Xinjiang-T.O.: fosar cultural i marginació política entre xinesos i uigurs

"Mi hija nunca se casará con un han. Es imposible. Nosotros tenemos una religión, unas creencias, ellos no. Jamás", responde airado Tursum delante de la mezquita de Hantagri, una de las más antiguas de Urumqi. La rotunda afirmación de este padre de familia uigur evidencia la profunda división que existe en Urumqi entre las dos etnias.

Y es que no hay más que andar por las calles de la capital de la región noroccidental de Xinjiang para palpar la existencia de dos sociedades, de dos maneras de entender y vivir la vida, bajo un mismo sistema común de gobierno.

La etnia musulmana de los uigures se ha quedado absolutamente en minoría frente a los han en Urumqi. De los más de dos millones de habitantes representan tan sólo el 12%, frente al 75% de los han. No obstante, estos últimos dicen esforzarse en asumir las costumbres uigures.

La realidad, sin embargo, es muy distinta. Sus costumbres difieren. Los uigures permanecen fieles a sus raíces religiosas y culturales, y no olvidan que gozaron de un breve periodo de independencia en los años cuarenta del siglo pasado. Viven del pequeño comercio y del trapicheo, entre otras cosas, debido a que en la práctica les está vetado el accesos a determinados empleos de la función pública y el ejército.

Una situación que alimenta su rencor hacia los han. Esta etnia, ampliamente mayoritaria en China, se ha ido asentando en la capital de Xinjiang.

Una realidad en la que ha influido la política de ayuda de Pekín para que los chinos de esta etnia se instalen en esta región noroccidental de China. Ellos controlan los negocios, la administración, y su poder adquisitivo es mucho más alto que el de los uigures.

"No hay más que pasearse por sus barrios y compararlos con los nuestros", nos señala Adala, un joven uigur de unos treinta años. Y no le falta razón. La zona que rodea los céntricos barrios uigures no tiene nada que ver con estos, que semejan islas de pobreza respecto al resto de la ciudad.

12-VII-09, I. Ambrós, lavanguardia