´Catalanismo e inmovilismo´, Xavier Bru de Sala

Ante todo, un recordatorio: lo que somos, la textura de este país y sus gentes, es el resultado de la combinación de todos sus componentes, pero ha tenido, tiene y tendrá el catalanismo como eje, motor o ingrediente primordial.

Grosso modo: es posible detectar dos tipos de actitudes ciudadanas, los catalanistas y los inmovilistas. Catalunya es de todos. No sería sensato suponer nada parecido a la zanja que en Euskadi divide a nacionalistas de uno u otro signo. Ni siquiera es prudente imaginar, aquí, ningún tipo de separación clara o precisa.

Se trata de actitudes de partida, que luego se matizan mutuamente en un continuo o gama de grises. Sin embargo, no por coexistir más o menos amigablemente, dejan de existir. Distingue a los primeros su empeño en modificar las reglas de España. A los segundos, la preferencia por el statu quo, la tendencia a dejarlo todo tal como está, que se traduce en resistencia inicial y posterior concesión y adaptación a la nueva realidad. Todos hemos hecho y hacemos Catalunya, pero sin el impulso, los aciertos y desaciertos del catalanismo, estaríamos muy por debajo de nuestro nivel actual. Menos población, menos riqueza, menos cultura. Barcelona, la gran y exitosa apuesta estratégica de los catalanes, tendría bastante menos potencia de la que se le reconoce.

No pocos temen o sostienen que la hegemonía práctica del catalanismo se acaba. Mi previsión es la contraria. Una cosa son las dificultades y la ausencia de perspectivas, de las que hablaré a continuación, y otra que los catalanes decidan por mayoría arrinconar el catalanismo. Es imprescindible, no tiene otro rival o sustituto que el conformismo, la pasividad, el abandono de la tensión que nos vivifica; en definitiva, el entreguismo y la subordinación.

Sí es en cambio realista la impresión de próximo cierre de etapa, con escasa reserva de energías e ideas en principio viables para la siguiente. Se van a necesitar dos legislaturas para reformar el Estatut y ver hasta dónde llega.

Institucionalmente, habremos tocado techo. Estamos llegando al final. En los próximos meses conoceremos el desenlace de la tríada traspasos-sentencia-financiación. ¿Cómo lo vamos a encajar? Con la discordia política anunciada, y la ciudadanía dudando entre la resignación, la frustración o la protesta - en sus dos versiones, sentimental y electoral-e incluso el espíritu de la misión cumplida pero menos, en apariencia irreconciliable con todo lo anterior.

¿Qué va venir después? Digestión y mejora de la gestión aparte, en términos de autogobierno, nadie ha pensado ni puede pensar con realismo en la próxima etapa. El catalanismo no está en condiciones de plantear un nuevo reto con propósito de consenso y cambio a medio plazo. El gradualismo ya no tiene recorrido. Lo otro, el soberanismo, está verde o estancado. Pongamos algún ejemplo. ¿Se puede plantear la reforma de la Constitución, aunque sólo fuera la del Senado? En teoría vale la pena, pero el fracaso está asegurado, por lo menos temporalmente. ¿Alguien se acuerda de la agencia tributaria consorciada? Veamos antes en qué manos para, o mejor dicho queda, el aeropuerto. No sería bueno olvidar que Catalunya sólo tiene capacidad para reformar España cuando España se deja, y no es el caso. Al contrario, se las apaña para inmovilizar el catalanismo, sometiéndolo a una especie de clave de judo. Por mucho que forcejee, no consigue zafarse. En la práctica, se minimiza la división entre inmovilistas, para quienes no hacía falta reformar el Estatut, y catalanistas, adeptos o adscritos al sisifismo nacional.

Es importante reconocer y asumir las incapacidades, el bloqueo de la vía política. Y recordar también que cuando Catalunya ha dado sus grandes pasos hacia delante ha sido en momentos de cerrazón política española. Deberíamos invertir mayores energías, por tanto, en mejorar, en avanzar con los instrumentos de que disponemos, por insuficientes que puedan ser juzgados, mientras prosigue el concurso público de ideas y propuestas para un futuro no inmediato.

Para comprender los apoyos mayoritarios de los catalanes a las propuestas catalanistas, se debería tener en cuenta una especie de acuerdo no escrito entre catalanistas e inmovilistas, mediante el cual los segundos han levantado el veto inicial a cada nuevo reto a cambio de que los primeros se muestren prudentes. Así hemos ido avanzando, siempre menos de lo deseado, sin ruptura entre ambas actitudes.

Este pacto sí está cambiando, al abstenerse los catalanistas de proponer un nuevo horizonte y producirse un cierto relieve a la hora de plantear las reivindicaciones. No de liderar su puesta en práctica, puesto que ya conocemos las impotencias, sino de poner sobre la mesa las necesidades, incluso las prioridades. Paradójicamente, la inmovilización de los catalanistas se produce en el momento en que más legitimados están por el conjunto de la sociedad. Tengan en cuenta los tentados por el pesimismo que, mientras la esfera política se halla bloqueada, y no por su voluntad, se va gestando un nuevo consenso ciudadano. Algún día, no sabemos cuándo ni cómo, lo aprovecharemos.

15-V-09, Xavier Bru de Sala, lavanguardia