´Postal del Gran Sasso´, Enric Juliana

Muy cerca de la ciudad de L´Aquila, donde acaba de celebrarse la teatral asamblea de los grandes del mundo, se halla el Gran Sasso, la Gran Roca de los Apeninos. En un altiplano de esa majestuosa mole ocurrió hace 65 años un suceso que ilumina la idiosincrasia del pueblo italiano. El 12 de septiembre de 1943, noventa paracaidistas alemanes consiguieron llegar a la rugosa explanada de Campo Imperatore. Objetivo: rescatar a Benito Mussolini. Lo lograron, sin apenas resistencia.

Fue una operación de altísimo riesgo que la historia militar ha convertido en leyenda de la acción de comandos. Los paracaidistas llegaron al Gran Sasso a bordo de nueve pequeños planeadores lanzados sobre el macizo por aviones de transporte. El aterrizaje se produjo al borde del abismo, a escasos metros del hotel de montaña en el que Mussolini se hallaba en prisión atenuada por la belleza del paisaje. Il Duce había sido detenido meses atrás por orden del mariscal Badoglio, el héroe de Abisinia encargado de firmar el armisticio con los aliados. La guerra estaba perdida y Víctor Manuel III, el rey cebolleta (por su baja estatura), deseaba salvar el trono de los Saboya. Los carabineros que custodiaban al reo quedaron atónitos ante la silenciosa llegada de los pájaros de hierro. Mientras los alemanes saltaban de los aeroplanos, el jefe los guardias gritaba: "¡Sobre todo, no disparéis!". No hubo que lamentar víctimas. Paracaidistas y carabineros brindaron con vino y se hicieron unas fotos junto a Mussolini, muy demacrado en el interior de un enorme abrigo. La fama de la operación se la llevó Otto Skorzeny, jefe de los comandos especiales de las SS, un gigante de casi dos metros que lograría exiliarse en España tras la caída del nazismo.

Una vez recibido en Berlín con todos los honores, Mussolini fue reenviado al norte de Italia como presidente de la República Social Italiana, estado tapón que legitimaba la permanencia de las tropas alemanas en suelo italiano: la fantasmagórica República de Saló, que daría título a la más inquietante película de Pier Paolo Pasolini. Hitler aún se creía capaz de contener a los angloamericanos, que avanzaban hacia Roma tras los desembarcos de Sicilia y Salerno. Fueron unos años trágicos y confusos, en los que el Estado unitario fundado en 1860 estuvo a punto de desaparecer sin haber cumplido cien años. Desde entonces, el espectro de las dos Italias nunca ha dejado de estar presente. El miedo a la ruptura interna y una extraña fascinación ante la posibilidad de la misma, son rasgos psicológicos del todo imprescindibles para intentar entender un país que siempre nos engañará, porque juega al trampantojo con la mentalidad española, tendente a interpretarlo todo al pie de la letra.

Existía el riesgo de que Roma acabase en llamas, con el papa Pío XII dentro de la hoguera. Temeroso de la reacción alemana, el mariscal Badoglio consiguió una singular proeza entre el 2 y el 8 de septiembre de 1943: durante cinco días se mantuvo fiel a los alemanes, habiendo firmado en secreto el armisticio con los aliados. Italia - he ahí otro dato aleccionador-es el único país que ha estado con los dos bandos en ambas guerras mundiales. En 1914, aún formaba parte de la Triple Alianza con los imperios de Austria-Hungría y Alemania, el consorcio de Bismarck. En 1915, declaraba la guerra a austriacos y tedescos,con la esperanza de ensanchar sus fronteras. (La primera gran batalla fue desastrosa y aún hoy Caporetto es para los italianos sinónimo de catástrofe total y absoluta. Fue peor que el desembarco de Alhucemas. Un general napolitano de origen español, Armando Díaz, logró salvar el honor del reino.)

Episodios ejemplares del ser italiano. Relativo ardor guerrero, siempre compensado por la audacia y el genio individual; amor a la belleza y a la vida; imaginación, astucia constante y extrema flexibilidad para el pacto. He ahí las constantes de un carácter no siempre bien entendido por la psicología española, presa de un rigor africano en toda situación extrema. Patria, religión, honor y caudillaje siguen teniendo en España una genética mahometana. Basta ver cómo funcionan los dos principales partidos españoles, socialistas y populares.

Es verdad, en Italia tampoco nadie le tose hoy a Silvio Berlusconi, mientras la oposición se arrastra por los pasillos del Parlamento convertida en un guirigay sin aparente remedio. Berlusconi ha conseguido un partido absolutamente fiel, por una vía muy innovadora, a la vez que subversiva: él es el amo.

Mussolini no era el propietario del fascio. Mussolini tuvo un final inédito. Fue destituido por los suyos mediante votación democrática. La noche del 24 de julio de 1943, el Gran Consejo Fascista le exigió que devolviese los poderes de guerra al Rey (18 votos contra 9), lo cual equivalía a su cese. Es muy difícil imaginar al Consejo Nacional del Movimiento votando contra Franco, o al Reichsleitung del Partido Nacionalsocialista Alemán empujando a Hitler a la dimisión. El fascismo italiano fue una cosa rara: dio nombre al más moderno autoritarismo, pero mandó fusilar a muchísima menos gente que Franco, el Africano.Dos fueron sus grandes crímenes: envió al matadero a más de 330.000 jóvenes en los frentes de guerra y proclamó leyes de persecución racial.

En fin, notas de la complejidad italiana, con el Gran Sasso al fondo. No, no hay que reírse de los italianos. Se hallan en crisis permanente, han sido los primeros de la Europa del bienestar en saber lo que significa el empobrecimiento de las clases medias, sus regiones del sur presentan síntomas de mexicanización,el primer ministro Berlusconi tiene comportamientos alucinantes, pero su tasa de paro no supera el 10% y posee el segundo distrito industrial europeo, tras la cuenca del Rin. España no puede reírse de Italia después de conocer esta semana el informe del Fondo Monetario Internacional que le sitúa en la cola de Occidente. Lo que viene puede ser Caporetto y Alhucemas juntos.

12-VII-09, Enric Juliana, lavanguardia