´Iglesia, olvido y jóvenes´, Francesc-Marc Álvaro

Antonio María Rouco Varela, presidente de la Conferencia Episcopal Española, ha terciado nuevamente en el inacabable debate sobre la memoria colectiva para propugnar el olvido: "A veces es necesario saber olvidar. No por ignorancia o cobardía, sino en virtud de una voluntad de reconciliación y de perdón verdaderamente responsable y fuerte". Tal declaración de principios, como ya se ha señalado desde diversos ámbitos, choca con el uso beligerante que de la memoria hace la cúpula católica española y sectores afines de la derecha. Y nome refiero sólo a la política de beatificaciones de víctimas, un gesto legítimo de los creyentes pero que, por su naturaleza militante y propagandística, no tiene nada que ver con el borrado terapéutico de los recuerdos, sino todo lo contrario. La incoherencia más grave de Rouco tiene que ver con el tosco discurso revisionista que se alimenta desde varios frentes, incluida la cadena radiofónica de los obispos.

Las palabras del cardenal arzobispo se ven desmentidas diariamente por quienes ofrecen una versión de la Guerra Civil y del franquismo destinada a justificar el alzamiento militar, relativizar la represión de la dictadura y vilipendiar a varios políticos actuales. A la postre, la discusión pública sobre nuestro pasado se ve distorsionada y emponzoñada por la irreconciliable pugna de dos sectarismos que buscan la hegemonía en la fijación de una historia oficial: una parte de la derecha, incapaz de condenar el franquismo y sus complicidades con el nazismo y el fascismo, yuna parte de la izquierda, incapaz de condenar los errores de la Segunda República y las complicidades con el totalitarismo soviético. En dos actitudes coinciden los comisarios de la memoria histórica de la derecha reaccionaria y de la izquierda nostálgica: les sobra dogmatismo y les falta empatía y generosidad para reconocer el dolor del otro, y no han entendido todavía que la democracia, por ser un sistema basado en el pluralismo, debe dar dignidad a todas las víctimas y debe renunciar a dictar la historia desde los ministerios. La falta de tradición liberal causa estragos a diestra y siniestra. Más allá de la polvareda, corresponde a cada individuo gestionar el recuerdo y a los investigadores buscar con honestidad la compleja verdad del ayer.

Pero, aunque sorprenda, esta discusión todavía puede caer más bajo. En la segunda parte de su intervención de hace una semana, el cardenal Rouco añadió algo que ha pasado desapercibido pero que me parece realmente grave, sobre todo viniendo de una figura cuya representatividad social no es precisamente marginal: "A los jóvenes hay que liberarlos, en cuanto sea posible, de los lastres del pasado, no cargándolos con viejas rencillas y rencores, sino ayudándolos a fortalecer la voluntad de plena concordia y amistad". ¿Considera el presidente de los obispos que los jóvenes no son capaces de conocer, procesar e incorporar la historia reciente?

Este tipo de protección paternal no construye ciudadanos responsables, simplemente genera hombres-masa, por usar el célebre término de Ortega y Gasset. "La historia es la realidad del hombre", escribió el pensador español, para quien "negar el pasado es absurdo e ilusorio". ¿Cómo puede construirse la plena concordia sobre la ignorancia de los hechos? Sería sano para todos los ciudadanos, empezando por los católicos, que los obispos catalanes - cuya perspectiva suponemos diferente a la de Rouco-dijeran algo sobre la necesidad intelectual y ética de conocer la historia.

Dos noticias recientes nos advierten sobre los serios riesgos de ignorar lo que nos ha precedido. Por un lado, unos supuestos simpatizantes del partido Unión, Progreso y Democracia han colgado un vídeo en internet que relaciona el Govern de la Generalitat con los nazis a propósito de la normalización del catalán, una parodia que ofende a millones de personas, que banaliza un episodio histórico incomparable en términos literales y que desacredita a sus autores. Por cierto, recurrir a los nazis, al apartheid o a los segregacionistas estadounidenses es habitual en ciertas radios, televisiones y periódicos a la hora de opinar sobre personas e instituciones de Catalunya, algo ante lo cual me permito reclamar la intervención inmediata del fiscal general, que debería actuar de oficio ante tales atropellos, impensables en otros países de Europa.

Por otro lado, un monumento en recuerdo de doce carmelitas asesinados en julio de 1936 fue destrozado hace quince días en Cervera por un grupo autodenominado Milícia Antifeixista de Catalunya, que firmó su vandálica acción pintando una bandera independentista y una hoz y un martillo sobre dos de las lápidas. Resulta ilustrativo de la perversión del término antifascista que este sea usado por aquellos que imitan las maneras más genuinas del fascismo que dicen combatir, adulteración conceptual propia de ideólogos que predican el odio a la sociedad abierta.

Cuando palabras como nazi o antifascista se vacían de su auténtico sentido es que la historia se desconoce o se conoce muy mal. Sobre la ignorancia histórica que propugna el cardenal Rouco para los jóvenes crece fácilmente la mentira. Bien es cierto que estudiar el pasado no vacuna contra la estupidez ni el fanatismo, pero reduce su impacto sobre la vida colectiva, lo cual no es poco.

1-XII-08, Francesc-Marc Álvaro, lavanguardia