Escohotado y sus otros viajes.

Escohotado y sus otros viajes

En agosto del año 2000, el profesor Antonio Escohotado (Madrid, 1941) volaba en avión hacia Bangkok, con el fin de pasar un año sabático en el Sudeste Asiático. Mientras la aeronave iba dejando atrás París, anotó en su cuaderno: "Hace medio año me separé de una mujer a quien había prometido no dejar nunca. Antes de confesarle que hice un hijo con otra huyo a la cara opuesta del mundo, para no asistir al dolor causado por la confesión en mi antigua casa, un dolor que me resulta insufrible, desmedido, monstruoso". Con semejante arranque de sinceridad se inicia "Sesenta semanas en el trópico" (Anagrama), un libro a caballo entre la autobiografía, la crónica de viajes y el ensayo, donde el autor de la monumental "Historia de las drogas" explica sus peripecias en Tailandia, Vietnam, Birmania y Singapur, y reflexiona sobre temas como la pobreza, en un tono que él mismo define como "turismo filosófico".

"A los 60 años, cambiar de familia es algo más grave incluso que cambiar de ideología", explicó ayer el autor en Barcelona, en la presentación de su libro, que considera su primera incursión en la narrativa aunque los hechos hayan sucedido realmente. "Al pasar de la segunda a la tercera edad, siento que quiero dedicarme más al estilo y a la introspección (es decir, a la belleza y a la verdad) que el estudio y a la polémica, como hasta ahora".

Más allá de los episodios personales -que incluyen jugosas anécdotas sobre masajes o adquisición de droga en países que castigan su posesión con la pena de muerte-, el libro se detiene en las causas de la pobreza, analizada desde la racionalidad económica de los clásicos del liberalismo. "Yo siempre he sido liberal -revela Escohotado-, aunque me tomen por anarquista porque he traducido a Bakunin... en cuya obra, en realidad, no encontré una sola línea sensata. El dinero me parece uno de los grandes inventos de la humanidad, y en mi maleta llevo siempre los libros de Hume, Smith, Keynes, Galbraith... Los liberales queremos que no haya pobreza, y que no reine una sola raza, una sola clase o una sola ideología".

Así, el "alma doliente" del narrador tiene que ver no sólo con su vida sentimental, sino con "la contemplación de los cubículos-pocilga que son las megalópolis asiáticas, donde el calor, la humedad y una concepción medieval de lo sagrado -que incluye la mugre de los templos- favorece la fermentación y la creación contínua de seres que provocan enfermedades como la tuberculosis, el dengue, la malaria... ¡Todos están enfermos!".

El autor opina que "no hay sociedades más racistas que las asiáticas, con colas y precios diferentes según la etnia. En Occidente nos creemos unos monstruos de inhumanidad, pero si allí entrara una emigración como la que tenemos nosotros, los recibirían ametrallándolos". El libro, por tanto, es también "un himno, una celebración de nuestra civilización, porque hemos creado una clase media y una movilidad social que son la clave de la justicia y la prosperidad. Vivimos bien en la meritocracia y la incertidumbre, algo esencial a la condición humana".

"Sesenta semanas..." se detiene no sólo en aspectos de la historia o la política de los países visitados, sino también en temas como la arquitectura, la música, la moda, los valores... El autor revela: "Mi hijo diplomático me dice que, el día en que consiga escribir sin hablar de drogas, me leerán las gentes bienpensantes, pero me cuesta...", reconoce, antes de encaminarse a la terraza para ser entrevistado por una compañera, que le ha dicho: "Vamos afuera, que así podré fumar". Él, incorregible, responde: "Ah, si le apetece, tengo Valium...".

lavanguardia, Xavi Ayén, 19-XI-2003