de Ulemas, Amidhan, no dudó en advertir de los peligros que representaba la estrella porno japonesa. "Aunque esta película no sea pornográfica, es muy peligrosa para nuestros jóvenes, especialmente si se convierten en admiradores de esta actriz y les entra curiosidad por ver el resto de sus filmes", explicó Amidhan. "Se trata de la reputación de Indonesia, el país musulmán más poblado", recordó el líder religioso.

Sus declaraciones fueron acompañadas por movilizaciones de los colectivos musulmanes más ortodoxos. Presionaron al Gobierno sacando a la calle a centenares de universitarios conservadores, que en una manifestación llegaron a quemar ropa interior femenina.

Trisno Sutanto, coordinador del programa Diálogo para una Sociedad Interreligiosa de la Conferencia Episcopal de Indonesia, considera que no hay peligro de que el radicalismo islamista se imponga en el país. "El islam en Indonesia es conservador, pero no es fundamentalista". No obstante, los ultraconservadores van ganando terreno, en parte gracias a su mayor presencia en los canales de televisión. Destaca, en este sentido, la irrupción en la oferta televisiva indonesia del canal Al Manar, ligado a Hizbulah, en el año 2008, a través de la oferta de un paquete digital.

Varios analistas coinciden en señalar además que cada vez son más numerosos los programas televisivos en los que se difunden visiones muy estrictas del Corán. Denuncian que cada vez hay más predicadores con vestimentas más cercanas a los países de Oriente Medio que a las locales, y que plantean "una interpretación arábiga del islam". Una influencia creciente que puede poner en peligro los esfuerzos del Gobierno por modernizar el país.

TAILANDIA

Es un goteo cotidiano. Constante. Los ataques con armas ligeras, asesinatos y atentados con bomba se suceden casi a diario en el sur de Tailandia, pese al despliegue de más de 30.000 miembros de las fuerzas de seguridad. Más de 4.000 personas han encontrado la muerte desde que el movimiento separatista islamista reanudó su lucha armada en enero del 2004. Los insurgentes exigen un Estado islámico en las provincias de mayoría musulmana que acabe con la discriminación que dicen sufrir por parte de las autoridades budistas tailandesas.

Esta creciente violencia en el llamado país de la sonrisa ha provocado que Tailandia se haya convertido en el noveno Estado del mundo con más posibilidades de sufrir atentados. Así lo asegura el índice de riesgo de terrorismo, que elabora anualmente la organización Maplecroft, con sede en el Reino Unido.

Las autoridades tailandesas se resisten a admitir que existe un conflicto violento enquistado en su territorio. La realidad, sin embargo, es que lo han intentado prácticamente todo y el problema se mantiene. Los sucesivos gobiernos aplican medidas de integración unos y políticas de represión militar otros. Pero la falta de continuidad en las políticas coherentes en la zona ha marcado siempre el devenir de los acontecimientos.

Esta situación tiene sus orígenes en la anexión de las provincias musulmanas malasias de Yala, Narathiwat y Pattani a la budista Tailandia a principios del pasado siglo XX. "Nació fundamentalmente con el objetivo de recuperar el territorio ocupado y restablecer una identidad política, cultural y religiosa para las provincias musulmanas del sur, de mayoría malaya", señala Beatriz Larriba, una investigadora del problema de la insurgencia en el sur de Tailandia y profesora de la Universidad Chulalongkorn de Bangkok.

En aquella zona, los islamistas radicales tienen el terreno abonado para crear violencia antigubernamental. Se trata de la parte más pobre del país. Su economía sólo supone el 1,4 por ciento del PIB de Tailandia. Y el 80 por ciento de la población pertenece a la etnia malayomusulmana. Una cifra abrumadora si se tiene en cuenta que sólo representan el cinco por ciento de la población total de Tailandia, que se eleva a 64,5 millones.

Las acciones violentas renacieron de forma paulatina a partir del año 2001. "La decisión del entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, de atacar Iraq y Afganistán fue muy negativa para la región, porque radicalizó la situación", apunta el analista político y profesor de la Universidad Thammasat de Bangkok Prinya Thaewanarumitkul.

Desde entonces la tensión ha ido en aumento de forma paulatina. Es, sin embargo, a partir del año 2004 cuando se inició una escalada de violencia sin precedentes, que todavía hoy se mantiene, sin que las autoridades de Bangkok la hayan conseguido atajar.

Al contrario: la situación ha empeorado.

"Hasta tal punto la coyuntura es preocupante, que para Estados Unidos el Sudeste Asiático se ha constituido como un área de alta prioridad en términos de asistencia antiterrorista", señala la profesora Beatriz Larriba. La inquietud de Washington se explica por la creciente violencia en la zona, así como por la cada vez mayor cooperación entre los grupos musulmanes rebeldes locales del sur de Tailandia, Indonesia, Filipinas y Malasia y la influencia del extremismo global yihadista.

