Iran, part imprescindible en l´eliminació del niu terrorista afganopakistanès

Cabe recordar que Irán se encuentra emparedado entre el conflicto de Iraq -al oeste de su frontera- y la guerra de Afganistán, al este. "No vemos la presencia de fuerzas militares extranjeras como una solución para aportar la paz", declaró el controvertido líder iraní en el palacio presidencial de Kabul. Su anfitrión, Hamid Karzai, aunque poco locuaz durante la rueda de prensa, necesita a Irán para compensar el intervencionismo de Pakistán, principal valedor de los talibanes. No por casualidad, Karzai iniciaba al cabo de pocas horas una visita oficial a Islamabad. Hay síntomas de que el proindio Karzai empieza a acomodar los intereses de Pakistán para no perder pie, y ha nombrado a un personaje bien visto por Islamabad para preparar la futura Loya Jirga.

Todas las potencias regionales están moviendo ficha tras el anuncio del inicio de retirada de EE. UU. para mediados del año próximo (o antes) y los contactos secretos entre el mulá Baradar, número dos talibán, y representantes del Gobierno afgano en Arabia Saudí. La captura de Baradar por la inteligencia pakistaní (ISI), hace un mes, fue un puñetazo sobre la mesa: Pakistán no acepta que se negocie a sus espaldas el futuro de Afganistán, su patio trasero.

Pero también el excluido Irán tiene algo que decir en un país con el que comparte más que miles de kilómetros de frontera. Ayer Ahmadineyad no necesitaba traductores, puesto que en Teherán y en Kabul se hablan variantes de la misma lengua, el persa, igual que en Tayikistán. En Afganistán, tayikos, hazaras y aimaks tienen el persa (dari) como lengua materna y el 80% de la población lo habla, casi el doble que el pastún. Ciudades como Herat -donde están destacadas tropas españolas- son cunas históricas de la cultura persa.



Irán, como India, apoyó a la Alianza del Norte contra los talibanes, antes de la invasión norteamericana, especialmente a los hazaras, musulmanes chiíes. Por ello, los hazaras, asentados también en la ciudad pakistaní de Quetta -el imperturbado cuartel general talibán desde el 2002- son víctimas habituales de atentados por colaboracionismo. Los talibanes son furibundamente antichiíes como consecuencia del adoctrinamiento en las escuelas coránicas patrocinadas por Arabia Saudí.

En el pasado, Pakistán ha apoyado a grupos terroristas suníes en Irán, y viceversa. La llegada al poder en Pakistán de un presidente y un primer ministro chiíes -vista con recelo por la cúpula del ejército pakistaní- abre expectativas de diálogo.

También es justo recordar que Irán ha perdido ya más de tres mil policías de fronteras en la persecución del contrabando de opio y heroína, principal fuente de financiación de los talibanes. George W. Bush prohibió explícitamente que sus soldados hicieran lo propio hasta poco antes del final de su mandato. En Pakistán, la connivencia entre ciertos oficiales y el narcotráfico está probada. Y hoy por hoy la ISAF sigue sin tener un mandato claro sobre este asunto en una región donde el tráfico de heroína (90% de la producción mundial) actúa como combustible del conflicto.

Pakistán, que ve reivindicado su auténtico doble juego,ayer mismo prorrogaba un año el mandato de su jefe de inteligencia (ISI), general Pasha, que debía terminar esta semana.

11-III-10, J.J. Baños, lavanguardia