dictat de facto čtnic del Govern xinčs a Xinjiang-Turquestan Oriental

Urumqi era anoche una ciudad partida en dos: en una se agrupaban los barrios uigures y en la otra los de etnia han. Los más de 20.000 miembros de las fuerzas de seguridad se esforzaban por separar con decenas de cordones policiales a las dos comunidades con el objetivo de poner fin a los enfrentamientos interétnicos, que duran ya 72 horas y han acabado con la vida de 156 personas, según el Gobierno. Los uigures en el exilio elevan la cifra a 600 sólo en su comunidad y niegan cualquier implicación en el estallido de violencia. Las autoridades, en un intento por atajar el conflicto, recrudecieron su discurso y advirtieron de que todos los culpables de asesinatos serán condenados a pena de muerte.
Los que de un lado son víctimas se convierten en verdugos del otro. En el hospital del Pueblo de Urumqi, tres mujeres han yacen en la cama después de que el domingo fueran golpeadas con piedras y hierros. "Iba en el autobús cuando una pandilla de uigures detuvo el vehículo y nos hizo bajar. Dejaron ir a los de su comunidad. A mí me pegaron hasta abrirme la cabeza", relata Liu Hui Li, una profesora de 25 años.


El presidente chino, Hu Jintao, optó ayer por regresar precipitadamente a Pekín y abandonar la cumbre del G-8, que había empezado en la localidad italiana de L´Aquila, para afrontar la crisis desencadenada por los violentos choques étnicos en Urumqi, capital de Xinjiang, la región más occidental del gigante asiático y de mayoría musulmana, donde han muerto, al menos, 156 personas desde el pasado domingo.

Las autoridades chinas reforzaron ayer el control en Urumqi, donde la situación era de calma tensa, con miles de policías en las calles y un toque de queda entre las 21 y las 8 horas. Hubo, a pesar de todo, varios ataques de los han contra los uigures.

La policía ha detenido a 1.434 personas - muchos son estudiantes-y Li Zhi, jefe del partido en Urumqi, ha advertido que los culpables de haber cometido una muerte serán condenados a la pena capital. También instó a los han a contener su ira.

El ministro de Estado para la Seguridad Pública, Meng Jiangzhu, anunció "medidas de castigo y de reeducación" para los responsables de la revuelta.

El regreso precipitado de Hu constituye un gesto sin precedentes en un líder chino y señala la necesidad de una respuesta inmediata de la máxima autoridad del partido, el Estado y el ejército.

Hasta el momento, la cúpula del poder chino ha permanecido muda ante los violentos choques entre la etnia musulmana uigur y los han, que representan el 92% de la población china.

Ni Hu ni el Comité Permanente del Politburó del Partido Comunista de China (PCCh), el órgano de más poderoso del país, se han pronunciado sobre el conflicto en Xinjian.

Sin embargo, una cosa está clara: el proyecto de construir una sociedad armoniosa lanzada en el 2004 por el propio Hu ha estallado en mil pedazos. La idea de la dirección comunista de que todos los ciudadanos de China sean iguales parece un proyecto más irreal que nunca. La realidad demuestra que los musulmanes de Urumqi o los tibetanos de Lhasa tienen poco o nada que ver con los han. Pero es que, además, las diferencias sociales entre los habitantes de las desarrolladas ciudades de la costa y los del interior del país cada vez son mayores. "Entre los han y las 55 etnias restantes no hay armonía", afirma el sinólogo Jean Pierre Cabestan.

Los uigures acusan a las autoridades de Pekín de colonizar la región autónoma de Xinjiang con la excusa de desarrollarla económicamente y modernizarla. A través de esta política de hechos consumados, los han representan ya el 40% de los 20 millones de habitantes de la región, cuando a principios de los años 90 eran el 6%. Ahora ya son mayoría en Urumqi y foco de problemas.

El último ejemplo de esta modernización, que destruye las señas de identidad uigur y produce indignación, es la demolición del centro histórico de Kashgar, la ciudad donde empezaba la ruta de la seda.

La minoría uigur se queja asimismo de que Pekín les identifica a menudo con el terrorismo islamista, por el simple hecho de ser musulmanes. Pekín señala la existencia de varias organizaciones separatistas en Xinjiang que tendrían relación con Al Qaeda. En este sentido, las fuerzas del orden han desarticulado varios atentados preparados por uigures. Varios uigures han acabado también en Guantánamo sin que haya podido probarse su participación en Al Qaeda.

Mientras, las autoridades locales afirman que el peor estallido étnico en 60 años está bajo control. Decenas de miles de soldados se han desplegado en Urumqi para formar una barrera que separa los barrios musulmanes de los han. Pero la paz y la armonía en la capital de Xinjian parecen lejos de alcanzarse.

9-VII-09, H. Araújo/I. Ambrós, lavanguardia