No obstante, de los cinco grupos que operan en el sur del país, sólo hay uno que está encuadrado dentro de la órbita yihadista mundial, y es también el único que ha llamado a la guerra santa contra el Estado tailandés. Se trata del Grupo Islámico Muyahidín Pattani (GMIP, por sus siglas en inglés), creado en 1995 por Nasori Saesaeng, un antiguo combatiente de la guerra en Afganistán contra la Unión Soviética.

El desasosiego, sin embargo, va en aumento entre las autoridades tailandesas, así como en las estadounidenses, debido a la generalización de la violencia.

Al principio, los objetivos de los rebeldes eran el ejército tailandés y las fuerzas de seguridad. Ahora también matan a la población civil y, además, ya no son sólo budistas las víctimas, sino que también mueren musulmanes considerados colaboradores de Bangkok.

Uno de los principales terrenos donde se libra esta batalla entre el Gobierno tailandés y los insurgentes son las escuelas. Bangkok intenta fomentar la educación secular para debilitar la influencia islámica. Como respuesta, los rebeldes han asesinado a 115 profesores y han quemado más de 200 colegios públicos en los últimos cinco años.

De forma paralela, las escuelas coránicas o pondoks en idioma malayo se han multiplicado en los últimos años, gracias a la financiación procedente de Arabia Saudí y Pakistán. Los más de 100.000 estudiantes que acuden a estas madrazas son la principal cantera de la que se nutren los rebeldes separatistas, según el último informe sobre la situación en el sur de Tailandia elaborado por el International Crisis Group (ICG).

"En estas escuelas se les dice a los estudiantes, entre otras cosas, que su deber como musulmanes es reconquistar su tierra a los infieles budistas", explica la analista del ICG Rungrawee Chalermsripinyorat.

Según este estudio de una veintena de páginas, titulado Reclutando militantes en el sur de Tailandia y basado en entrevistas personales, los rebeldes captan a los estudiantes en función de sus aptitudes. Unos son entrenados en la guerrilla. Otros son adiestrados para la guerra psicológica. Y los que aún no han cumplido los 18 años son utilizados en tareas de espionaje o para realizar pintadas.

Algunos observadores internacionales sugieren que el carácter tailandés budista, que hace de la tolerancia intercultural un dogma, impide a las autoridades de Bangkok hacer frente al radicalismo del mensaje islámico.

Analistas locales como Prinya Thaewanarumitkul sostienen, sin embargo, que "lo peor ya ha pasado" y que "hay que esperar dos o tres años más para ver si persiste la violencia o la política de ayudas del Gobierno da sus frutos". La realidad es que si persiste el clima de violencia, Tailandia puede dejar de ser el país de la sonrisa y convertirse en el país de las lágrimas.

MALASIA

Malasia, un país hasta el momento sinónimo de modelo de integración multicultural, corre peligro de dejar de serlo debido al creciente radicalismo de su población musulmana, que representa el 60 por ciento de los 28 millones de malasios.

La tensión interétnica se halla en el propio texto constitucional, que señala la obligación de los musulmanes de regirse por la charia o ley islámica, mientras que a las minorías de otras religiones se les aplican les leyes civiles. Esta situación, unida a la creciente radicalización e intransigencia de la población musulmana, ha roto el hasta hace poco tiempo modelo de convivencia interreligiosa.

Las autoridades se muestran cada vez más intransigentes. Las fuerzas del orden cada vez son más celosas con el cumplimiento de la charia. Patrullan constantemente por bares y parques públicos vigilando que los jóvenes musulmanes no consuman alcohol o incumplan la khalwat,o excesiva proximidad.

Y cada vez son más los musulmanes que sugieren abiertamente al Gobierno que extienda a toda la sociedad - chinos, indios y miembros de otras minorías étnicas-la charia. Argumentan que extender la prohibición de besarse y acariciarse en público a los no musulmanes evitaría discriminaciones sociales y reduciría las tensiones interétnicas. Una sugerencia, sin embargo, nada fácil de aplicar, en la medida en que afecta al 40 por ciento de la población, que se niega tajantemente a que se le aplique la charia.

Pero la tensión entre colectivos religiosos cada vez es mayor. La última muestra de intransigencia afloró el pasado enero. Varias iglesias fueron atacadas e incendiadas por jóvenes musulmanes radicales después de que el Tribunal Supremo de Kuala Lumpur autorizara a los cristianos a utilizar la palabra Alá como sinónimo de Dios. El semanario cristiano The Herald había recurrido a los tribunales una orden ministerial que lo prohibía, argumentando que los malasios cristianos de los estados de Sabah y Sarawak, en la isla de Borneo, llevan décadas refiriéndose a su dios como Alá.

Las autoridades malasias también han dado muestras de intransigencia en la aplicación de la charia a la población musulmana. A principios de febrero, por primera vez, tres mujeres fueron azotadas, acusadas de adulterio. "El castigo apunta a educar y a dar una oportunidad a quienes han pecado para que en el futuro opten por el camino recto", afirmó el ministro del Interior, Hishammuddin Husein. Y otra mujer, la ex modelo Kartika Sari Dewi Shukarno, está pendiente de castigo por haber bebido una cerveza en un lugar público.

29/39-III-10, I. Ambrós, lavanguardia