´Ni voluntad política, ni proyecto´, Maria do Carmo Marques-Pinto

Los miembros del Gobierno que dirige Sergei Stanishev la llaman Maria. Sin más. Y probablemente, Maria sea uno de los personajes más ubicuos en las reuniones que celebra la alta administración de Bulgaria, un Estado que se adapta con dificultad al proceso de reformas que su primer ministro viene impulsando, embarcado en la tarea de convencer a la Unión Europea de que es un país normal, homologable. "Pero eso no es fácil. Bulgaria es diferente. La administración arrastra la herencia bizantina, ocho siglos de ocupación otomana y el peso del imperio soviético. Los búlgaros, en su mayoría, nunca vieron a los rusos como ocupantes, practicaron el comunismo convencidos. Y todavía ahora sienten nostalgia de la sensación de seguridad de aquel régimen; aunque hoy sean militantes convencidos de la democracia", cuenta Maria.

Lisboeta de nacimiento, barcelonesa de adopción, con una larga estancia en Bruselas, Maria do Carmo Marques-Pinto es miembro del Gabinete del primer ministro de Bulgaria, encargada de los asuntos europeos. Llegó allí después que Stanishev la conociera durante la constitución de su consejo asesor internacional, que reúne a nombres como Dominique de Villepin, Antonio Vitorino, Josep Piqué y Casimir de Dalmau. Acabó incorporándose a su Gabinete para colaborar en la búsqueda de una salida a las dificultades a que se enfrenta el país balcánico en su proceso de integración en la Unión Europea; una tarea compleja si se considera que áreas enteras de la justicia y la seguridad están todavía muy cerca de la vieja nomenklatura. "Bulgaria y Rumanía entraron en la Unión Europea por razones políticas, porque necesitaban un horizonte en el que desenvolverse. Pero la manera como se ha hecho no es muy útil. Les fijaron unos mínimos a los que debían adaptarse. Todo muy rígido. Ley germánica para germanos. Pero aquí en los Balcanes esto no funciona".

Maria do Carmo Marques-Pinto lleva instalada en Sofía prácticamente desde diciembre.

Sólo unos meses antes, en julio del 2008, había abandonado la administración catalana. "Es desde la distancia, cuando te acostumbras a las carencias de países como Bulgaria, que ves las oportunidades de ciudades como Barcelona, cómo se desaprovechan". La abogada fue directora general de Relacions Internacionals de la Generalitat catalana a las órdenes del vicepresident, Josep Lluís Carod-Rovira. "Acabé aburrida, porque no había perspectiva. Ni voluntad política ni proyecto. ¿Cómo íbamos a saber qué hacer en Europa si no sabemos qué queremos ser en España o en Catalunya?".

Licenciada en derecho en Lisboa, diplomada en Altos Estudios Europeos en Brujas, está casada y tiene tres hijos. Cuando dejó su trabajo como eurofuncionaria en Bruselas -donde trabajó entre los años 1987 y 1996- se le abrieron dos opciones.

"O volvía a Lisboa o me instalaba en Barcelona. Opté por lo último, porque quería participar en el desarrollo institucional de Catalunya". Pero su paso por la administración catalana no parece haber cumplido esas expectativas. "La diplomacia catalana debe ser, esencialmente, un estar a buenas con Madrid, y utilizar la estructura del Estado para hacer diplomacia, esencialmente económica. Ir por ahí sólo plantando banderas es algo que no puedo compartir... Y no hay nada que los diplomáticos aborrezcan más que el sentimiento del ridículo. Abrir oficina en Londres sólo tiene sentido para relacionarse con el establishment británico. Puedes abrir una oficina cultural en Nueva York, pero lo importante es abrirla en Washington, que es donde tienes que trabajar, junto a la administración".

El desencanto de Marques-Pinto hacia la política catalana alcanza también al papel de Barcelona, a su distancia con el Madrid de los últimos años. "Madrid capitaliza la voluntad de ser español, casi en su totalidad. En Lisboa son más pequeños, pero tienen muy clara la conciencia de capitalidad. En Barcelona ni una cosa ni la otra. Barcelona es una gran ciudad con alto potencial económico y cultural. Pero no es capital de nada. Catalunya ya no es plataforma para ir a Europa, ni siquiera para ir a Madrid". El último intento de proyección exterior de Barcelona, de voluntad de capitalizar un territorio, añade la abogada, fue el proyecto de eurorregión mediterránea de Pasqual Maragall. "Pero después se ha abandonado. Es una pena. Jordi Pujol te propulsaba y Pasqual Maragall te abría los ojos. Ahora...".

Lo dice con la voz queda y la urgencia del avión que la devuelve a Sofía durante otras tres semanas. "Ahora lo importante es modernizar Bulgaria, su justicia, y eso, sabe, no se hace de un día para otro".

17-V-09, Ramon Aymerich, lavanguardia